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Fidel vera: el hombre que torció su destino

REGIÓN MURCIA

Fidel vera: el hombre que torció su destino

20.02.11 - 01:12 -
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Fidel Vera. | EDU BOTELLA/AGM
Hubo un tiempo, ahora lejano, en que Fidel vivía tan rápido que acabó estrellado. De aquella época, en que apenas era un adolescente con ganas de demostrar que tenía tantos cojones como el que más, le quedan unos nítidos recuerdos y media docena de tatuajes carcelarios, trazados con tres agujas, 'a palillo', por la torpe mano de un hombre ya largo tiempo muerto: el inevitable 'amor de madre' y el rostro de una mujer apache en el antebrazo derecho; en el izquierdo, su número de la suerte, el 68, y dos letras, RN, que simbolizan el rojo y el negro, sus colores preferidos, y en el pecho, un Cristo infantil sobre una nube y dos ángeles en torno a una corona en cuya esfera debían de haber sido escritos, con tinta de boli, unos versos en recuerdo de su hermano, muerto a los 26 años en un accidente cuyas causas prefiere olvidar. Los mismos versos que decoran la lápida de su tumba: 'Madre, no es honra haber estado en un penal...'.
Nada, al margen de sus propios recuerdos, de sus siempre ocultos tatuajes y quizás de ese puñado de amarillentos recortes de periódico que aún conserva en algún cajón, permiten ya adivinar aquellas «cosas», como las llama Fidel Vera, en que se vio envuelto hace treinta años, cuando en compañía de un grupo de maleantes recorría la Región a bordo de un Seat 132 Sport robado y con una escopeta de cañones recortados sobre las rodillas.
«Eran malas amistades»
«Son cosas que se hacen cuando uno es muy joven y muy poco reflexivo. Fueron robos con intimidación, allá por 1982, cuando tenía 17 años. Me junté con otra gente, con amistades malas...». Aquel jueves de septiembre de 1982 pegaron dos palos en Archena: en una mercería de la calle Enrique Salas, donde se apoderaron de 6.000 cochinas pesetas después de ponerle la 'chata' en la cara a la propietaria, y en un almacén de piensos, de cuya caja se llevaron 20.000 pesetas, además de otras 50 pesetas que un cliente llevaba en la cartera.
Botín más que suficiente para correrse una buena juerga, a la que pusieron fin en un puticlub de Puente Tocinos. El asunto pintaba bien: tenían tres coches robados (un Seat 132, un Seat 127 y un Peugeot 505 automático), tenían una escopeta con los cañones serrados y tenían un par de huevos. Nada más necesitaban para llevar una vida de aventuras y fiestas; nada, salvo quizás un poco de fortuna.
«Nos cogieron poco después, al cabo de unos días, por una pedanía de Murcia (fue en Santa Cruz), mientras rondábamos una caja de ahorros. Habíamos pensado atracarla, cuando de repente nos cayeron encima quince coches de la Guardia Civil, por lo menos. Se montó una buena aquella mañana», sonríe ahora, torciendo la cabeza.
Admite que aquel día habría sido él quien, una vez más, tendría que haber empuñado la escopeta. A fin de cuentas, era el más joven y, por lo tanto, quien más necesidad tenía de exhibir el tamaño de sus pelotas.
Pasó ocho meses entre rejas, en una cárcel, la de Sangonera, y en un módulo, el de menores preventivos, que eran una olla a presión, siempre a punto de reventar. De su paso por prisión sacó una sola conclusión, aunque muy firme: no era un lugar al que deseara volver.
Cuando recuperó la libertad y regresó a Molina de Segura dio la espalda a las «malas amistades», buscó un trabajo y se juntó con una buena mujer, María del Carmen, quien, con un hijo de tres años, José Francisco, fruto de una relación anterior, debió de ver algo en aquel chaval de cuerpo fibroso y mirada melancólica como para arriesgarse a unir a él su destino. Fue la primera persona que confió en Fidel, al margen de su propia familia. La primera que acertó.
La vida le pasa la factura
Habían transcurrido ocho años, ocho años felices que le habían dado para lograr un trabajo estable en Golosinas Vidal, para levantar un hogar y hasta para tener un hijo, a quien le puso el nombre de Ricardo. Hasta que una mañana la vida llamó a su puerta y le mostró una factura pendiente de pago: una condena de 18 años y medio de cárcel, a la que habría de sumarse poco después otra pena de cuatro años y medio. Si el universo se hubiera desplomado en ese instante sobre su cabeza no se habría sentido más machacado ni más hundido. Creía haber logrado torcer el rumbo, pero todo parecía desmoronarse por segundos.
