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Iguales no; hermanos sí

RELIGIÓN

Iguales no; hermanos sí

12.02.12 - 01:03 -
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Cuando a finales de la década de los cuarenta del siglo pasado se consiguió poner de acuerdo a los gobernantes del mundo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se pensó que se había alcanzado, entre otros, un gran objetivo: el reconocimiento de que todos los hombres somos iguales. Aunque, de hecho, se trata de un logro indiscutible, sin embargo para los cristianos nos debe saber a poco.
Jesucristo nunca dijo que todos los hombres somos iguales, porque no es verdad: no todos tenemos la misma inteligencia, la misma salud, los mismos recursos naturales, las mismas aptitudes. Ni siquiera tenemos la misma dignidad: un pederasta, no se puede comparar con alguien que, por ejemplo, ha puesto en peligro su vida por salvar a un niño de un incendio. Más bien deberíamos decir que todos los hombres somos distintos. El hombre tiene un miedo patológico a lo diferente. Por eso, plasmar en un papel, por muy solemne que sea, que todos somos iguales, nos puede dar una tranquilidad aparente, pero, en realidad, lo que hemos hecho ha sido destruir al otro.
El mensaje de Jesús, repetido hasta la saciedad, es que todos los hombres somos hermanos. Por lo tanto, la humanidad no es un conjunto de seres iguales, porque es falso, sino una familia de hermanos. En tal caso, la ley que rige no es la de los derechos, sino la del amor. La humanidad debe ser, no un rebaño igualitario, sino una fraternidad sincera y operativa. Este es el proyecto de Dios que, como Padre, tiene hijos muy distintos, pero todos hijos por igual.
Los cristianos somos especialmente responsables del fracaso del amor. Es cierto que otros movimientos sociales, que han marcado fuertemente la historia, han enarbolado la bandera de la fraternidad: la Revolución Francesa, la Masonería, la misma Revolución Comunista. Pero a estos movimientos les faltaba una pieza clave, que los llevaría necesariamente al fracaso en cuanto a promover la verdadera fraternidad: nacieron sin «padre», nacieron sin Dios. O mejor dicho, nacieron contra Dios. Y la lógica no admite excepciones: si no hay un padre común, la fraternidad es imposible.
Es cierto que la historia del Cristianismo está llena de testimonios valientes de una entrega heroica de amor a los demás. Es cierto que esos testimonios los tenemos, en abundancia, en nuestros días: es difícil señalar una región del mundo o situaciones personales de marginación donde no encontremos la presencia de cristianos heroicos. Y están allí, porque los aman como hermanos.
Cuando los cristianos nos convenzamos vivencialmente de la gran riqueza que supone la fraternidad entre los hombres, haremos realidad el proyecto de Dios, construiremos un mundo humanizado a lo divino y perderemos el miedo al otro.
Manos Unidas, con su anual campaña contra el hambre, que este año nos propone la salud como un derecho de todos, debe ser una llamada seria a decidirnos, de verdad, a vivir la fraternidad evangélica, que no ama a los iguales, sino a los hermanos.
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