María José González vive en un céntrico piso. Va vestida como cualquiera, no lleva gabardina ni sombrero de ala ancha y tampoco los maletines de piel que tanto aparecen en las películas de cine negro. «Normal», podría pensarse antes de saber que esta mujer guarda en su monedero un carné que la acredita para ejercer de detective privado.
Usa el salón de su casa como despacho, aunque relata que hay veces en las que prefiere reunirse en un bar, un hotel o, incluso alquila una oficina solo para recibir al cliente. «Hay veces en las que no te fías y es preferible», dice, haciendo hincapié en la necesidad de ser extremadamente cautelosa. Dentro de las vitrinas de la estancia tiene una pistola, varias cámaras de vídeo, pelucas y también objetos de uso cotidiano, como un bolso, con el que espía a las personas que investiga. Y aunque los instrumentos que la detective González usa son iguales o incluso más avanzados que los de la gran pantalla, los casos han dado un giro de 180 grados.
Lleva afincada en Cartagena desde hace cuatro años; sin embargo, es mucho más el tiempo que conoce la profesión. «En la última década ha cambiado radicalmente», asegura. «Los casos de infidelidades son más bien pocos y ahora mismo nuestra actividad se centra más en temas empresariales y familiares».
Su empresa, Confirmalia, no es la única que asiste a esta transformación del sector otros detectives como José María, quien pidió mantener en el anonimato su apellido, por razones de seguridad, también lo ven así: «La gente desconoce mucho la labor de un detective privado y siempre nos asocia a cuestiones de cuernos. Si supieran que pasamos más tiempo detrás del empleado mentiroso que de las infidelidades del marido o la mujer, otro gallo cantaría».
No quieren precisar cuántos casos investigan al mes, porque su trabajo «es muy inestable». «Puedes tirarte meses con una investigación y que no te salga nada más y otros en los que ocurre todo lo contrario», apunta María José. Lo cierto es que la mayoría de las veces son los abogados los que recurren a ellos para poder aportar una prueba concluyente en el juicio.
«Las pruebas que aporta un detective privado tienen validez jurídica. Podemos suministrar las mismas pruebas que otra persona y el juez siempre desestimará las de esa persona pero las nuestras, nunca», afirma sonriente.
Cuando el investigado lo sabe
El papeleo se amontona poco a poco en la mesa del despacho de la detective González, sobre todo desde que empezó a notarse la crisis económica. «Hay muchas empresas que aprovechan para hacer quiebras fraudulentas y ahora con esto de la crisis la gente se lo cree. Recientemente, hemos tenido un caso de estos en los que el empresario se declaró en quiebra y mientras dejó de pagar las facturas de esa empresa, había montado otra diferente y se estaba beneficiando de las subvenciones que se dan por contratar tantos empleados», explica.
El móvil de María José está encendido las 24 horas del día. Sin ir más lejos, hace unas horas ha regresado de Almería. Aunque con ella colaboren seis detectives más, hay veces en las que uno necesita apoyo, como en ese caso. «Estábamos vigilando a un tipo, también por un tema empresarial, y de repente se nos iba con el coche y mi compañero necesitaba a alguien que le ayudara. Así que me llamó y aquí estoy de nuevo. Eso de que los detectives no tenemos vida social es muy cierto», aclara visiblemente cansada.
Normalmente suelen desplazarse por parejas. «Cuatro ojos ven más que dos y también lo solemos hacer por razones de seguridad», dice. Aunque intentan mantenerse alejados de los conflictos, no siempre es fácil, sobre todo si el cliente desvela al investigado que ha pagado a un detective para que le vigile.
A María José esto le sucedió hace un par de años. Era un tema de infidelidad de pareja. «Suelen ser los que más nos gustan porque ¡te enteras de cada cosa!: que si por la mañana está con una y por la noche con otra, que si... Además, te alojas en hoteles y comes en buenos restaurantes. Lo pasas bien», cuenta.
No fue así en el caso del que habla. El cliente sabía que su mujer estaba con un narcotraficante y acudió a Confirmalia para que consiguieran pruebas de que este hombre traficaba cocaína y pudieran, así, encarcelarle. En una de las riñas que tuvo con su mujer le confesó que la estaban investigando. «Nosotros no sabíamos nada de esto y empezamos a darnos cuenta de que el comportamiento del narco y de la mujer había cambiado bastante. Una noche que se hizo tarde e íbamos a dar por concluida la jornada. Le dije a mi compañero que se fuera, que yo ya me iba a ir a casa. Se fue y en ese momento el tipo me hizo una encerrona con el coche. Menos mal que supe salir de ésa. No nos gusta meternos en problemas, pero conozco compañeros a los que sí que les han pegado una paliza», asegura con rotundidad la detective González.
Defensa personal
Por si algún día la situación se pone más fea de lo normal, los profesionales del espionaje saben defenderse. González coge las llaves de su casa y el móvil y hace una demostración de dónde debería golpear, en cada caso, para que su contrincante vea las estrellas. Será raro verla investigando un caso en Cartagena. «Aquí todo el mundo se conoce; yo prefiero aceptar investigaciones que sean en Cieza, Jumilla o Lorca. Mejor si no me conocen la cara».