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La prevista imprevisión japonesa

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La prevista imprevisión japonesa

17.04.11 - 02:04 -
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El comportamiento japonés es el más fácil de predecir de todas las culturas», escribe el japonólogo G. H. Lambert. Con un molde y frase hecha para cada situación, está mal visto destacar rompiendo esquemas. Refranes tradicionales lo inculcan. «Al clavo que sobresale lo machacan». «No te enfrentes al viento, o te quebrarás». «Déjate doblar por él como un junco, déjate arrollar por el que manda».
Con largos preparativos se calculan y consultan los detalles de unos olímpicos maravillando al mundo por su perfeccionismo. Pero, ¿qué hacer ante lo imprevisto, talón de Aquiles para Japón? Ni la burocracia del Gobierno ni la organización de las grandes empresas dan de sí para controlar situaciones de gabinete de crisis.
En Japón son habituales las simulaciones en previsión de emergencias. Los bomberos practican con la vecindad del barrio o ensayan evacuaciones en los colegios. El Ayuntamiento nos regala «bolsas de urgencia», incluído un silbato para pedir ayuda si uno queda sepultado bajo escombros. ¿Modelo de previsión? Sí, menos cuando ocurre lo imprevisto. La palabra repetida en noticieros este mes: «¡imprevisible!» En japonés, «sotei-gai»; es decir, fuera de toda expectativa, insospechable, nos atacó por sorpresa.
Pero podía y debería estar previsto. El 15 de junio de 1896, un tsunami alcanzó 38 metros de altura (en Fukushima fueron 34) y se cobró, en el mismo lugar, veinte mil vidas. Cinco veces en el siglo pasado descargó el maremoto contra esas costas. Pero el dique de la central nuclear era de siete metros solamente y las instalaciones refrigeradoras estaban a poca altura.
Un cuento popular, que aprendimos en la escuela de japonés, refleja el miedo ancestral al tsunami. El campesino Inamura salva a su pueblo: ve desde el monte la amenaza de las olas, prende fuego a su cabaña para llamar la atención, la aldea entera se apresura a subir para apagar el incendio y así se libran de la inundación.
Más de setenta años tiene el sistema japonés de alerta de seísmos. Un minuto tras cada réplica del temblor, lo anuncian automáticamente las emisoras, informando del epicentro y orientando las huidas. El terremoto de Chile en 1960 repercutió en toda la costa este nipónica. En 1993, un tsunami de once metros desbordó un dique de cinco. Pero, inexplicable y paradójicamente, Japón tiene una serie de instalaciones nucleares en la costa y no había hecho las revisiones necesarias, a pesar de que los mismos diseñadores del reactor de Fukushima denunciaron su vulnerabilidad en caso de accidente.
¿Será que lo único aprendido del pasado es la incapacidad para aprender del pasado? ¿Será incapacidad para imaginar y prever el futuro? ¿O será que pesan más los intereses de ganancia que la preocupación por las vidas humanas? Las víctimas de pueblos de pescadores arrolladas por el tsunami se opusieron en su día a la construcción de los reactores, pero su voz clamó en desierto.
La tragedia de Fukushima ha puesto de manifiesto lo mejor y lo peor de Japón: lo mejor del sentido comunitario, de ayuda mutua y solidaridad de su pueblo; y lo peor de su servilismo sumiso, incapaz de protestar contra los poderes fácticos político-empresariales que lo manipulan.
«Nos falta imaginación para prevenir e iniciativa para criticar», se lamentaba en una entrevista al periódico Mainichi el pasado cinco de abril, el historiador Hosaka. «Las ruedas de prensa de la cúpula de la empresa eléctrica Tepco y del portavoz del Gobierno me recuerdan tristemente los partes de guerra triunfalistas del militarismo japonés hasta unos días antes de la derrota del 45», dice este especialista del siglo veinte nipón.
Gregory Clark, economista, pensador, asesor del gobierno y residente largo tiempo en Japón, comentaba en su columna del 'Japan Times': «En reuniones interminables sobre la necesidad de energía nuclear, el funcionariado de gobierno y empresas trataba de persuadirnos sobre su seguridad... Cuestionarla poniendo objeciones se interpretaba como falta de lealtad a la empresa o falta de confianza en quienes mandan... Incluso ahora, tras la desgracia de Fukushima, los portavoces oficiales de la corporación y el gobierno parecen insensibles al desastre provocado por su imprevisión...».
¿Qué ha movido ese esfuerzo titánico, primero por enfriar, luego por controlar y finalmente por conservar los reactores de Fukushima? ¿Es para salvar vidas o para salvar al reactor, garante de energía para mantener el nivel de vida de una parte del país no afectada por la catástrofe? Pregunta fuerte que hace temblar más que un seísmo de magnitud nueve. Se puede prever que los dirigentes políticos y empresariales seguirán vendando los ojos de la opinión pública, y continuará difundiéndose el mito de la energía nuclear limpia y segura, mientras en la sociedad anestesiada las futuras víctimas disfrutan de las comodidades y el derroche del consumo de energía. Como quien vive sentado sobre el cráter de un volcán sin prever la erupción imprevista.
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