Cuando doña Fuensanta Monerri escuchó a la puerta de su casa las palabras que su hijo le susurraba al oído mientras fingía que le daba un beso, no dudó ni un instante en santiguarse y caer de rodillas ante el vehículo, aferrada a la manecilla de la puerta. La ocasión, en realidad, no era para menos. En el maletero, envuelta en un colchón, estaba la Virgen de la Fuensanta, Patrona de Murcia.
Esta es una de las anécdotas que jalonaron el plan improvisado por cuatro murcianos para salvar tan valiosa talla en 1936. Y lo que muchos no saben es que consistió en una de las mayores conjuras de todos los tiempos, que incluso convirtió en cómplices a partidos políticos enfrentados en una guerra fratricida.
En el verano de 1936, ya iniciada la Guerra Civil, grupos de descontrolados quemaron la parroquia de La Alberca, el convento de Santa Catalina y el Eremitorio de La Luz. La imagen de la Fuensanta fue retirada de su camerín y escondida en la llamada Casa de los Canónigos, un piso ubicado en el edificio contiguo al santuario. Pero allí tampoco estaba segura. Entretanto, los rumores sobre la profanación del templo cundían por la ciudad.
Fernando Monerri, cabo de andas de la Morenica, junto a su primo, Antonio Córcoles, decidieron actuar. Había que esconder la talla. El plan parecía simple: la imagen sería escondida en un colchón, que más tarde recogería Fernando, quien alquiló un vehículo para tal menester. El día elegido fue el 2 de agosto de 1936, un domingo, festividad de Nuestra Señora de los Ángeles.
Fernando Monerri, en su trayecto hacia el monte, no despertó sospechas. Al chófer le aseguró que iban a recoger unos muebles viejos, tal y como recordó más tarde en una entrevista concedida al diario Línea el día 15 de marzo de 1962. Conteniendo la respiración, casi sin mediar palabra entre ellos, recorrieron el mismo trayecto que en tantas romerías habían realizado junto a la Fuensanta, hasta llegar al santuario. La primera parte del plan se había cumplido con éxito.
En el santuario, con la ayuda de Eugenio Úbeda y Pedro Sánchez, otros dos romeros, envolvieron la talla en un colchón. En contra de lo que muchos creen, la imagen de la Patrona es una talla completa, de tamaño natural, y no una cabeza y unas manos colocadas en un trípode de madera. Junto a ella, el Niño, la corona y las joyas también fueron embaladas. Luego se dieron un abrazo. Y entonces surgió un problema.
Nadie reparó en calcular que las dimensiones del colchón que contenía la imagen impedían su traslado en aquel vehículo. Llegaron a plantearse serrar la pieza, como también reveló Monerri varios años más tarde. Pero Fernando no se arredró y regresó a Murcia para encontrar un coche más espacioso y seguro, características que solo reunía un vehículo en la ciudad: el del alcalde, Fernando Piñuela. Por suerte, era su cuñado.
A Piñuela lo recuerda la historia como el alcalde que evitó la destrucción de una parte del patrimonio cultural de la ciudad. Apenas comenzó la Guerra creó la Junta de Protección del Patrimonio Artístico, con sede en la Catedral, dedicada a proteger, entre otras valiosas piezas, numerosas esculturas de Francisco Salzillo. Fernando Piñuela fue elegido alcalde como candidato del Frente Popular en 1936. Miembro del Partido Socialista Obrero Español, fue injustamente fusilado al acabar la contienda, a pesar de que numerosas personalidades murcianas, incluido el propio obispo de Cartagena, Miguel de los Santos, suplicaron al Gobierno que lo indultara.
En el coche oficial del alcalde, Fernando regresó a la Fuensanta. A Piñuela le aseguró que necesitaba el vehículo «para traerme unos bultos y unos muebles del monte», donde veraneaba en los bajos de la Casa de los Canónigos. Con la carga en el maletero, comenzó el peligroso retorno a la ciudad.
El vehículo se dirigió por el camino de Algezares hacia Santa Catalina, donde fue detenido por un control de milicianos quienes, sin preguntas y sin registros, lo obligaron a dar la vuelta. Entonces lo intentaron por El Palmar. Allí, ante un nuevo control, Monerri explicó que solo transportaba «cosas sin valor» y se arriesgó a añadir que su cuñado, el alcalde, estaba esperándolo en Murcia. La respuesta del miliciano le supo a gloria: «¡Podía haber dicho antes que era cuñado del alcalde y que éste es su coche!». El trayecto desde el santuario duró alrededor de tres horas.
Ya en Murcia, la talla fue escondida, envuelta en un abrigo, en un armario empotrado de la casa de Monerri, ubicada en la Plaza de Fontes. Fernando trasladó entonces el Niño a la calle Trapería, a la casa de su madre, a quien le advirtió: «Tengo a la Virgen en mi casa. O se salva ella o nos morimos todos». Las joyas, en cambio, fueron custodiadas en la Catedral.
Durante la Guerra pocas personas conocieron el secreto. El alcalde Piñuela lo supo apenas unos días después del traslado y felicitó a Fernando por su osadía. Pero eso no evitó, porque todos en Murcia conocían la vinculación de la familia con la Fuensanta, que en la casa se realizaran hasta siete registros. En el último de ellos, alguien preguntó qué contenía el armario. A Fernando le dio un vuelco el alma. Desde aquellos días padecería del corazón. «Solo cosas viejas de mi peluquería», respondió. Muchos años después aún le temblaba la voz cuando recordaba cómo ofreció la llave para que lo abriera. Y, de nuevo, casi un milagro. «Nos basta con su palabra», le respondió el miliciano.
El 29 de marzo de 1939 Murcia se despierta con dos noticias que hicieron retemblar la ciudad. La primera, que la Guerra había concluido. Y la segunda, que en la casa de los Monerri, desde hacía 35 meses, se escondía la Fuensanta. La afluencia de fieles obligó a mostrar a la Patrona desde el balcón de la vivienda y ser trasladada más tarde hasta el Gobierno Civil. La ciudad fue ocupada por las tropas nacionales dos días después.
La gesta de Fernando fue premiada con el nombramiento de cabo de andas a perpetuidad, dignidad hereditaria que más tarde asumió su hermano, Joaquín, y luego su sobrino Joaquín Vidal Monerri, actual cabo de andas, a quien acompaña el que será su sucesor, según el decreto episcopal, Joaquín Vidal Coy.
Esta es la historia inédita de un secreto que, durante casi tres años, unió a murcianos enfrentados en el campo de batalla. Bien podría considerarse un milagro.