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Juan Pedro, ¿dónde se borró tu rastro?

REPORTAJE

Juan Pedro, ¿dónde se borró tu rastro?

Hace ahora 25 años, un niño de Fuente Álamo se esfumó sin dejar huella en un terrible accidente en Somosierra; se convirtió en el caso de desaparición más extraño de Europa

28.08.11 - 01:13 -
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¿Y cómo está el niño? ¡Por favor, dígame que mi nieto está bien!». El grito desgarrado de la mujer hizo que al guardia civil le diera el corazón un brusco salto en el pecho. «¿El niño? ¿Qué niño? En ese camión no viajaba ningún niño, señora». Con ese breve diálogo entre una anciana destrozada por el dolor y un anónimo guardia civil de Tráfico se abría uno de los misterios más insondables de la reciente historia de España, un enigma que ya en aquel entonces se popularizó con el nombre de 'el niño de Somosierra' y que Interpol acabó definiendo como «el caso de desaparición más extraño de Europa». Un asunto que hoy, cuando acaban de cumplirse 25 años, sigue rodeado de la misma impenetrable bruma que lo envolvió desde aquel primer instante. Ni un rastro. Ni una pista. Ni un indicio. Y un millón de teorías, desde la más científica a la más esotérica, pasando por unas cuantas simplemente absurdas. Nada, en cualquier caso, que haya servido para aliviar el dolor y la terrible sensación de impotencia que desde entonces laceran a los familiares más cercanos.
La última imagen que a algunos de ellos les quedó de Juan Pedro fue la del momento en que, feliz, ascendió a la cabina del poderoso camión Volvo F-12 que conducía su padre. Eran las siete de la tarde del 24 de junio de 1986 y el chiquillo, vestido con un pantalón y un jersey rojos, sonreía ante lo que, sin duda adivinaba, iba a ser una gran aventura: cruzar España de sur a norte, hasta llegar a Bilbao, que era el destino de los 20.000 litros de ácido sulfúrico fumante u 'oleum' que transportaba la cisterna. Estaba profundamente agradecido a su padre, Andrés, por haberles ofrecido, a él y a su madre, Carmen, la oportunidad de acompañarle en la ruta. Parece que, además, les había prometido que aprovecharían el viaje para pasar unos días visitando el País Vasco.
Ninguna incidencia perturbó la tranquilidad del viaje hasta bien pasado Madrid, ya muy avanzada la madrugada. Habían hecho las paradas de rigor para descansar y repostar: en la Venta del Olivo, antes de salir de la Región; en Las Pedroñeras (Cuenca), hacia medianoche; a la entrada de Madrid, y en la estación de servicio de Los Ángeles, ya cerca de las tres de la mañana. Así se plantaron a los pies del puerto de Somosierra hacia las cinco de la madrugada. Andrés detuvo el vehículo y, acompañado por su mujer y su hijo, penetró en el Mesón Aragón de Cabanillas de la Sierra. Horas después, cuando la Guardia Civil, reconstruyendo la ruta seguida por el camión cisterna, interrogó al camarero Felipe Alhambra, éste recordaría con todo detalle que les había servido unos cafés con leche «y una bayonesa (un dulce de hojaldre y cabello de ángel) para el niño».
Nada en la actitud del matrimonio y el niño hacía pensar que alguna amenaza se cerniera sobre ellos.
Kilómetro 95 de la Nacional 1
A todo tren hacia la muerte
«¡Bajaba a más de 200 kilómetros por hora!». Las declaraciones de los testigos convencieron a los agentes de la Guardia Civil de que el camión había perdido los frenos durante el descenso del puerto de Somosierra. No parecía haber otra razón para explicar la vertiginosa, suicida bajada que Andrés había efectuado al volante del Volvo. Fuera cual fuera la causa, ni el camionero ni la mujer que lo acompañaba iban a poder aportar luz al asunto. Ambos habían fallecido en el acto y sus cuerpos empezaban a estar terriblemente desfigurados por efecto del ácido que brotaba por una gran grieta de la cisterna. Una densa nube de vapor químico envolvía los restos retorcidos del tráiler junto al kilómetro 95 de la antigua N-1, conformando una atmósfera fantasmagórica bajo las primeras luces del amanecer.
Los dos cadáveres no fueron rescatados hasta pasadas las nueve de la mañana, cuando bomberos y efectivos de Protección Civil habían atajado por fin el derrame de 'oleum' y habían logrado impedir que llegara hasta las aguas del cercano cauce del río Duratón, lo que habría causado una catástrofe ecológica.
Ya por la tarde, una vez identificados ambos cuerpos, un guardia civil descolgó el teléfono y se dispuso a cumplir con el amargo trámite de informar a la familia de los fallecidos. Escuchó la voz de María Legaz, le dio la aterradora noticia de la mejor forma que pudo y supo y, entre los gritos y el llanto, le llegó la pregunta que ya nunca olvidaría. El agente, conmocionado, apenas pudo responder: «¿Un niño? ¿A qué niño se refiere? En el camión no iba ningún niño, señora».
¿Disuelto en el ácido?
Un trozo de suela de zapato
