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Medianoche en París

22.05.11 - 01:08 -
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Lo dice Woody Allen y por algo será: «Hay que trabajar ocho horas y dormir ocho horas, pero no las mismas». Espero que hayan dormido ustedes bien y también que les guste este tipo genial, porque acaba de estrenarse entre nosotros su última película, 'Medianoche en París', una delicia sin pretensiones de obra maestra que te deja el cuerpo relajado y listo para fiestas, listo para volver a creer en ti mismo y para volver a ilusionarte con la vida, y por supuesto que también rematadamente listo para viajar a París en cuanto te caiga un puto euro del cielo, y que cuando finaliza te expande en la boca un excitante gusto a champán, en la piel unas cuantas gotas de lluvia y madreselva, y en tu cabeza hirviendo un deseo firme de no dejarte caer en el pozo sin fondo de la nostalgia ni de perder energías lamentándote pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.
En este canto sin sirenas a las posibilidades que siempre tenemos de reorientar nuestra propia vida, en este canto nada bobo al amor, a la felicidad y a los sueños por cumplir que nos esperan, en esta película rebosante de fino humor y belleza por todos lados que Woody Allen nos regala, y que yo no les voy a contar ahora para no desmontar los secretos que encierra, una de las cosas que quedan más claras es que una inolvidable Marion Cotillard, en su papel de Adriana, amante de ¡Pablo Picasso!, se come, hasta dejarla todavía más en los huesos mondos, a la mismísima primera dama de Francia, Carla Bruni, ahora embarazada y todo, quien interpreta a una guía turística que, la verdad, no te importaría en absoluto que te invitara de su bolsillo a cenar a solas en Maxim's, o incluso en sus habitaciones privadas de palacio, sin el bajito 'monsieur le Président' merodeando por allí.
Sale apenas nada Carla Bruni en 'Medianoche en París' y, da lo mismo, porque de su presencia en ella es de lo que más se ha hablado. Y el caso es que sale apenas nada pero no queda nada mal ahí puesta, porque: a) no lleva la guitarra a cuestas, ni canta; y b) ha dejado de poner esa cara de tonta laica, esa cara de lomo de mojama, esa cara de cabaretera arrepentida todo el rato de haber sido cabaretera, esos ojitos de cordera o de gacela degollada que solía poner cada vez que la miraba su hombre, Sarkozy, ese 'petit homme' que la sedujo a lomos de su caballo galo, y cuya contundencia y cara de boxeador conquistó el voto de los franceses, que lo colocaron en lo alto del mando de la República, donde sigue haciendo sus pinitos.
Le ha sacado republicano y comercial buen partido a Carla Bruni el astuto Woody Allen, ese genio chotado perdido, ese cineasta ejemplar, ese escritor incisivo y brillante, ese conocedor de la torpe y conmovedora especie humana, la que anda dale que te pego todo el día jodida y al sol, porque quieres que llueva y te achicharra el sol, porque quieres sol y te ahogas en un charco, porque llega un día en el que crees que ya nunca más levantarás cabeza. Pero sí, claro que la levantas. Y llega un día en el que, como le pasa al personaje que interpreta Owen Wilson en la película, te sientes con fuerzas para tomar las riendas de tu destino y ponerte la Torre Eiffell por sombrero tirolés, y hay que ver lo a gusto que entonces respiras a pleno pulmón; aunque también es cierto, ay, que a él se le acaba el amor con una rubia americana y le aparece otra rubia francesa, y así cualquiera se repone de una desilusión y del susto.
En 'Medianoche en París' hay personajes apasionados, listos, enamoradizos, anhelantes, quebradizos, absolutamente geniales -el mismísimo Dalí incluido- dispuestos a pecho surrealista descubierto a saborear penas y alegrías con una intensidad de pisada de rinoceronte. Te pone las pilas y te oxigena un rato. Woody Allen te ayuda a reirte de ti mismo, a desdramatizar el drama, a ver cinematográficamente claro que somos plurales, que somos un tesoro y que somos una bala perdida. Y viendo su última obra, que rinde homenaje a escritores amados como Scott Fitzgerald y el resto de sus colegas de la Generación Perdida norteamericana, y con la que entran hambre y sed y ganas de bailar y de viajar y de celebrar la existencia de los amigos, los libros, el arte, la música y, por supuesto, el cine, le das la razón a Calderón, porque toda la vida es sueño y los sueños, sueños son, pero también te apetece contribuir a mejorar la realidad. ¿Y por dónde empezar? Pues, por ejemplo, hoy, votando, que ya llegará el día de pasear descalzos junto al Sena, o de tomarse un mojito de esos de infarto que preparan con hielo troceado con una maza en el Harry's París-New York de París. Y entonces nos dará igual que Carla Bruni no sea nuestra guía por sus museos y jardines, incluso que no nos cante ningún tema de su último disco 'Comme si de rien n'était' ('Como si nada'), en el que se incluye 'La possibilité d'une île' ('La posibilidad de una isla'), cuya letra es un poema de Michel Houellebecq, a quien su propia y nada querídisima madre llamó «pequeño gilipollas» y «parásito», ¡madre de Dios!, porque nos vendrá a la memoria la música de Cole Porter, a quien también se rinde tributo en esta medianoche lluviosa en la que nos descubrimos a nosotros mismos algo más optimistas y esperanzados.
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