Se desgañitaba Alaska con su disco cénit, 'Deseo carnal', cuando El Varadero debió batir su récord en servir cubitos de hielo. Mediaban los ochenta, y en aquel local playero de paredes encaladas y redes de pescador por las esquinas se vivió el esplendor de La Curva, la zona de marcha nocturna más popular de la costa murciana. Aún reinaba en solitario en las noches de Lo Pagán, en esa curva que, en vez de paso con señal de triángulo rojo, era destino, parada y barra. Casi siempre hasta el amanecer.
El cetro, en manos del famoso Cuqui, ahora llamado Kuki Keller, quien atrajo a artistas de la efervescente capital, como el fotógrafo García Alix, e insufló garbo a aquella especie de burbuja de la Movida madrileña en una esquina de Lo Pagán. Los cardados imposibles y las hombreras de tres pisos ya rompían en la estética kitsch del ambiente, mientras The Smiths daban algún respiro a Nacha Pop, Los Zombies o Glutamato Yeyé. Fotogramas sonoros de la memoria de cientos de adolescentes de cincuenta y tantos para abajo que derretían sus güisquis 'on the rocks' en vaso largo en aquel bullicioso nido de nuevos modernos.
Su fama ya había cruzado fronteras, porque hay quienes narran madrugadas gloriosas de finales de los setenta, cuando El Varadero ya andaba de boca en boca como el local de vanguardia donde los progres de chaleco y pañuelo al cuello se cruzaban con los del jersey de pico sobre los hombros. Aún hay quien da fe de que la calle que atravesaba la línea de bares no fue un sueño, pues testigos bien documentados en madrugadas de farra visitaron el callejón, donde el camello de turno de hace más de tres décadas guardaba la mercancía bajo una loseta. Esa calle fue engullida y masticada por los actuales bares, en una de las osadías urbanísticas que encabezan la lista que ha saltado de las barras a los juzgados.
Como hay quienes recuerdan las inocentes y pintorescas casitas de pescadores que se alineaban entre el local de moda y la playa, que se convertirían después en el paradigma de la controversia. La mutación se produjo poco a poco, como quien mueve astutamente las lindes. Al calor de la fama inicial fueron abriendo los cinco 'pubs' más polémicos del litoral, crecieron y transformaron aquella energía ochentera en otra fiesta más ruidosa y desbocada que devoró a la anterior, de modo que El Varadero recogió las redes y fue alquilado para convertirse en la discoteca Penélope, más acorde a la nueva corriente. El convoy de los bares Santa María, Bastilla, Falúa, Coyote y Tela marinera cortaba el bacalao de la noche a pie de playa. La euforia del éxito generó uno de los episodios más surrealistas, cuando uno de los bares llegó a autocoronarse con una carabela en el tejado, una aureola demasiado pesada para las humildes construcciones de pescadores transformadas sin licencia en megabares de moda. El riesgo llevó al entonces alcalde popular, Pedro José Pérez, conocido defensor de La Curva, a cerrar el local temporalmente.
El siglo XXI llenó los locales de nuevas generaciones de cachorros festeros que estrenaban sus trasnoches alternando el 'house' con la pachanga. El botelleo subía en la calle al compás del precio de las copas de interior, y con ellos el cabreo vecinal con los amaneceres de vidrios rotos y vomitonas, después de los insomnios de ruidos y alguna que otra refriega. La Curva pilló desprevenida a una Policía municipal hasta entonces dedicada al cuidado del más o menos plácido pueblo costero. La llamada de la fiesta demostró su poderoso poder de convocatoria y se desbordaron las previsiones de aparcamientos, servicios de limpieza, seguridad y capacidad de conciliar derechos. El Ayuntamiento hizo de funambulista sobre el hilo de la ley en los últimos años, cuando las denuncias vecinales estrechaban el cerco a La Curva.
Una polémica que sigue viva
A la embriaguez total ayudaron otros cócteles de alta graduación y pesada digestión: las excesivas conexiones de los dueños con algunos concejales -de sucesivas corporaciones- y el trago fuerte, ese combinado de negocio privado sobre suelo de dominio público calificado como zona verde en el planeamiento municipal.
Cuatro años después de haber cerrado sus puertas, por orden del exalcalde José García, instado por un juez y por el informe del secretario municipal, sus propietarios enchufan de nuevo las cámaras para preparar la reapertura, con la banda sonora de fondo de un convenio que promete darles alas para otros 15 años a cambio de que los inmuebles sean posteriormente derribados, en una especie de apoteosis final de tres lustros, que dan para muchas fiestas. Los vecinos anuncian nuevas querellas, de modo que si hay algo seguro es que La Curva, y con ella la polémica, sigue más viva que Alaska.