En la ecuación 'ácido sulfúrico+niño desaparecido', la solución surge espontánea: 'Corrosión'. Lo cual no quiere decir que sea correcta. De hecho, es errónea. Aunque fueron pocos quienes en los primeros momentos se sustrajeron a la tentación de suponer que el cuerpo de Juan Pedro se había desvanecido por completo en el abrasivo torrente que brotaba de la cisterna, los expertos no tardaron en echar un cubo de agua sobre esa teoría.
Tal y como explicaron, incluso en el caso de que el pequeño se hubiera visto enteramente sumergido en ese ácido, algunas partes de su organismo, como huesos y, sobre todo, dientes, habrían resistido al baño, como también algunos componentes de su ropa. Ni dientes ni huesos fueron hallados, sin embargo, en la cabina ni en las inmediaciones del camión y, salvo un trozo de suela de un zapato de niño, nada más se encontró que siquiera lejanamente remitiera a Juan Pedro.
El rastreo exhaustivo -«matorral por matorral y árbol por árbol», como se contó entonces-, de una enorme extensión de terreno -más de 30 kilómetros de radio en torno al lugar del accidente-, tampoco arrojó pista alguna sobre el paradero del menor. Se había volatilizado. Y, aunque entonces resultara difícil de creer, lo había hecho probablemente para siempre.
Doce paradas sin explicación
Los datos del tacógrafo
Juan García Legaz, tío materno de Juan Pedro, está convencido de que el niño fue secuestrado. No lo dice por decirlo, ni porque sea el único clavo ardiendo al que la familia pueda aferrarse todavía. Este exfuncionario del Ayuntamiento de Torre Pacheco realizó entonces, a lo largo de meses, una concienzuda investigación que haría ruborizarse a muchos profesionales. Recorrió cada kilómetro de la ruta seguida por el camión, habló de nuevo con cada testigo, consiguió en el juzgado una copia del tacógrafo y la amplió diez veces para leer cada incidencia del viaje, por pequeña que fuera...
Fue en ese disco del camión, que registra parámetros como la velocidad, los frenazos, las paradas..., donde él y los investigadores oficiales hallaron los datos más reveladores. Por razones inexplicables, el ascenso del puerto de Somosierra por el camión Volvo se hizo a una velocidad muy reducida (empleó una hora y 23 minutos en cubrir los menos de 50 kilómetros existentes entre el Mesón Aragón y el lugar donde produjo el siniestro) y además realizó doce paradas de muy corta duración a lo largo del ascenso.
«Circulaba a una velocidad muy baja y hacía parones de apenas un par de segundos o tres», desvela. Como si hubiera una retención. Solo que a esas horas, seis de la madrugada, no había atasco alguno. «Solo se explica por la presencia de otro vehículo, que circulaba delante, y que habría ido frenando al camión, obligándolo a detenerse cada poco tiempo».
La última parada, ya coronando el puerto, fue la más larga. Más de veinte segundos. Y, a continuación, Andrés puso el vehículo al máximo de revoluciones y convirtió el descenso en una montaña rusa. Hasta 120 kilómetros por hora; un disparate para un tráiler cargado con 20.000 litros de ácido y que además bajaba un puerto de montaña, repleto de curvas, por una carretera sin desdoblar.
«Iba enloquecido, ciego», sostiene Juan, que está convencido de que en el último parón del camión alguien les arrebató por la fuerza al crío y Andrés, desesperado, salió en su persecución hasta que unos kilómetros más abajo, el camión no fue capaz de trazar la curva, se pasó al carril contrario y, tras rozar con varios vehículos, colisionó de lleno con otro tráiler. Ambos acabaron en la cuneta, reventados. Con el resultado ya conocido.
Una banda de delincuentes
El extraño paquete
Pero, ¿por qué incomprensible razón alguien iba a arrebatarle un niño a sus padres? Juan también cree tener la respuesta. «Esa noche había un control policial al pie de Somosierra. Quizás una banda de delincuentes estaba trasladando algo, un alijo de drogas o algo así, y le pidieron a Andrés que llevara el paquete hasta un destino, a cambio de devolverle al niño cuando el trabajo estuviera hecho».
Una hipótesis que casaría además con la versión de un testigo, que dijo haber visto tras el accidente cómo una Nissan Vanette se aproximaba al lugar y descendían dos personas, que registraron la cabina del camión y se apoderaron de un pequeño bulto. Una teoría, en cualquier caso, que nunca pudo ser confirmada. Y entre presunciones y sospechas, un cuarto de siglo más tarde, de Juan Pedro solo queda el dolor que provoca su recuerdo.
No ha habido uno solo de los más de 9.000 días transcurrido en que María, la anciana abuela, no lo haya visto como aquella tarde cuando, vestido de rojo casi por completo, se acomodó en la cabina junto a sus padres. «De alguna forma -refiere Juan-, la abuela también murió aquel día. Nunca dejó de llorar. Amanece llorando y se duerme llorando».
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