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Historias de máscaras y carnavales

Carnaval de Cartagena

Historias de máscaras y carnavales

15.02.12 - 01:22 -
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Estos días los telediarios nos muestran imágenes de los carnavales más famosos del mundo y de nuestro país: la sensualidad brasileña a ritmo de samba, las aristocráticas y misteriosas máscaras venecianas, las chirigotas burlonas de Cádiz y las elecciones de unas recargadísimas reinas de Tenerife o Las Palmas, que casi no pueden andar. Pero esta fiesta posee aún más plurales variantes a lo largo y ancho de la geografía como las carrozas de homosexuales de Sitges, la batalla de polvos de talco en Santa Cruz de La Palma, las parodias del Corpus en Solsona, la rotura de botijos de Alconchel (Badajoz) o la batalla entre doña Cuaresma y don Carnal en Águilas. Por cierto, una lucha antiquísima, prolongada a través de los siglos, que recogió la literatura francesa desde el siglo XIII, y en la Castilla del siglo XIV, el arcipreste de Hita en su 'Libro del Buen Amor'. Doña Cuaresma es enviada por Dios para redimir a los pecadores y don Carnal es un goloso, que nunca se harta de los placeres, pero que será vencido. El propio Lope de Vega ayudó a organizar una representación de la moralista lucha, actuando como bufón, con motivo de la boda del rey Felipe III, en Valencia, año 1599.
En el País Vasco francés se desarrollan unas tragicomedias del carnaval en las que toma parte el señor Pansart, un panzón príncipe del carnaval, acusado de putero y glotón. Finalmente será derrotado por Cuaresma, procesado y condenado a muerte.
San Isidoro de Sevilla y Cartagena criticó a los fieles cristianos de la Hispania visigoda del VII por disfrazarse al modo de las fieras, adquirir monstruosas apariencias, tomar algunos hombres aspecto mujeril y afeminado, gritar, danzar y beber vino sin tasa. Para el santo cartagenero, obispo influyente entre los poderosos e intelectuales de su tiempo, febrero procede de Februa, de Plutón, el dios en la mitología romana del inframundo o nuestro infierno. En el antiguo calendario era el último mes del año, intermedio entre dos épocas, por eso las normas quedaban en suspenso y se celebraban las lupercales romanas, que algunos consideran uno de los antecedentes de nuestros carnavales, junto a las saturnales, otras fiestas de los antiguos romanos. Con la cristianización todos estos festejos de la religión pagana serán reconducidos, concluyendo el jolgorio y desorden con la ceniza del miércoles. En la Hispania del XIII se llamará a esta fiesta las carnestolendas, porque a partir de ese momento no se podrá comer carne para cumplir con la cuaresma. Será ya en el siglo XVI cuando se extienda el término italiano de carnaval, probablemente procedente de carnae laevare, palabras que significaban la prohibición de comer carne.
Siempre ha estado asociado el carnaval a las máscaras, de hecho en nuestra tierra era precisamente así como se denominaba propiamente al festejo: las Máscaras. No nos extraña nada que un cronista de las carnestolendas celebradas en la Zaragoza del año 1585, relatara que en España es costumbre que las máscaras marchen por las calles cantando coplas, provocando risas, tirando harina, mostrando deseos lujuriosos, «echando huevos llenos de agua de colores donde ven doncellas en las ventanas». En Reus (Tarragona) se daban, por aquellos años, batallas con frutas y hortalizas. Sobre todo este recorrido histórico y geográfico del carnaval pueden encontrar una buena información, así como de otras fiestas populares, en la obra: 'La rebeldía festiva. Historias de fiestas ibéricas', de Demetrio -E. Brisset.
Pedanías de Fuente Álamo
En nuestra comarca los grupos de máscaras tomaban las calles, contándome unos informantes de la pedanía fuente alamera de El Campillo que en cierta ocasión todos admiraban a una supuesta muchacha ataviada con un refajo, formando parte de un cortejo de máscaras procedentes de Los Vivancos, otra localidad vecina. Aquella moza daba vueltas y vueltas, tanto que se levantaron sus faldas y «era un tío sin calzoncillos, enseñándolo tó». Eso si que era subversivo en la España de Franco, en plena postguerra.
Los Canovas, otro pueblo del término municipal de Fuente Álamo, recibía a una comparsa de Los Almagros, cuyos integrantes portaban un capazo colgado, como los de sembrar, con los que espolvoreaban con ceniza a la gente que se agrupaba para verlos. Cantaban cancioncillas satíricas, de cierto tono erótico e irreverente, y muchos escondían sus rostros tras una máscara de cartón o con un pañuelo. En todas partes los había que se aprovechaban del anonimato para realizar tocamientos obscenos a quienes apetecieran, pero con gran rapidez y cierto aire de descuido. Taparse la cara estaba prohibido por el franquismo. En cierta ocasión, un graciosillo gritó: «¡Que viene la Guardia Civil!» Todo el mundo corrió a refugiarse inmediatamente en sus casas, quedando las calles desiertas y las flores contrahechas de algunos disfraces abandonadas por los bancales. Lo hubo que se escondieron en el interior de un horno.
Para el historiador y antropólogo Julio Caro Baroja será a lo largo de los siglos XVIII y XIX, cuando la nobleza y la burguesía adoptarán los disfraces de Italia y París, luciéndolos en elegantes bailes de salón y cabalgatas lujosas que pretenderán sustituir a los festejos más sencillos, populares y desordenados. Ese es precisamente uno de los grandes peligros del carnaval, que sea muy ordenado y políticamente correcto, domesticado por el poder y sin la espontaneidad callejera. Pero es que en nuestra sociedad de consumo ya nada nos sorprende y los disfraces son habituales en cualquier época del año. Ni la cuaresma es lo que era.
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Chirigotas como la de la imagen mantienen el tono satírico en la fiesta del carnaval. :: P. SÁNCHEZ / AGM