Federico Mompou se autodefinía como «un hombre de pocas palabras y un músico de pocas notas». Sus obras pianísticas son muy breves: miniaturas sonoras, aparentemente improvisadas, de una extrema sencillez, donde los temas aparecen desnudos, casi sin desarrollos, ni ornamentaciones. Sin embargo, con tan absoluta austeridad de medios, logra exponer una delicada e íntima línea melódica, que, según su propia confesión, aspira a «una música que sea la voz del silencio», la «música callada» del verso de San Juan de la Cruz, que, para Mompou, era la expresión de su ideal estético.
Nació en Barcelona en 1893. Su padre era catalán y su madre de ascendencia francesa. De su época infantil guardó siempre el recuerdo del sonido de las campanas, que se fabricaban en la fundición donde trabajaba su abuelo. Estudió piano en el Conservatorio del Liceo de la Ciudad Condal, en una época en que la capital catalana vivía la eclosión artística del 'noucentisme'. Dio su primer concierto público a los 15 años. Se perfilaba como un virtuoso de la interpretación pianística, pero, en 1909, escuchó un Quinteto de Fauré, y quedó tan impresionado que decidió dedicarse a la composición. Su carácter, tímido, reservado y tranquilo, tampoco se avenía bien con la vida ajetreada de los intérpretes famosos. En 1911 marchó a París, con una recomendación de Enrique Granados para estudiar piano. La capital francesa no era ya la meca del piano, como en los tiempos de Liszt y Chopin, pero sí el crisol de las vanguardias, tanto plásticas como musicales, donde se abrían los nuevos horizontes. En la música para piano, las experiencias de Fauré, Debussy, Ravel y Satie, como, unos años antes, las de Albéniz, representaban una concepción revolucionaria de este instrumento. Por aquellos años también viajaron allí Falla, Turina y Granados.
Mompou frecuentó los círculos musicales parisinos y, si bien se aprecia en su música la influencia de todos los grandes compositores franceses del momento, la más patente fue la de Satie, apasionado por la simplicidad y la claridad expositiva. La huella de Satie lo acompañó siempre, pese a las diferencias temperamentales entre el extravagante y disparatado compositor francés y el ordenado y metódico español.
Los terribles avatares que sufrió Europa en el siglo XX turbaron la vida de Mompou. En 1914 tuvo que volver a Barcelona, huyendo de la Primera Guerra Mundial. En 1921 regresó a París, pero, en 1941 hubo de marcharse de nuevo ante la invasión alemana. Desde entonces residió en el Paralelo barcelonés, su barrio natal.
En 1957, con 64 años contrajo matrimonio con la pianista Carmen Bravo, mucho más joven que él, de la que se enamoró al escucharla tocar el Concierto de Schumann. Falleció en 1977 a los 94 años. Fue miembro de la Academia Catalana de Bellas Artes San Jorge y obtuvo el Premio Nacional de Música. Compuso canciones para voz y piano, alguna obra para guitarra solista y una partitura para coro y orquesta de tema religioso titulada 'Los Improperios' (1964), pero en el género donde alcanzó mayor celebridad fue en las piezas breves para piano solo. En el compacto, que esta semana les propongo, se recogen 13 'Canciones y Danzas' y 4 'Preludios', interpretados al piano, en los años 1992-1993 por la gran Alicia de Larrocha (1923-2009).
La genial intérprete, ya septuagenaria, pero en su plenitud artística, traduce magistralmente esa exquisita delicadeza de colorido que caracteriza estas pequeñas grandes obras de Mompou. En ellas aparecen, sutilmente velados, motivos del folclore catalán, lo que les confiere una luminosidad, de profunda raíz española, mal que les pese a algunos de sus paisanos, empeñados en lo diferencial y lo identitario.