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Eva al desnudo, en blanco y negro

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Eva al desnudo, en blanco y negro

24.06.12 - 01:06 -
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Un exuberante cuerpo desnudo de mujer, sobre cuya cabeza parece desplomarse gustosa una inmensa pamela, cuelga sobre la cabecera de la cama blanca del dormitorio, cegado por la luz del mediodía y donde tienen montado un guateque de colores espléndidos unas orquídeas que no pasan desapercibidas. El retrato del desnudo femenino, titulado 'La pamela', es en blanco y negro, y parece que va a hacerse carne de un momento a otro. Su autor es el fotógrafo Pablo Almansa (Murcia, 1973) -sus imponentes desnudos protagonizaron con éxito, por ejemplo, la atrevida y sofisticada exposición 'Hotel', celebrada en 2009 en el mismo escenario donde posaron para él 35 modelos, el Westin Palace de Madrid-, y el dormitorio es el de su madre, 'Paqui' Hernández, quien tiene toda la casa adornada con las mujeres desnudas que ha retratado su único hijo; de hecho, lleva tiempo diciéndole que le cambie una foto también suya de los rascacielos de Nueva York, que luce en el salón por el que campea a sus anchas Rocco, el perro vagabundo que recogieron de la calle, por otra más de 'Evas' sin prejuicios, ni ropa.
«La mitad de los coleccionistas que me compran fotos de desnudos femeninos son mujeres, madres de familia muchas de ellas», dice Almansa, quien desde el próximo jueves, y hasta el 26 de septiembre, expone una selección de sus trabajos sobre el cuerpo inagotable de mujer, bajo el título de 'Un fotógrafo a la mesa', en el restaurante Hispano de Murcia. Belleza, potencia, naturalidad en estado puro, vértigo a veces y deseos mezclados con admiración. «Muchas de las mujeres que posan para mí no son conscientes de lo increíbles que están desnudas», indica. «La última mujer que me compró una foto, un desnudo bastante potente, es registradora de la propiedad; y el último encargo que recibí para hacer un desnudo fue el de una mujer madura del País Vasco, notaria, que quería que la retratase embarazada. El retrato es bellísimo».
Antes de comenzar la entrevista, Pablo Almansa se despide de Cristina, una joven modelo de Molina Segura, alta como un junco y con los labios recién pintados, con la que acaba de tratar de un asunto de trabajo y que nos dice adiós amablemente, tímidamente, mientras se dirige a la calle, donde un sol violento hace arder las aceras y convierte en llamas rodantes a peatones y vehículos. Cristina -Pablo Almansa siempre se refiere a sus modelos solo por el nombre, al que jamás le añade apellidos, ni mucho menos detalles íntimos sobre las sesiones de trabajo artístico- ha protagonizado algunas de sus fotografías más rotundas de los últimos años: desnuda con el pelo recogido entre un festín de alimentos, bebidas y plantas; o desnuda, con el pelo libre, sentada como una diosa junto a la piscina de Villa San José, la casa-estudio del arquitecto Vicente Martínez Gadea, uno de los dos lugares que Almansa lleva convirtiendo desde hace mucho tiempo en escenarios privilegiados de su trabajo; el otro es la cala cartagenera de El Gorguel, donde le saca partido lo mismo a sus aguas que a las palmeras quemadas del lugar. «Es un sitio totalmente decrépito, está hecho polvo, pero ese caos me engancha de alguna manera», reconoce.
Cuando habla de su faceta como fotógrafo de desnudos -también lo es de deslumbrantes paisajes de medio mundo, animales salvajes y celebridades (el retrato que le hizo en 2011 al pintor Antonio López es, sencillamente, soberbio)-, Pablo Almansa utiliza sin descanso una palabra a la que le da una importancia capital: respeto. «Las chicas trabajan conmigo porque saben que yo soy un profesional que cuida al mínimo detalle su trabajo, y que mantengo con ellas un trato exquisito en todo momento; muchas modelos siguen en contacto conmigo después de las sesiones, y a mí eso me encanta. ¡Respeto, respeto y respeto!», enfatiza.
«El hecho de que lleve desde los 20 años fotografiando a mujeres desnudas no tiene nada que ver con el sexo», explica. «Yo veo un desnudo mío -añade-, y a mí sexualmente no me excita, pero me encanta. No sobrepaso jamás la línea del erotismo, incluso creo que soy muy blando haciendo desnudos; lo que ocurre es que las modelos son extremadamente bellas, y la belleza desnuda es agresiva. A mí, ver a una mujer hermosa desnuda me fagocita».
El fotógrafo cumplió 39 años el pasado 25 de abril, y tres semanas después se marchó a Tanzania y a Kenia para volver a alucinar con los animales salvajes y con los paisajes que devoran los sentidos. Todo lo vive con una pasión desbordante, a toda velocidad, poniendo en ello toda su energía y su esfuerzo, como si cada día fuese el último. No sabe muy bien qué busca, no dedica apenas tiempo a reflexionar sobre sus propios miedos y angustias, pero está claro que, con cada desnudo de mujer que realiza, él se siente un poco más vestido, más protegido, más estimulado.
