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La receta del elixir de la eterna juventud

REGIÓN MURCIA

La receta del elixir de la eterna juventud

Tres centenarios de la Región desvelan cuáles son los secretos para alcanzar una vida longeva

13.10.11 - 00:33 -
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A Lola, Paco y Ana Vicenta les delatan las marcadas arrugas de sus rostros, aunque sus vivaces ojos todavía brillan como chiquillos de teta. Nacieron a principio de siglo, cuando los mozos todavía rondaban a las mozas por el mes de mayo y una simple mirada era digna de romper corazones en mil pedazos. A Paco le llaman 'el abuelo del pueblo', y no es para menos, ya que el pasado 25 de septiembre cumplió 101 años. Disfruta de una memoria de elefante y recuerda anécdotas con el más mínimo detalle. Su infancia la pasó entre el colegio y el campo. Tenía que andar cada noche tres kilómetros para ir a la escuela, ya que por la mañana trabajaba en una fábrica guardando pavos. Sin embargo, no pudo compaginar ambas cosas y pronto tuvo que apartase de las plumas y los cuadernillos. «A los doce años me hice agricultor, pero nada de cavar en la tierra; yo era tractorista», cuenta orgulloso.
A sus 26 años, un nuevo giro en la historia le condecoró como oficial de una cuadrilla del bando republicano durante la guerra, en el que sirvió durante veintitrés meses. Por suerte, no vivió fastuosos episodios nacionales, pero sí protagonizó un bombardeo que casi le deja cojo. «Solo recuerdo que había muchos hoyos de las bombas que estaban cayendo y pensé que era imposible que otra cayese en el mismo sitio. Así que me escondí y esperé a que todo terminase», relata su 'valerosa' hazaña a voz de grito. Y es que a 'El Cartagena' -como lo llaman sus allegados- ya le empieza a fallar un poco el oído. «Tampoco veo muy bien, y las piernas ya no me responden como antes», admite, aunque hasta hace bien poco andaba ocho kilómetro diarios. Confiesa que de joven era muy aficionado al ciclismo. «Con mi primer sueldo, que fueron 26 duros, me compré una bicicleta, pero costaba 50 y me tuvo que ayudar mi padre», cuenta, aún ilusionado. Era frecuente ver cómo Paco recorría los caminos que llegaban a Orihuela, Mazarrón e, incluso, a Cartagena. De ahí su apodo.
«Casi me dejan morir»
Lola llegó a la residencia 'Hogar de Betania' de Murcia a la edad de ochenta y cuatro años y ya lleva dieciséis. «A las ocho de la mañana del 28 de septiembre cumplí los cien años», cuenta presumiendo de memoria. Aunque al principio de su vida pasó por varias enfermedades serias, esta ilundense terminó por ganarle el pulso a la muerte. «He pasado dos veces el tifus y una vez la meningitis», comenta. «A mi madre -continúa- le dijeron los médicos que mejor que me muriera porque me iba a quedar tonta o loca». Hoy da gracias a Dios porque no desistiesen en su empeño de curarla. Se considera una persona muy religiosa. «He ido a ver a todos los Papas desde Juan XXIII, y rezo el rosario cuatro veces al día», comenta con una sonrisa.
Trabajó como funcionaria de correos, donde conoció al que fue su marido. «Me casé con cincuenta años. Tuve tres novios antes, pero se portaron muy mal conmigo y les dije '¡pues no me caso!'». Y así fue hasta que conoció a Isidro. Ha vivido en Cieza, Segovia y Madrid y ha viajado varias veces al extranjero. «He estado en Italia, Portugal, Francia... a Suiza me fui yo sola en coche». «No, tía, en aquella época no se viajaba sola», le recrimina su sobrina, a lo que Lola asiente no muy convencida. Habla un poco de francés y desvela haber leído algo. «Me encantan los libros, sobre todo las novelas románticas y las de historia. En francés tengo alguno pero no muchos», relata. Devora las historias sin necesidad de usar gafas, aunque admite que la operaron de cataratas. También ha sobrevivido a un tumor en el riñón que resultó ser benigno. Ahora el único mal que sufre son sus piernas, con las que casi no puede caminar.
«Hay demasiada libertad»
La más joven de estos tres afortunados en Ana Vicenta. Tiene noventa y cuatro años cumplidos en julio y lleva seis años compartiendo hogar con Lola. Nació en Jódar (Jaén), pero se crió en Linares. «Vine a Murcia hace cincuenta años, cuando trasladaron a mi marido. Yo nunca he trabajado fuera de casa, por lo que le seguía donde hiciera falta», advierte. Cuenta con ojos de enamorada que conoció a su esposo durante la guerra cuando le destinaron a su pueblo: «Fue amor a primera vista. Me asomé por el balcón y solo nos bastó con mirarnos», relata algo tímida.
Confiesa ser una fanática de la televisión, sobre todo de los programas que recuerdan canciones y películas de su juventud: «Nunca me pierdo a María Teresa Campos. Las canciones de ahora me gustan regular. Son demasiado atrevidas», se queja. Sobre la gente joven dice que «están demasiado despendolados. Antes estábamos muy reprimidos, pero es que ahora tienen demasiada libertad. La culpa es de los padres que les dejan hacer lo que quieren», sentencia.
Paco advierte que es muy importante llevar una vida sana y movida: «Casi nunca he comido carne, solo pollo alguna vez. Básicamente me alimento de verduras y mucha fruta. ¿Beber? ¡Solo agua! Los jóvenes de ahora se pasan con el alcohol y deberían parar un poco. No hay ningún misterio más», desvela, lentamente, los ingredientes del elixir de la eterna juventud.
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