Resolver un dilema matemático te convierte en sabio. Sin medias tintas. «Es un delirio, una sensación que sólo se puede comparar a otros aspectos de la vida...». Antonio Córdoba Barba es un sabio nacido en 1949, en el camino de Puente Tocinos (Murcia), a quien ni resolver el problema de Zygmund, ni compartir docencia en la Universidad de Princeton con John Nash, cuya vida fue recreada en la película 'Una mente maravillosa', ni haber tenido como director de su tesis doctoral en la Universidad de Chicago a Charles Fefferman -nada más y nada menos que Medalla Fields-, le han restado sus modos campechanos, cercanos, ni tiempo para llevar «el lenguaje de la ciencia» a cualquier pueblo pequeño donde le reclamen. La erudición de este catedrático de Análisis Matemático de la Universidad Autónoma de Madrid e investigador del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) le ha valido recientemente la concesión del Premio Nacional de Investigación Julio Rey Pastor en el área de Matemáticas y Tecnologías de la Información y las Comunicaciones.
-De la huerta a Princeton. Parece una película. ¿Cómo se gestó su interés por las matemáticas?
-Mi infancia transcurrió en un huerto del camino de Puente Tocinos. Mis padres venían de familias huertanas pero ambos pudieron escaparse de ese duro trabajo, aunque teníamos unas tierras donde crecí. Mi madre era maestra. Fue la pequeña de tres hermanos y la única que estudió; algo encomiable. Me contaba que en su promoción había sólo 4 chicas y las sentaban en un banco junto al profesor alejadas de los chicos. Me llevaba de pequeñajo a la escuela, así que ella me inculcó la docencia.
-¿Cómo se llamaba?
Fuensanta, ¿cómo no? [sonríe] Fuensanta Barba. Mi padre sólo tenía estudios primarios y trabajó en un taller de fabricar cañas de pescar, que era una artesanía que existía en Murcia y ya ha desaparecido. Luego se independizó con su propio taller donde hacías las partes metálicas de las cañas. Siempre sintió una gran curiosidad por la ciencia. Le entusiasmaba el progreso: los satélites, la energía nuclear... Y en parte, conversando en su taller, me lo transmitió. Pero el detonante fue que mi madre daba clase en una escuela de niñas, mayores que yo, y yo era un pequeñajo. Ellas se manejaban mucho mejor que yo con los sotanillos del idioma, pero, no se cómo, me percaté de que con eso de las cuentas tenía un lugar y me podía hacer valer ante aquellas niñas maravillosas. Así que precozmente mostré interés por la geometría y la aritmética para hacerme valer antes las chicas.
-Aún persiste ese temor a las matemáticas, con lo que llama aún más la atención que alguien opte por dedicarse a ellas y triunfe.
-Hay algo paradójico en todo eso. Las matemáticas son difíciles porque son fáciles. Me explico: los conceptos matemáticos -una línea recta, un círculo, un número-, son nítidos y claros en relación con los conceptos de la economía, la filosofía o la biología.
-¿Porque son más abstractos?
-No. Todos entendemos bien lo que es, por ejemplo, una circunferencia, y como esos conceptos están bien determinados en nuestra mente podemos enlazarlos con cadenas de silogismos. De manera que las matemáticas sirven para poner el sistema operativo en el cerebro humano, enseñan a pensar. Ahí está la dificultad: la mayoría de los ciudadanos se marean cuando tienen que enlazar tres implicaciones seguidas, y esto se ve incluso en nuestros políticos y líderes cuando se dirigen a nosotros, en general, es muy fácil pillarles en renuncios lógicos: hacen una afirmación, luego otra y la tercera no es consecuencia de la primera; o de la primera podrían salir muchas posibilidades y ellos escogen una y nos quieren convencer de que es la única. El discurso de la población adolece de falta de educación matemática, de saber que A implica a B y B implica a C... Y ése es el papel de las matemáticas: enseñar qué es consecuencia de qué, cuándo nos están vendiendo una moto, y eso es lo que hace precisamente que las matemáticas sean tan difíciles.
