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'Arroz de secano' en la huerta

LA MURCIA QUE NO VEMOS

'Arroz de secano' en la huerta

El terrateniente Carlos de Guevara destinó los bancales de Monteagudo al cultivo de este producto

29.01.12 - 01:22 -
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Durante siglos los huertanos cultivaron arrozales que incluso permitieron la exportación.
Con conejo y serranas de Carrascoy, de magra y costillejas, con verduras, patatas y boquerones, con una pizca de ajo y perejil, sin citar las innumerables variedades de su elaboración en olla, el arroz es un producto conocido en Murcia desde tiempo inmemorial. Sin embargo, nadie recuerda que durante siglos los huertanos, en esta tierra de perennes sequías, también confiaron a este acuático cultivo la tranquilidad económica de sus familias.
Una obra inédita de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Murcia, editada en febrero de 1832, fomentaba la recuperación de una sorprendente variedad de arrozales, ya no solo para los humedales de Monteagudo donde tradicionalmente se cultivaba, sino incluso para los campos más resecos del municipio. ¿Pero era posible obtener rendimiento en estas latitudes?
El propio subtítulo de la obra intenta resolver esta duda, aunque despierte más incógnitas. Se trata de la llamada Instrucción para el cultivo de arroz, «nombrado de secano, por criarse con solo el auxilio de riegos periódicos, con los cuales se ha aclimatado ya en Sevilla, y en esta Ciudad de Murcia».
El informe fue encargado después de que el Gobierno enviara a la Real Sociedad Económica de Murcia una muestra del supuesto arroz «aclimatado» en la capital hispalense y cuya principal bondad era la posibilidad de sacar adelante las cosechas sin recurrir al embalsamiento de los campos.
La Sociedad ofreció entonces las semillas a diversos agricultores y terratenientes, entre quienes destacada José María Guerrero, miembro de la institución. El experimento estaba en marcha y, de forma precisa, se fueron anotando los progresos de las plantaciones. Unos meses más tarde, Guerrero presentó a sus colegas los resultados y una memoria del método empleado en el proceso. El éxito fue rotundo.
La Sociedad concluyó que «dicha especie puede dejar al labrador recompensados sus trabajos». Y no solo se ensalzaba su viabilidad económica. Porque además de multiplicarse «pasmosamente», el arroz obtenido «es de un gusto muy exquisito». Tanto, que la Sociedad publicó una Instrucción que contenía el método preciso para extender su cultivo en la huerta.
La primera condición, como es natural, establecía la siembra en terrenos fértiles y abonados, si bien se advertía de que «la tierra, aunque sea de clase media, podrá criarlo». La plantación del arroz debía realizarse en el mes de marzo, tres meses antes que en otros lugares para esquivar el abrasador verano. Existían dos formas de hacerlo. Primera, en semillero, para luego trasplantar la planta cuando tuviera tres o cuatro hojas. Y segunda, directamente en los surcos del terreno, con la precaución de que las semillas quedaran cubiertas "con dos o tres dedos de tierra».
La Instrucción recomendaba poner en agua las semillas «por espacio de 48 horas» antes de la siembra, lo que permitía apartar por inútiles aquellas que flotaran. Concluida la plantación, había que «correr el agua», cuidando que al entrar en las tablas no arrastrara la simiente. Los riegos se mantenían hasta que hubieran nacido todas las plantas, lo que debía ocurrir entre los doce y quince días posteriores a la siembra.
El primer problema sería entonces la junza (Cyperus rotundus), una mala hierba que crecía junto al arroz. Por la similitud entre ambas plantas, la Sociedad advertía de que era necesario arrancarla con cuidado y aportaba un consejo: «Se conocerá el arroz en que la hoja sale más fina que la de la junza y pagizea algo». Después solo restaba escardar unas tres veces y esparcir «basura en la regadera».
Una vez que la espiga ofrecía su característico color dorado llegaba el momento de la siega «a media caña o más alto», según la altura de la planta.
Hambre en Sevilla
El cultivo del arroz en la huerta murciana puede sorprender a muchos; pero no al catedrático Juan Torres Fontes, quien, en su espléndida producción científica, también se ocupó de esta cuestión. El profesor situó en 1295 la primera referencia al arroz en el Concejo de Murcia, cuando el Rey Fernando IV autorizó la exportación de este producto y de «higos, aceite, miel y cera». La posterior ocupación aragonesa del Reino y la creación de la gobernación de Orihuela trazaría la frontera entre ambos territorios a la altura de Monteagudo, el paraje más pantanoso para el cultivo.
En el siglo XIV otro monarca exigiría a Murcia el envío inmediato de 1.200 quintales de arroz, «blanco, limpio y mondado», para remediar la hambruna en la ciudad de Sevilla. Relata Torres Fontes que, ya entrado el siglo XVI, el terrateniente Carlos de Guevara, en contra de la opinión del Concejo, destinó de nuevo los bancales de Monteagudo al cultivo del arroz.
Proliferaron entonces los malos olores y las enfermedades causadas por el estancamiento del agua. Y el Concejo prohibió el cultivo hasta que la Audiencia de Granada desestimó la orden y protegió los campos arroceros, aunque apercibiendo a Carlos de Guevara que «entre, corra y salga el agua».
Un nuevo ataque a los arrozales españoles ocurriría a finales del siglo XIX, cuando el Gobierno, también por razones de salubridad, propuso erradicar su cultivo. Los diarios murcianos, desaparecido este cultivo de la huerta, se hicieron eco de las enérgicas protestas de los productores de Calasparra. Por suerte, no prosperaron las medidas del Estado y hoy podemos afirmar que el arroz de aquellos parajes es el mejor del mundo. Basta probarlo para comprobarlo.
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Hasta dentro. Gran plantación de tomates sobre el cauce del río Segura, en pleno corazón de la ciudad.