Tauro
Se come el mundo, se diluye en él y lo fotografía. «Soy Tauro», precisa, «y ya se sabe que, básicamente, los Tauro tenemos siempre razón, y punto», dice riendo el fotógrafo, hijo del diseñador y pintor Severo Almansa. «No me gustan -precisa- las inercias ni el aburrimiento, ni me gusta que me la jueguen. Y me la han jugado bien algunas veces y me han hecho mucho daño. Creo que soy demasiado trasparente, aunque sé ser cínico y serlo, a veces, me divierte. Soy muy autosuficiente y no tengo miedo, soy atrevido, me arriesgo, y procuro hacer realidad mis sueños y no quedarme con la sensación de que no he intentado las cosas». «Cojo un avión -deja bien claro- el día que sea, a la hora que sea y para ir donde sea. Y eso que yo el inglés lo hablo fatal, pero eso no me frena; pocas cosas me frenan a mí».
Le encanta viajar, y uno de los últimos lugares que le dejaron fascinados fue Australia, donde viajó para matar dos pájaros de un tiro: cumplir un sueño y tratar de alejarse de las penas de amor.
«A mí», cuenta Almansa, «cuando me deja una novia a la que quiero, me fulmina, me quedo totalmente en coma durante un tiempo muy largo. Y eso lo soluciono con un viaje». «Con mi última novia», prosigue, «me quedé en un estado de coma fuerte, y decidí que me tenía que ir de viaje lo más lejos posible». ¿El motivo? «A mí los viajes me curan, no conozco una medicina mejor. Así es que me marché a Australia cinco semanas con mi primo Miguel, una de las personas que más quiero en este mundo». Y alucinó, y se quedó enamorado de Sidney. «Si no estuviera mi madre, de la que quiero estar cerca porque creo que es de ley que esté cerca de ella toda la vida, después de que se haya partido el pecho por mí, me iría a vivir a Sidney», explica Almansa, cuyos padres se separaron «cuando yo tenía un año».
No se está quieto. Se le cruzan por la cabeza mil ideas, mil proyectos, otros mil recuerdos de golpe; y no hay forma humana de que recuerde una fecha con precisión. Si se relaja de más, explota. «Hay gente que pensaba, cuando yo era más joven y todavía más nervioso que ahora, que tomaba coca», recuerda. «Salía mucho de fiesta e iba con amigos muy alegres y conocedores de la noche», precisa, «pero jamás me he fumado ni un cigarro. Cero tabaco, cero drogas, cero porros».
Su madre tiene encima de su cama una foto de una mujer desnuda, y él tiene encima de la suya el retrato enternecedor de 'Ola', un guepardo hembra de la que se quedó colgado durante una visita a un centro de recuperación de felinos en Sudáfrica. Tiene fotografías de elefantes que conmocionan, de leopardos cuya belleza ciega, de una triunfal jirafa cruzando el río Mara, en Kenia; de un león viejo y majestuoso, habitante de la reserva de Masai Mara, con una cara de sabio indiscutible. «Me gusta mirar, me gusta estar delante de las maravillas de este mundo y fotografiarlas como yo quiero. Cuando me preguntan, '¿qué te gusta más, fotografiar a una tía desnuda o a un león?', respondo: '¡Y yo qué cojones sé, pues los dos!'», exclama.
Cerca del fotógrafo, que habla entre los geranios y las buganvillas de la terraza materna, hay un retrato de Nora, desnuda, sobre un sofá. «Ese retrato es muy especial para mí», desvela. «La sesión tuvo lugar el día que ella, que jamás había posado en su vida y lo hizo para mí durante 13 horas (normalmente las sesiones duran 3 o 4 horas), cumplió 23 años. Me dejó totalmente impactado». Como se queda impactado, por ejemplo, viendo los mejores retratos de maestros como Richard Avedon, Herb Ritts, Patrick Demarchelier y Marco Grob.
Almansa, que vive en Madrid y se escapa a Murcia siempre que puede para visitar a su familia, lleva años publicando trabajos en revistas y suplementos dominicales de diarios de tirada nacional -'GQ', 'Glamour', 'Elle', 'Man', 'DT', 'Yo Dona', 'Descubrir el Arte'...-, y también ha acumulado experiencia como fotógrafo de libros de arte y de viajes. Desde el jueves, en el restaurante Hispano puede contemplarse el resultado -un aperitivo- de su forma de fotografiar la vida.
Dice el poeta y periodista Antonio Lucas, que ha escrito un texto para la muestra, que «a Pablo Almansa le podríamos asestar aquel hallazgo de Henri Cartier-Bresson: 'No me interesa la fotografía, sino la vida'». «Pablo Almansa -añade Lucas- es uno de los jóvenes fotógrafos de más ímpetu, de mayor número de certezas. Sus instantáneas gozan de esa rotundidad de quien sabe que la vida es un pugilato contra los accidentes de toda senda escogida».
Se reta Pablo Almansa con la vida que se escapa, te seduce, te flipa, te engaña, te da amor y te lo quita, te deslumbra y te deja a oscuras; una vida que logra trasladar a sus fotografías para rendirle homenaje.
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