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Sobre la juventud actual

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Sobre la juventud actual

27.02.11 - 01:17 -
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El martes pasado, en un programa de televisión, el sociólogo Gonzalo González explicó una reciente encuesta realizada en España sobre la juventud actual. Todo lo que dijo era muy interesante y merecería una amplia reflexión por parte de nuestros políticos, incluso un debate generalizado en toda la sociedad, al tratarse de un asunto de tanta trascendencia. Nos detendremos, sin embargo, en dos cuestiones que, en mi opinión, son especialmente preocupantes.
Según la encuesta, los jóvenes actuales han asumido, como una certeza inevitable, que ellos van a vivir peor que sus padres. Y parece que se resignan ante esta perspectiva, como si fuese algo que, por mucha rebeldía que empleasen, ellos no pudieran cambiar.
Sin duda, los jóvenes tienen razones para el pesimismo. Son conscientes de que vivimos en una sociedad globalizada, en la que la solución de sus problemas más inmediatos depende de ámbitos de decisión situados fuera de nuestras fronteras y que, por eso, no son controlables democráticamente por las instituciones del Estado. Al mismo tiempo, ya conocen las dificultades de acceder a un puesto de trabajo que les pudiera proporcionar los ingresos necesarios para independizarse de sus padres y crear su propia familia. Y consideran un obstáculo poco menos que insalvable los precios de las viviendas. No puede infundirles precisamente entusiasmo la idea de necesitar un préstamo hipotecario y vincularse a un banco o caja de ahorros durante treinta y cinco años, prácticamente toda su vida laboral, de modo que vendrán a terminar de pagar su hipoteca casi al mismo tiempo que se jubilan. En un mundo global, cambiante e incontrolado, en una sociedad que no ofrece oportunidades suficientes para que se acceda al primer puesto de trabajo, con imposibilidad económica de comprar su propia vivienda, es lógico que la juventud española no sea muy optimista sobre su futuro y que esté convencida de que su vida será peor que la de sus padres.
Desde luego, la obligación que tenemos los mayores es la de mejorar esta situación. Tendríamos que seguir esforzándonos por salir de la crisis, y debemos exigir a nuestros políticos que consensúen una política educativa que forme a nuestros jóvenes y adapte su preparación a las demandas de la sociedad. Hay que invertir más y mejor en educación. Y tenemos que convencernos de que en el futuro, en ese futuro que van a protagonizar nuestros jóvenes actuales, en todos los países avanzados el cerebro será el factor de producción más importante. Y España no puede perder, otra vez, el tren del futuro. Si somos capaces de adaptar nuestro sistema educativo a las necesidades de nuestro sistema productivo, a medio plazo lograremos reducir el paro juvenil. Entonces nuestros jóvenes actuales encontrarán empleo, y ellos solos sabrán independizarse de sus padres, crear su propia familia y solucionar el problema de la vivienda. Aunque no vendría mal mejorar y ampliar la oferta pública de viviendas de alquiler.
De todas formas, mientras superamos la crisis, mientras desarrollamos una política educativa consensuada y sostenible, a modo de paliativo del pesimismo de los jóvenes que manifiesta la encuesta, podríamos también esforzarnos en comunicarles que algunos que no somos jóvenes estamos convencidos de que cualquier tiempo pasado no fue mejor, y que ahora se vive en España muchísimo mejor que hace cuarenta años. Durante este tiempo hemos logrado consolidar una democracia. España es un Estado de Derecho. Y es un país libre, plural, tolerante, abierto al mundo e integrado en Europa. Todo esto son ventajas de las que puede partir la juventud actual y que nosotros, los viejos, en nuestra juventud no tuvimos.
Creo yo, por tanto, que deberíamos expresarles a los jóvenes que comprendemos su pesimismo y que tenemos que seguir esforzándonos para facilitarles la solución de sus problemas. Pero que también hay motivos para el optimismo. Porque este tiempo, en general, es mejor que el pasado. Quizás, para llegar a sus conclusiones, los jóvenes no deberían comparar sus expectativas actuales con el nivel de vida actual de sus padres. La comparación correcta tendría que ser con las expectativas con que contaban sus padres a su edad. Si lo hacen así, su pesimismo se atenuará.
El otro dato preocupante de la encuesta es la desafección de la juventud por lo público, por lo colectivo. Parece como si sus vínculos de cohesión social quedasen limitados a su familia y a sus amigos cercanos, siéndole completamente indiferentes la política y todo lo que implica integración o participación en otros ámbitos de sociabilidad. El problema, desde luego, es grave. Los mayores deberíamos preguntarnos qué es lo que hemos hecho mal, por qué no hemos sido capaces de ofrecer a la juventud unos ideales verdaderamente humanos, de altruismo y solidaridad. Deberíamos pedir a nuestros políticos que abandonasen la obsesión electoralista y que recuperasen en sus discursos el sentido ético del poder, como energía social encaminada al bien común. Y el concepto más profundo de nación, como grupo social fuertemente cohesionado por vínculos históricos, culturales y de interdependencia, derivados de un pasado común, de un presente de necesaria solidaridad, y sobre cuyos cimientos cabe trazar un proyecto ilusionado para un futuro compartido. Deberíamos empezar a valorar el altruismo y el sacrificio personal que la política supone para muchos que la ejercen. Y deberíamos reprochar socialmente a los frescos, a los que han hecho de la política un medio de vida, a los corruptos, a los aprovechados, a los jugadores de ventaja. Porque es todo esto lo que la juventud ve, y lo que la hace desentenderse de la política. En fin, y en todo caso, esto no es un problema exclusivo de la juventud. Muchos españoles de otras edades padecemos el mismo estado de ánimo. Y sólo empezaremos a superarlo cuando la política recupere prestigio social, cuando los españoles dejemos de considerar que la política en sí misma es un problema y vayamos admitiendo que necesariamente tiene que ser el instrumento para solucionar los problemas de nuestra sociedad. Tendrán que cambiar muchas cosas. Pero, ni la juventud ni los que no somos jóvenes deberíamos admitir de antemano que no hay razones para la esperanza.
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