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Muchos y buenos artistas troveros

CRÓNICA MENUDA (MENUDA CRÓNICA)

Muchos y buenos artistas troveros

11.09.11 - 01:20 -
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El mundo de los trovos, tan arraigado en el Campo de Cartagena y en la Sierra Minera se mantiene en la historia después de vaivenes. Dicen los libros que su nacimiento se dio en el siglo XI en la Provenza francesa, pero la esencia fetén y el 'made in' de poblaciones de Cartagena, del resto de la Región de Murcia (Águilas, Valle de Guadalentín, la huerta panocha en sí) que abrazan el arte de la poesía improvisada dudo bastante que tenga algo que ver con aquellas manifestaciones en territorio galo.
El trovero José María Marín, nacido en La Palma en 1865, minero en La Unión, fue una autoridad en la materia, merecedora de monumentos y de calles con su nombre. De los desaparecidos que dejaron huella cito a Pedro Pérez Ros (Pedro Cantares), de Galifa, muerto en junio de 1965, famoso por sus bandos panochos en las fiestas de San Antón y por su gran legado como improvisador en este arte.
Aunque en la guerra de guerrillas de las controversias se enzarzaban con gracia y salero, en la calle todos eran amigos y acababan con unos vinos en el Bar Pagán, si la velada se había celebrado en La Unión, o en el El Pinacho, de Santa Lucía, si la celebración era en Cartagena.
Repentistas de aquí
En las veladas que se organizaban y que durante más de un cuarto de siglo se encargaba de difundir el corresponsal unionense Pascual García Mateos, con su popular Mesa Café, fueron despuntando artistas de la repentización que daré a conocer de carrerilla, como una alineación futbolística: Ángel Cegarra 'Conejo II', José Martínez 'El Taxista', José Moreno 'El Lotero', Joaquín Sánchez 'El Palmesano', Fernando Zaplana, Ginés Cerezuela, Antonio Sánchez Marín, José Castillo, Manuel García 'El Minero', El Baranda, José Travel 'El Repuntín' y Ángel Roca.
Añado, en repesca en el filo de la cuartilla de mis apuntes a Pepe Picardías, Andrés Marchán, el pachequero Gregorio Madrid, José Asensio 'Roca II' y Juan Franco, de Balsapintada. Con 'El Patiñero', ya desaparecido, catapultado en unas galas por la televisión autonómica en los últimos años de su vida.
Veladas de trovos, auténticos desafíos se han organizado y se organizan -en la actualidad, menos o así lo entiendo por su escasa difusión- en cualquier lugar. En una plaza pública, en un recinto ferial, en el escenario de un teatro, donde en suma haya aficionados capaces de soportar el grato intercambio de 'golpes' dialécticos en verso.
Recuerdo veladas de armas tomar en el Parque Torres, el popular Castillo de los Patos, cuando Ángel Roca, hoy con 84 años, recordará sus 'enganches' con 'El Palmesano' y con otras figuras, en actuaciones que se prolongaban hasta cerca de las dos de la madrugada, los veranos de los años 60 y 70. En algunos casos las letras eran atrevidas, claro que sin pasarse. Más allá de las críticas por unos baches en una calle muy frecuentada o por unas farolas sin bombillas, no iban los alfilerazos.
Cuando se 'picaban'
Por lo general la confrontación trovera era directa, frontal, un mano a mano sin vuelta de hoja. Ganaba el que al final más aplausos recogía. Cuando se 'picaban' unos y otros con esas letras de toma y daca, incisivas, descafeinadas y venenosas al mismo tiempo, se llegaba al éxtasis, recuerda un trovero jubilado. En tiempos más recientes se puso en marcha Trovalia, a modo de certamen.
Los trovos han influido, sus letras, en el Cante de las Minas, y han sido exportados por los propios juglares que han actuado, desplazados desde Cartagena y comarca natural, en Almería, en el I Simposio del Trovo 1976, con el apoyo logístico de Alberto Colao, escritor ya desaparecido; Aureliano Gómez Vizcaíno y Carlos Ferrándiz, también hombre de letras.
Una vez una profesora inglesa, de vacaciones en Cartagena, quiso contratar a un cuarteto de troveros para un teatro en Gran Bretaña, una vez que se enamoró de la improvisación. Quiso pero desistió cuando la convencieron que el problema del idioma conduciría al fracaso a los artesanos del trovo, desplazados a Manchester, por ejemplo. No parecía tener sentido la propuesta, pero la señora inglesa, llamada Margaret, lo intentó allá por la mitad del siglo XX, cuando su amigo Fraga Iribarne desempeñaba cargo diplomático en aquel país.
Uno de los más laureados troveros ha sido el ya mencionado Ángel Roca, que trabajaba en el ramo de seguros y en una entidad bancaria, y se dedicó muchísimo en este campo, algo así como más de sesenta años. Fue ganador de varios certámenes nacionales y publicó libros ensalzando el arte que él dominaba como nadie.
Tengo la sospecha de que el trovo no está hoy suficiente arropado por quien corresponda, dicho sin ánimo de incordiar. Quienes pueden no meter el hombro a su favor corren el riesgo de que, con el mayor desparpajo, algún trovero con mala uva arremeta contra ellos en alguna velada cualquier verano o cualquier primavera. Cariñosa y artísticamente.
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