-¿Le recomendaría a los asesores de comunicación de los políticos darles clases de matemáticas?
-Pues yo creo que sí, como a mucha gente. Fíjese, Francisco Ayala escribió un artículo en 'El País' sobre en qué se diferencia la escritura humana de la escritura mecánica. Estaba bastante de acuerdo con sus tesis; sin embargo, utilizaba unas frases que me chocaron. Ayala decía que no tenía destreza matemática, que en sus tiempos de niño nunca había podido recordar bien las tablas de multiplicar. Le escribí una carta diciéndole: «Don Francisco, con todo respeto, se equivoca. Tiene una magnífica cabeza para las matemáticas porque en gran parte consisten en analizar una situación, en determinar cuáles son los parámetros interesantes, en ver qué relación hay entre ellas, y en sus artículos usted hace eso muy bien. Que eso se plasme en un sentido cuantitativo es ya de segundo orden, pero el hecho de poder detectar lo importante y relacionarlo entre sí es el sentido de las matemáticas.
-Que el lenguaje no sean números no significa que no haya matemáticas...
-Eso es. Ayala tenía la cabeza muy bien amueblada y por tanto había aprendido el arte de las implicaciones lógicas, y ésa es la mayor aportación de las matemáticas. Sobre el rechazo, decirle que son una disciplina milenaria y no creo que existan esos cambios tan radicales en este tiempo. El rechazo es producido de forma artificial por hombres de letras y medios de comunicación. Por ejemplo, retratando casos como el de Nash en el cine, con quien coincidí en Princeton. No hay que ser un loco sabio, eso es un cliché.
-«Todo es número», decía Pitágoras. ¿Ejemplos del papel de las matemáticas en nuestra vida diaria?
-Pues me puede grabar con su móvil o el taxi le trae hasta un punto con el GPS porque hay unos algoritmos matemáticos detrás que los hacen funcionar. O cuando uno se somete a un TAC para detectar un posible tumor en un tejido blando, la máquina lanza rayos X que atraviesan el tejido y mide sólo la intensidad que tienen al entrar y al salir. ¿Y cómo se detecta si hay un nódulo canceroso o se obtiene una imagen del tumor? Ahí aparecen las matemáticas, para convertir esas medidas en una imagen nítida de los tejidos. Pero también en algo tan cotidiano como pagar en el supermercado: el cajero te pasa la compra por rayo láser y saca la cuenta porque hay un algoritmo matemático que lo efectúa en un periquete. Hasta la letra de nuestro DNI se basa en las matemáticas. Con la irrupción de los grandes ordenadores, también colaboramos codo con codo con médicos, biólogos o ingenieros ayudándoles en sus tareas.
-¿Y en su área de investigación?
-Un ejemplo muy notable son las ecuaciones de los fluidos, la mecánica de fluidos en la que yo trabajo, y el problema de la predicción meteorológica. Hay unos modelos que se remontan al siglo XVIII y que aún no conocemos su coherencia lógica total; de hecho, es uno de esos problemas abiertos del milenio que tiene un premio de un millón de dólares. Ver si las ecuaciones de los fluidos de Navier-Stokes tienen solución para todos los tiempos. Pero que no dominemos toda esa teoría no nos impide implementar algoritmos en grandes ordenadores para mejorar la predicción meteorológica.
-Pues usted resolvió uno de esos enigmas: el problema de Zygmund. ¿En qué consistía?
-Mi área de especialización es el análisis matemático. Y parte de nuestro oficio consiste en mejorar ese instrumento. Un buen símil para los analistas es que somos como cazadores, pasamos mucho tiempo en casa perfeccionando nuestro instrumento, y de vez en cuando salimos a cazar. Cuando trabajo en mecánica de fluidos o mecánica cuántica, estoy saliendo a cazar. Este problema de Zygmund, que era mi bisabuelo...
-¿Su bisabuelo?
