[Tranquiliza García a los espectadores, diciéndoles que no se asusten si oyen ruidos extraños, alboroto e incluso disparos. Como ayer empezó la campaña electoral, no sería extraño que las huestes invadieran el plató, como lo llaman, exigiendo el voto. «Al menos hoy -les anuncia-, la Impertinente está protegida por la policía»]
-Llevas mejor instaladas ahora las ondas del pelo. ¿Te las has arreglado para venir?
-[Riéndose] Yo siempre suelo ir 'arreglao'. Solo llevo el pelo más corto.
-[Apretando] Entonces has ido al barbero, ¡joder!
-[Quitándole importancia] Eso fue hace ya una 'semanica'.
-[Molestando] De crío eras más rubio y guapo.
-[Resignado] Por supuesto.
-Alguien dijo que parecías Robert Redford.
-[Chulo] O Paul Newman. Los chiquillos de entonces, no sé por qué, teníamos el pelo rizado.
-Eso era por la hambruna.
-[Indiferente] Sería por eso.
-¡Ya está la mosca de la tele por aquí! ¡La madre que la parió! ¿Has traído la pistola? Digo la de disparar.
-La tengo en casa. No es cosa de llevar pistola. Siempre tienes las de perder.
-Pero si alguien te apunta...
-Habrá que ver cuál es la defensa más adecuada.
-¿Prefieres detective Ortiz o el zagal de Villanueva?
-[Tajante] Mejor el zagal.
-Tu currículo es la leche. Has estudiado de 'to'. ¿Has mirado debajo de esta mesa?
-[Tranquilizando] No creo que aquí haya bombas.
-No sé qué decirte. Hay gente 'mu' mala. La mosca...
-¿Cómo le dicen?
-'La mosca de la tele'. ¡Mírala, mírala! Es 'jovencica'.
-¡Ya! Le dicen cojonera.
[Ortiz tiene un discurso lacónico, no como los políticos. Por eso se suele decir que 'la policía no es tonta']
-Tienes pinta de serio.
-Es natural. Desde los veinte años en la investigación criminal... No es para tomárselo a cachondeo.
-Pero te casaste con la catedral de Murcia.
-[Con pachorra] Efectivamente. Es alta, esbelta...
-Hablamos de tu mujer, que fue Miss Murcia.
-[Sin maldad] ¡Sí, señor! El 64.
-Tienes que gustarle mucho para que se casara contigo.
-Eso dicen. O dice ella. Mucha gente se sorprende.
-¿Guardar a otro es casi peor que guardarse a uno mismo?
-[Esta pregunta le gusta] Las dos cosas son importantes. Hay que saber guardarse a uno mismo para poder guardar al otro. Él y tú sois uno. Como un matrimonio bien avenido. Cuando alguien ataca, no piensas en ti, sino en el otro.
-A los que tú has guardado no son gentes de cuatro reales. Empezaste con Amparo Illana, la mujer de Suárez.
-Estaba de escolta de la familia, sí. La señora, tres hijas y dos hijos.
-También de Felipe González, de Calvo Sotelo... Dime dos palabras sobre cada uno.
-[Convencido] Todos, incluido Suárez, tienen una cualidad: son muy humanos, muy trabajadores... Quizás, el que más tiempo dedicaba a su trabajo era Felipe. Los otros discernían mejor entre trabajo y descanso. Son tres grandes hombres.
-¿Y las diferencias?
-Suárez era tímido. Calvo Sotelo parecía lejano, aunque no lo era. Y el más abierto, Felipe.
-[Por curiosidad] Tú has estado cerca de ellos. ¿Podrías decirme cuántas veces iba cada uno al retrete?
-[Decojonándose] Eso no lo sé. Lo sabrá el ayudante.
-Tú tienes que saber 'cosicas' de esta gente. ¿No estás escribiendo tus memorias?
-[Evasivo] Estoy escribiendo algo, sí.
-¿Te contó Calvo Sotelo alguno de sus famosos chistes?
-Chistes, no. Pero te contaré una anécdota. Íbamos a Ribadeo. Él llevaba el Mercedes y al chófer me lo echaba a mi coche. Le gustaba correr. De pronto, para, salta del coche, se acerca y me dice: 'Ortiz, voy a echar una meada'. Yo le respondí: 'Pues, nada, Presidente, a mear se ha dicho'. Y nos bajamos todos a mear. En mitad de la operación observa el Presidente que uno de mi equipo, que era más joven, echaba una meada de casi cuatro metros...
-¡Coooño!
-...y me dice: 'Ortiz. Eso es poder y no lo que yo tengo'.
-Lo veo mucho mejor que un chiste.
-Es un cachondo, aunque no lo parezca.
-¿Notaste algún síntoma en Suárez, antes de enfermar?
-No. La enfermedad esa creo yo que le vino porque su vida política fue de no dormir, comer poco -solo tortilla francesa-, mucho café y dos paquetes de Ducados Internacional. Todo llegó después de dimitir, más lo de su hija y lo de su mujer. Seguro que llevaba la procesión por dentro.
-Después, protegiendo a Collado, ¿tuviste dificultades? Como es tan güevón...
-No. Si lo conocías, no te podía sorprender. No era...
-¿Cómo que no era güevón?
-[Riéndose] Bueno. Daba esa apariencia...
-¿Mejor así que nervioso?
-En política hay que ser más güevón que nervioso.
-Y ahora, con Valcárcel, ¿lo guardas por las noches en un cociol para protegerlo?
-También es un gran presidente. Le aconsejas sobre su seguridad y él escoge.
-Siguiendo con los güevos. Cuando se los tiraron a la fachada, ¿dónde estabas?
-¿Yo? En Hacienda.
-¡Pijo! ¿Pagando el IRPF?
-[Rápido] ¡Controlando! Allí no llegan nuestras cámaras. Las de Miguel Ángel, sí.
-Entonces lo tendrá grabado Miguel Ángel. Seguro que ve mucho el DVD en su casa y se descojona. ¿Cómo sacaste a Valcárcel de la Asamblea cuando le pegaron fuego? ¿A pescozones?
-No. Salimos de allí antes. El incendio nos cogió ya en el Puerto de la Cadena. Yo le pasé una nota, diciendo: 'Presidente, hay que marcharse'. Y me hizo caso.
[La puta mosca, en un fallo de estrategia, se posa en el queso. García, con una habilidad que le viene de su condición pueblerina, la esclafa con la mano. Y muestra el cadáver a las cámaras, como si fuera el de Gadafi. Solo esto hará que la Historia lo recuerde con admiración]
-¿Llegaste a robarle a Felipe algún que otro cigarro puro?
-[Sincero] Algún que otro 'cohiba'?, sí. Luego llegaba y decía: '¡Ostias! ¡Ya habéis 'estao' por aquí'!
-Cantas corridos, como tu padre. Cántame uno que esté bien.
[Comoquiera que se le resiste, García lo anima: 'Allá en el Rancho Grande...' Y Ortiz, con mucha vergüenza y bajito, continúa: '...allá donde vivía'. Saca las esposas, se las pone al periodista y se lo lleva a empujones a la oscura y fría mazmorra]