Cuando hace ya algunos años un bailaor flamenco de dura y seria preparación artística llamó la atención de público y crítica, el nombre de ese chico, Israel Galván, quedaría asociado a una forma de baile de estética rompedora, diferente, original, pero sobre todo rara, muy rara. Entonces se empezó a hablar de la descreación, de vanguardismo, de osadía, del Nijinsky flamenco, y mientras unos abandonaban las butacas y otros se declaraban Galvanistas cien por cien, este hijo de bailaores sevillanos se ponía de perfil, se quitaba los zapatos, y podía dar una soleá en un minuto. A partir de entonces, montajes, actuaciones, discrepancias, premios y como es habitual, más éxito fuera que dentro. Pero lo interesante es que en 2012, Israel Galván, más maduro, sigue con sus ideas, sigue buscando fuera de su cuerpo y en la vida misma la inspiración divina que le hace salir a escena desde una silla, en solitario, con guitarra y cante, estética sobria, entorno negro, luces rectangulares, focos cenitales y todo eso solo para que hoy en día con 'La Edad de Oro', espectáculo que ya vimos en Murcia en la Cumbre Flamenca CAM de 2006 en aquel Teatro llamado Romea, (perdón, creo que aún existe); demuestre que sigue fiel a sus principios estéticos vanguardistas rompedores de un estilo que ya crea escuela. La hora y media aproximada que has pasado viendo y escuchando flamenco, alternando baile y cante, sigue resultando curiosa, aunque ya conoces a este definido como bailaor del silencio o de las soledades , y sabes o qué va a hacer, o lo que puede quizás cambiar; porque le da igual empezar y terminar cuando quiere, percutir con pitos de dedos o palmadas en la 'tableta de chocolate' o la suela del zapato o contigo si te cruzas, digo, y te baila todos los palos sin problema, aunque tienes que pensar si son palos o la mezcla de estilos convierte a Israel en un bicho raro. Poco a poco la frialdad de la noche va dejando paso a un ambiente caldeadito, y los 'óles' surgen desde la sala, y si todavía alguien se va, todos se quedan a refrendar con su aplausos hasta el desenfadado final con papeles cambiados, el guitarrista canta, o lo intenta, el bailaor, canta o toca, y el cantaor le da igual y hace lo que sea para despedirse con guasa y salero. Y luego, como siempre, a discutir si te gusta o no te gusta, que si es genial, que a ver qué decimos los demás. Pues que cada uno piense lo que quiera porque lo genial del baile, de la danza es que al menos sientes y tus neuronas espejo han trabajado, que ya es bastante.