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Entre algodones

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Hay tenores que jamás, en ninguna circunstancia, tomarán una bebida fría, pero Luciano Pavarotti se servía el agua en un vaso lleno de cubitos de hielo. Por lo general, se acepta sin discusión que especializarse en los papeles que mejor van a la propia voz garantiza una carrera larga y se cita como ejemplo a Alfredo Kraus, pero Plácido Domingo sigue cantando a punto de cumplir 70 años y ha interpretado más de 120 papeles de muy diferentes exigencias vocales. Y hay quienes se ríen de los colegas que aseguran que el alcohol reseca su garganta porque se toman en el descanso de cada función una copa de champán y les va estupendamente. El secreto del cuidado de la voz en un cantante lírico está en la técnica y la fortaleza mental, pero es un instrumento tan delicado que no extraña que la mayoría le prodiguen atenciones sin cuento. Al fin y al cabo, viven de ello, aunque en algunos casos más que cuidadosos con sus cuerdas vocales son simplemente maniáticos.
La pregunta es: ¿cómo se cuida un cantante? ¿Qué cosas corrientes en la vida diaria de cualquier persona tienen prohibidas? La respuesta es que, salvo los maniáticos irreductibles, la mayoría de sus rutinas no son tan distintas de las del común de los mortales. Pero sí hay cosas que deben cuidar. Y pequeños placeres que tienen prohibidos. Lo primero son los horarios: el trabajo cotidiano de estudio y preparación de un papel puede hacerse por la mañana. La soprano Ana María Sánchez, por ejemplo, dedica cada día hora y media al trabajo vocal, normalmente antes de comer. Pero los ensayos de una ópera se hacen muy avanzada la tarde, porque las funciones son a esa hora y porque en las semanas que dura el trabajo en una producción los cantantes viven con los horarios cambiados. La razón es que después de una representación es habitual que no logren conciliar el sueño hasta la madrugada. Por eso es extraño que una estrella lírica concierte una cita o tenga prevista alguna aparición pública antes de mediodía. Y es imposible que su voz esté en condiciones hasta que hayan pasado varias horas.
Tampoco cantan nunca dos días seguidos, aunque excepcionalmente y según qué títulos podrían hacerlo, explica Juan Carlos Sancho, director de la agencia Iberkonzert, que lleva, entre otras, la carrera de Ainhoa Arteta. Lo normal es que entre una función y otra haya dos días de descanso. En algunos títulos, sobre todo wagnerianos, es más habitual que sean tres, por sus enormes exigencias vocales. Eso explica también la necesidad de contar con un segundo reparto: cada día con la orquesta contratada y los decorados sobre el escenario -aunque no haya función- cuesta dinero, y así los gastos se reducen casi a la mitad.
Comidas y corrientes
¿Y las comidas? El día que ha de cantar en una función o un recital, Sánchez no come especias, frutos secos, aceitunas, lácteos, cítricos ni chocolate. Pero reconoce que es algo «absolutamente personal» porque lo que va bien a unos puede arruinar una velada a otros. Los hay que comen plátanos antes de la función, e incluso en los descansos, porque aportan potasio. Sí hay algo en lo que coinciden todos los cantantes: beben mucha agua. Dos o más litros diarios, normalmente en cantidades muy pequeñas.
Muchos cantantes, además, sufren de reflujo por la forma de respirar. Algunos, explica Jon Paul Laka, director artístico de la ABAO, duermen en camas inclinadas para que ese reflujo no llegue a sus cuerdas vocales y las dañe.
En la bebida parece haber barra libre. La teoría dice que el alcohol reseca las cuerdas vocales y oscurece su timbre, pero se sabe que hay cantantes que no se suben a un escenario sin haber tomado una copa de vino o licor. Las voces graves lo tienen más fácil, matiza Laka, porque les afecta menos.
Hay algo en lo que no influye el tipo de voz: quienes se dedican a cantar huyen de las corrientes y los cambios bruscos de temperatura. Los admiradores de Alfredo Kraus -quizá el tenor que más se cuidaba- lo recuerdan con un pañuelo o una bufanda protegiendo su garganta en cuanto entraba en un local con aire acondicionado. Muchos eligen con cuidado la silla en la que se sentarán en un restaurante, para evitar quedar en medio de una corriente generada por una puerta o una rejilla de salida de aire. Y huyen a toda prisa de un local con humo, pese a que algunos fuman.
Hay exigencias que no planteaban nunca los grandes divos del pasado pero sí los de hoy. Una de ellas es disponer de un gimnasio en el hotel donde se alojan o muy cerca de él. «Es lo primero por lo que preguntan en cuanto llegan», cuenta Laka, que ha tratado a centenares de ellos. Son servidumbres de una época que valora la imagen tanto como la voz. En esta era del DVD, sería inconcebible aquella función que algunos aficionados recuerdan, con Luciano Pavarotti cantando «Tosca» sentado porque no aguantaba toda la escena de pie por su peso. Los tenores y las sopranos de hoy -también el resto de las voces, pero sobre todo ellos- no se pueden permitir unos kilos de más si quieren tener una carrera con proyección internacional. Así que acudir al gimnasio es casi una obligación.
¿Manías o quizá hábitos que parecen manías a quienes no cantan? Existen, por supuesto. Los responsables de teatros de ópera podrían hacer listas interminables con exigencias a veces extrañas. Ana María Sánchez no tiene reparo en confesar la suya: evita hablar por teléfono porque se cansa si mantiene conversaciones largas.
El repertorio adecuado
¿Influye el repertorio? Por supuesto, explican todos los especialistas. Hay papeles que «machacan» la voz más que otros. En principio, se admite que elegir muy bien los roles y no salirse de los que plantean exigencias adecuadas a la propia voz garantiza una carrera larga. Y se esgrime en aval de ese argumento la impecable trayectoria de Alfredo Kraus, en cuyo repertorio apenas había dos docenas de papeles y que estuvo en activo prácticamente hasta los 70 años. Lo que sucede es que, en el lado contrario, Plácido Domingo está a punto de cumplir esa edad y ha interpretado... más de 120 roles diferentes.
Y luego está la edad. Las voces evolucionan. No se pueden cantar los mismos papeles a los 30 años que a los 50. «A los jóvenes a veces se les obliga a cantar algunos papeles muy pronto y eso «quema» su voz. Tal vez en algunas carreras se va demasiado deprisa», advierte Laka. Eso sin olvidar que el diapasón de afinación de las orquestas ha ido subiendo y eso ha obligado también a subir las voces. Todo ello explica finales abruptos de algunas carreras. ¿Qué fue, por ejemplo, lo que acabó con Maria Callas? Laka no sabe si fue una brusca pérdida de peso, una mala elección del repertorio o una vida personal cuajada de episodios tensos.
Ana María Sánchez recuerda que debutó con 'Nabucco' por la oportunidad profesional que suponía, pero era un papel inadecuado para ella y no lo ha vuelto a interpretar. «Podía haberme arruinado la voz», reconoce. Una sabia decisión que otros no tomaron y a consecuencia de ello terminan sus carreras en recitales con piezas efectistas pero que no suponen grandes esfuerzos porque no podrían hacerlos. Nada que ver con obras que solo están al alcance de cantantes en plenitud de facultades y con una técnica superlativa.
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