-Sí, mi bisabuelo en Matemáticas. En mi árbol genealógico matemático el padre es el director de la tesis, en mi caso Fefferman, mi abuelo es Elias Stein y así llegaríamos hasta Leibniz y los Bernoulli... Es una especie de aristocracia intelectual de la que estoy muy orgulloso [el profesor Córdoba también ha documentado y diseñado su árbol genealógico profesional]. Conocí a Zygmund en Madrid y luego en Chicago, donde fui a estudiar. De la escuela polaca de los años 20 venía un problema en el que trabajó Zygmund y que tenía que ver con el teorema fundamental del cálculo: la relación entre los conceptos de integral y derivada. Integral tiene que ver con áreas y volúmenes; y derivada, con pendientes, velocidad, tasas de crecimiento. Surgió una pregunta sobre si el teorema del cálculo seguía siendo válido en el contexto del siglo XX, y tuve la suerte de contestarla.
-¿Y seguía siendo clave?
-Sí, es un resultado fundamental pero dentro de la parte del analista consistente en afilar los instrumentos. Curiosamente, esta contribución mía tiene una interpretación pictórica, ostensible en las figuras geométricas que ilustran el teorema y que sugieren la transición del neoplasticismo de Mondrian a los cuadros suprematistas de Malevich.
-¿Resolver un enigma matemático te convierte en un sabio?
-Bueno, algo de eso hay... Cuando estás detrás de demostrar un teorema y generaciones de gente a las que uno admira no lo han conseguido antes, cuando las ideas parecen converger, cuando nuestros razonamientos se engarzan en cadenas de silogismos que nos llevan a la cumbre desde la que deseamos contemplar el paisaje de nuestra teoría... ¡Qué locura! En esos momentos pierden mucho sentido la mayoría de los asuntos de este mundo y lo único importante es culminar la demostración. Pero obtenerla es elevarse del suelo y conseguir la sonrisa de la más hermosa; es una experiencia de plenitud que siempre se ansía repetir.
-¿Sigue vinculado a la Región? ¿Podría darme su opinión sobre la situación en Murcia?
-Sí, sí. Tengo una casita en el Mar Menor y me acerco de vez en cuando a recuperar paisajes y sabores. Pero no estoy tan vinculado como para hablar con propiedad sobre la situación de la Región, pero sí recuerdo la huerta de mi infancia como un paraíso, cuando las acequias iban tan limpias que podíamos bañarnos en ellas. Ahora el agua casi no fluye por ellas, se me ha roto la imagen. La huerta que yo conocí casi ha desaparecido. Por el contrario, he visto que sí se han desarrollado cultivos e invernaderos en el campo de Cartagena o Mazarrón, se ha trasladado el núcleo agrícola y entiendo que genera una gran riqueza. En cuanto al desarrollo en el Mar Menor y La Manga, no sé si lo que han hecho allí produce riqueza o no, pero desde luego es un gran estropicio ecológico.
-En otros países se defiende que es el momento de invertir en ciencia y tecnología. ¿Está de acuerdo?
-Un país como España para tener una industria competitiva necesita invertir en investigación y desarrollo porque las multinacionales buscan lugares de mano de obra barata y no queremos ser un país con bajos salarios. La única manera es ofrecer algo que no se puede conseguir en China, Corea o Taiwán. Y eso parece que sólo tiene una solución que les ha funcionado a los finlandeses: tener técnicos y científicos extra. La industria española no ha sabido utilizar el potencial científico que se ha desarrollado en las universidades y en los centros de investigación. En matemáticas aquí no había nada en los setenta y ahora somos el noveno país en producción matemática.
-¿Y le estamos sacando el producto?
-Pues no, y ahora sería el momento de hacerlo. En otros países a los matemáticos también se nos busca, y se nos contrata, por las empresas para utilizar nuestro cerebro. El empresario nos llama y nos dice: observe nuestro sistema de producción, o de comercialización, y háganos todas las preguntas y observaciones que se le ocurran, utilice su cerebro para chequear mi empresa. Saben que pueden ahorrarse millones de dólares de esa manera. Durante mi experiencia en EE UU y mis continuos viajes he tenido contactos con industriales que han venido a preguntarme por proyectos, pero nunca en España.