Si algo nos une a quienes tenemos el placer de habitar estas calles de Lorca es el amor sin medida por nuestra tierra. Sin embargo, con el pasar de las décadas, a veces nos encontramos con hombres y mujeres que viven ese amor por Lorca como auténtica pasión: una devoción por su tierra que se manifiesta a través del deseo de participar en ella haciéndola, al menos, un poco mejor. Dos de esas personas se nos han ido en los últimos días, llenando de tristeza estas calles suyas y a cuantos tuvimos el privilegio de que nos brindaran su amistad: José Montoya García y José María Fernández Pallarés.
Hablar de Pepe Montoya es hacerlo de un hombre renacentista que destacó en muy distintas áreas caracterizadas, sin embargo, por una misma esencia: el beneficio para Lorca. Podemos hablar de su visión empresarial, que le llevó a ser un adelantado a su tiempo y concebir proyectos de futuro que han resultado ser fundamentales para el progreso de nuestro municipio. El polígono de Saprelorca es quizá el ejemplo más destacado, del que Pepe es innegable progenitor, por no hablar de su fecunda labor al frente de la Cámara de Comercio. Pero de su carácter profesional hay esencialmente un rasgo que siempre destacaremos de Pepe: la pasión por su trabajo hasta el punto de llegar a convertir el oficio de comerciante en verdadera pasión. Fue además un blanco significado, Hermano Mayor del Santísimo Cristo del Rescate, al que profesaba una profunda devoción que compartía con la Virgen de la Amargura y con 'su' Santa Gema.
José María nos ha dejado el ejemplo de una vida entregada al bien colectivo. La lucha por el agua desde todos los frentes, del político al agrario y, sobre todo, desde la Comunidad de Regantes, describe fielmente el compromiso de José María con Lorca y sus problemas históricos. Pero José María ha sido mucho más para esta ciudad y todos sus vecinos. Ha sido pieza clave de la Semana Santa lorquina, falleciendo siendo Hermano Mayor del Rosario, dignidad que se une a su cargo de presidente de la Comunidad de Regantes que deja hoy vacante. Y su pasión: el Paso Blanco. ¡Cuántas décadas ha dedicado José María a engrandecer su cofradía, a concebir la Semana Santa tal y como la conocemos, a trabajar por una única razón: el amor sin medida por la Virgen de la Amargura! Ahora está con Ella, mirándonos, seguro, con esa sonrisa que parecía eterna en sus labios.
Nuestra ciudad llora hoy la ausencia de estos dos grandes hombres, de estos dos lorquinos que tanto nos han dado sin pedir nada a cambio, y que hasta última hora han demostrado su fortaleza luchando con valentía contra la enfermedad. Pero a pesar de la pena que late hoy en nuestros corazones, estamos obligados a recordarles con alegría por todo lo que han supuesto para nuestra ciudad. Y tenemos que estar en deuda con ellos por el ejemplo que nos han entregado a lo largo de sus vidas. Porque han dejado en herencia un inquebrantable amor por Lorca y, también, el mejor de los legados: sus hijos, quienes toman ahora el testigo y que han demostrado ser dignos herederos de estos dos grandes hombres.
Pepe y José María, lorquinos ejemplares, gracias por todo. Jamás esta ciudad vuestra os podrá olvidar. Que la Virgen de la Amargura os ampare y os proteja. Descansad en paz.