Nació con estrella un Jueves Santo de 1976 (15 de abril para más señas) y dice que por eso tiene una cruz en el paladar que le da buena espina: «Mi madre siempre me lo recuerda». Pero la diosa Fortuna no le ha regalado nada. Lo conseguido se lo ha ganado con trabajo, entrega y pasión por lo que hace, aunque, reconoce, «el apellido ayuda».
Para Carlos Piñana Conesa el flamenco es un bálsamo con el que curar sus penas si toca por bulerías, tango o alegrías; un refugio íntimo en el que regocijarse con la tristeza cuando le da por las granaínas, tarantas o rondeñas; y una vía de escape para liberar toda su rabia. Ser guitarrista flamenco le hace sentirse afortunado y le permite dedicarse a su pasión. Y la guitarra (tiene cinco y todas suenan distinto) son para él como otro brazo. Sus cuerdas, su cuerpo, su sonido y su magia ocupan un lugar fijo en su mente; sólo el amor de su vida, Cristina, ha logrado imponerle separaciones esporádicas: «Me cuesta desconectar, pero sé que es necesario».
Su apariencia tranquila esconde un polvorilla que se ha ido atemperando con la madurez y desde que su pequeña Carlota, con dos años cumplidos, entró en su vida. Una tranquilidad y evolución que, considera, «se transmite en mi toque».
Perfeccionista hasta el extremo -«me gustan las cosas bien hechas»-, es un hombre muy metódico y ordenado, valora la seriedad y la profesionalidad en todos los ámbitos de su vida, del trabajo a lo más cotidiano. Odia tanto la falsedad y la mentira como desea que la gente vaya de cara.
Presumido (no sale de casa sin mirarse al espejo) y preocupado por su físico y apariencia («antes era un poco dejado, ahora me preocupo por mi piel, el peinado, la ropa... Con mi trabajo es necesario»), se ha dejado en los últimos años unos cuantos kilos en el camino no sin esfuerzo.
Le encanta la comida: a mediodía, en casa y de puchero; y, por la noche, fuera, a ser posible en La Pequeña Taberna. En invierno se controla, si no se cuentan los litros de zumo de piña que se mete entre pecho y espalda durante sus encierros diarios en su estudio («me entusiasma y me da mucha energía») ni los atracos repentinos a la despensa para lograr un botín de galletas con chocolate. Pero, cuando llega el buen tiempo, se lanza sin control: le pirran los helados, la cañita y la tapa, y el turrón blando («el aceitoso») es su perdición en estas fechas.
Acostumbrado a las multitudes por su profesión (en la última actuación que en Murcia se quedaron más de cien personas fuera por falta de aforo), este extraordinario y atípico guitarrista flamenco tuvo un buen entrenamiento en su infancia. No en vano es el menor de seis hermanos (Ana Mari, Pepe, Mari Carmen, Rafa, Curro y él) que, sumados a sus progenitores y su adorado abuelo Antonio Piñana padre, convivían en un piso de cuatro habitaciones del cartagenero Paseo Alfonso XIII.
Miembro de una 'troupe' que suma cuatro generaciones 'enganchada' al flamenco -su bisabuelo ya cantaba como aficionado; a su abuelo le debemos el rescate de los cantes de su tierra cartagenera hace más de medio siglo; y su padre es un reconocido guitarrista y un docente vocacional), no tiene reparos en reconocer que entró en el mundo de la guitarra por el ojo de una aguja enhebrada por su padre con tan sólo 10 años. «Me sentí obligado a tocar la guitarra», afirma e inmediatamente añade que más tarde encontró su vocación en el flamenco.
Se reconoce un apasionado amante de la guitarra clásica con la que está en deuda: sin el clásico -que estudió como una mula en el conservatorio y en casa- no hubiera llegado hasta donde está.
La etapa más importante de su vida fue de los 16 a los 20 años. De no parar en casa pasó a encerrarse a cal y canto en su cuarto para dedicarse a su mundo. «Fue un cambio radical. A los 16 años me planteé que quería ser guitarrista flamenco». Dejo el patinete y su afición a las hogueras, y sus amigos Coque, Antonio y Emilio, desde la calle, 'Carlos que bajes', y el ni caso. Renunció a la adolescencia y sus locuras por labrarse un futuro «y no me arrepiento de nada». Y no es de extrañar: su arte jondo le ha llevado por todo el mundo, desde su primer viaje a Islas Mauricio con 19 años hasta Japón, Nueva York, Casablanca, Abu Dabi oMéxico, pasando por toda Europa.
En las veladas flamencas que se celebraban en su casa de niño, él era una esponja sentada «en una sillica» que absorbía todo -«se aprende hasta del más malo»-. Una capacidad que le sirvió en bandeja el Bordón Minero a los 20 años y en su primer intento: «Fue un shock». Un reconocimiento al que dos años después sumó el premio de la guitarra del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, que comparten monstruos como Paco de Lucía, Manolo Salúcar o Vicente Amigo.
Tiene cinco discos grabados en solitario (anuncia el sexto para verano) y un buen montón en compañía; lo mismo compone que interpreta y no perdona las cuatro horas diarias tocando su guitarra -«como los atletas, necesito un entrenamiento continuo y estudio diario»- ni las jornadas sin límite cuando está componiendo. Aunque su vocación flamenca pasa sobre un escenario, la docencia es uno de los anclajes de su vida desde que se instituyó la Cátedra de Guitarra Flamenca en el Conservatorio Superior de Murcia. Incluso, cuando acabe el máster de Investigación Musical que recibe en la Universidad de Murcia, va a hacer el doctorado. «Voy a ser de los pocos guitarristas flamencos doctorados. El tema es apasionante, relacionado con el mundo de las tarantas y las mineras», desvela.
Ahora acaba de asumir la dirección de la recién creada Escuela de Arte Flamenco del Cante de las Minas y jura y perjura «no voy a coger nada más». Tiene que dedicar tiempo a su familia y, como buen dormilón, sueña con poder amanecer a mediodía.