Se vio obligado a despedirse de su nueva existencia para retornar a prisión. ¿Es que era imposible escapar a ese destino? ¿Es que llevaba escrito en su piel que no otra cosa podría ser que un delincuente? Ocurrió entonces, cuando todo parecía perdido: el mundo se puso de su lado.
«Yo tenía la fuerza que me daban mi mujer y mi hijo, que apenas tenía tres meses de vida, y el apoyo de mis padres, que siempre confiaron en mí», explica. Pero con lo que no contaba era con la movilización de sus compañeros de trabajo y de los propios dueños de la empresa, con el aliento unánime de sus vecinos, con el apoyo de los medios de comunicación, que no tardaron en apercibirse de que en Fidel Vera había una gran historia que contar.
Por si acaso faltaba una pieza que sirviera para poner en marcha ese improvisado engranaje, un entonces muy joven y modesto abogado, José Luis Mazón, asumió la causa del chico de Molina de Segura con el mismo ímpetu que si estuviera en juego su propia libertad. «Ya apuntaba maneras en aquella época», ríe Fidel Vera al recordar a aquel letrado apasionado. «Siempre fue un defensor de las causas perdidas. Y sigue siéndolo. Para mí se convirtió en un segundo padre, por tanto tiempo como pasamos juntos, por las muchas noches que compartimos...».
El indulto estaba en marcha
Llamando puerta por puerta, dando más patadas por las calles que un medio centro holandés en la final de un Mundial, Mazón logró enviar al Ministerio de Justicia una petición de indulto con 17 informes favorables: de sus compañeros y jefes en Golosinas Vidal, de la asociación de vecinos, del párroco del barrio, de la delegada del Gobierno Concepción Sáenz, de las fuerzas de seguridad, del Ayuntamiento de Molina de Segura... y hasta de sus propias víctimas, que no dudaron en otorgarle el perdón por escrito.
Aunque en un primer momento fue rechazado, aduciendo «motivos formales» no demasiado bien explicados, la creciente presión social obligó al Gobierno de la Nación a reconsiderar su decisión y, aunque era preceptivo que transcurriera un año hasta poder tramitar de nuevo la petición, en un mes la resolución estaba firmada y cursada.
Sus primeras horas en libertad las dedicó a reparar, en lo posible, el daño causado tantos años antes, y en reconciliarse de nuevo con la vida y con los hombres. Pidió dinero prestado a su padre y comenzó a recorrer los lugares por los que un día pasó arma en ristre. Una sonrisa, un manojillo de billetes verdes y un apretón de manos ponían el punto final a un capítulo de su vida que nunca debió abrir.
Un hombre de palabra
Dos décadas más tarde, un periodista ha recordado la historia. Y algunas preguntas, sembradas de inquietud, le han venido a la mente: ¿Qué habrá sido de Fidel Vera? ¿Habrá respondido a la confianza que un día la sociedad depositó en su persona, o la habrá traicionado?
Hace unas gestiones, consigue un teléfono, concierta con extremada facilidad una cita y se encuentra ante el mismo hombre, ante la misma sonrisa tímida y ante la misma mirada melancólica que recordaba. «Si a alguien lo tratan como a un delincuente, acaba siendo un delincuente. Si le dicen que es bueno, que confían en él, lo salvan; si le dicen que es malo, lo hunden. Yo me sentía con la fuerza y el coraje suficientes para salir adelante, pero además me encontré con el apoyo de mucha gente. No podía volver a delinquir después de que tantos hubieran apostado por mí», razona.
Habla con tremenda serenidad y con la sabiduría de quien ha conocido el lado más oscuro de la existencia y ha salido casi indemne del trance. «Volvería a pasar por lo mismo con tal de tener todo lo que tengo ahora. He vivido muchos más momentos buenos que malos. Y aunque tengo muy presente todo lo que hice y los errores que cometí, y no quiero olvidarlos, nunca me han impedido dormir tranquilo».
Sigue trabajando en la fábrica de golosinas, donde lleva ocho años en el comité de empresa, «defendiendo los derechos de todos los trabajadores, porque en el fondo yo también soy un apasionado de la justicia»; sigue casado con su Mari Carmen del alma y tiene tres hijos (José Francisco, Ricardo y Carmen María, de 15 años), con los que se pasa dándoles consejos. «Es que no quiero que tropiecen como yo lo hice», se justifica.
Le faltan, ley de vida, sus padres, y una hermana, que se marchó prematuramente. «Apostaron mucho por mí y les demostré que no iba a fallarles. Se fueron de este mundo orgullosos de su hijo». Por un instante, sólo en ese instante, unas lágrimas tiemblan en sus ojos y la voz se le torna, súbitamente, más ronca.
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