¿Qué pasa en 'Metro'? ¿Con qué se encontrará el público que acuda a ver este montaje de la obra de Rafael González y Francisco Sanguino? La historia, contada en 65 minutos de vivo teatro, promete. Sitúense. Estamos en una estación... de Metro. En ella, una mujer observa la espalda del último vagón. Está sentada bajo el anuncio de una película. Echa un vistazo a cuanto le rodea, fija la mirada en la boca del andén. ¿Qué ve? Un hombre (35 años, bien vestido, con portafolios en una mano, diario en la otra) llega apresurado, se detiene justo antes de caer al foso de las vías. Se da cuenta de que, si no se hubiera enganchado en la maldita barra, ahora estaría de viaje. Mira hacia un lado y otro del túnel sosteniendo la rabia entre los dedos. Es tarde, y acaba de perder algo más que un metro. Ella no lo ha tomado, está sentada, tranquila. Ambos están solos en el andén y comienza a tejerse entre ellos una relación donde se puede distinguir entre la verdad y la invención, hasta que ambos, finalmente, se dan cuenta de que poco importa.
Estamos en el Metro. En este frío espacio subterráneo, el metro de la gran ciudad, comienza y se desarrolla la relación entre dos personas, un hombre y una mujer, prácticamente opuestas. Mediante un continuo debate dialéctico lleno de música, y humor, van descubriendo sus miedos, sus debilidades y sus secretos. El público -¿ustedes?- como si se tratara de otros anónimos pasajeros, se convierte en los testigos casuales que no les permiten mostrarse tal como son y los lleva a poner en duda todo lo que ocurre entre ellos. Ronda el peligro, la pérdida y el miedo al vacío.
Lo dicen los autores de esta obra: «'Metro' es el reflejo de nuestros avances y también nuestras carencias». Una obra para escuchar. Una obra que no debe dejar indiferente. Javier González Soler, que ha dirigido en esta función, la última puesta en pie por su productora, Distrito Teatro, a Beatriz Maciá y Miguel Ángel Cárceles, ha elegido estas notas para el programa de mano: «Hay lugares en los que irremediablemente uno sospecha que le ocurrirá algo difícil de colocar al lado de lo cotidiano. El andén del metro, Montparnasse. Uno no sabe si conoce a la mujer sentada a pocos metros, ésa que habla a alguien de una ciudad remota, o si es un mensaje encolado. No sabe si está en el lado de acá o en el de allá, o en ambos, y si el tren es una pitón fenomenal que le invita a marcharse en lugar de regresar. En Montparnasse uno puede serpentear entre las tumbas, o esperar sentado mientras saca esos mensajes escritos, dejados en la tumba de algún escritor, y los va abriendo como 'matrioshkas', uno tras otro&hellip Y entonces parece oír una voz que le acaricia la nuca, el lugar más desprotegido de su cuerpo, y tiene esa sensación de que todo empieza o acaba de una vez».
Del saxo que suena durante la función es responsable Miguel Sáez. ¡Súbanse!