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Amante y madre

05.08.11 - 00:49 -
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Lo dice el refrán: la mujer ha de ser una puta en la cama y una señora en la calle. Lo de puta queda feo en los escritos. Es una palabra contundente, como un puñetazo, pero las señoras tenemos, entre otras, la obligación de serlo cuando corresponde. Cantaba Shakatak aquello de 'I'm every woman'. Las mujeres somos amantes, esposas, brujas, hadas, princesas, cenicientas y con la crisis ni te cuento. Pero esta reivindicación se centra en las sábanas y en la interesante tesis de Elisabeth Badinter y su libro 'Le conflict. La femme et la mère'. Porque cuando las mujeres somos madres parece que ya no podemos ser otra cosa. Una vez paridas, desaparecemos para algunos hombres.Unos amigos algo golfos decían que no hacían el amor con las madres de sus hijos porque eso era cometer incesto.
Y aquí llega Badinter y nos dice que el instinto maternal es una construcción social, histórica y culturalmente determinada. El bebé, lejos de ser un regalo del cielo, se alía con el patriarcado para oprimir a la mujer aún más si cabe. Esto queda muy mal decirlo en voz alta, como la palabra puta. Pero, a veces, hay que decirlo, como se deduce del buen libro de Lola López Mondéjar, 'Mi amor desgraciado'.
Las mujeres queremos ser madres pero si para eso hemos de renunciar a todo, hasta la dicha de tener un sexo satisfactorio con nuestro maromo -ese sexo prohibitivo, sucio, deshinbido y alegre- a lo mejor ya no nos interesa. Yo adoro ser madre. Adoraba darle teta a mi hijo, cuidarle y hoy, en un arrebato de egoísmo, adoro sentirme imprescindible para él. Pero los efectos colaterales que a mi vida trajo la maternidad los detesto. Por no hablar de las fiestas de cumpleaños en los establecimientos de bolitas.
A Badinter no le extraña la caída en picado de la maternidad en los países desarrollados, aunque en Francia no es tan acusada como aquí, porque, a diferencia de nosotras, las francesas madres mantienen sus lazos sociales, su trabajo y su vida erótica, porque su cultura lo ha preservado así desde siglos atrás. Nosotros, al parecer, todavía vivimos en la casa de Bernarda Alba.
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