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«Ni bebo, ni fumo y me cuido mucho, pero no soy un monje»

JOSÉ CARLOS MTNEZ. | NUEVO DIRECTOR DE LA COMPAÑÍA NACIONAL DE DANZA

«Ni bebo, ni fumo y me cuido mucho, pero no soy un monje»

19.12.10 - 03:31 -
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A mediodía de ayer, después de comer algo de pasta en el restaurante para el personal de la Ópera de París, donde es bailarín estrella desde 1997, José Carlos Martínez se fue a dormir un rato a su camerino: esas cuatro acogedoras paredes con sus grandes espejos, que conocen cada rincón de su cuerpo y de sus deseos, y que lo han visto crecer, feliz y alguna que otra vez derrotado, como persona y como artista. Es su rincón privado en la histórica sede de la prestigiosa compañía de danza, de la que toda Francia se siente orgullosa y en la que él se ha ido dejando, con una generosidad rabiosa, la poca carne que le queda sobre los huesos de oro. Lleva unos días de locos. Mil asuntos que atender y lo principal: no defraudar a nadie que acuda a verlo entregarse en escena. Tiene incómodas molestias en una rodilla, pero nadie lo ha notado. Él no se queja de nada casi nunca. Quería dormir, olvidarse del teléfono, centrarse sólo en la actuación de la noche. Lo principal ya lo había hecho: llamar antes que nadie a Cartagena a su madre, Susana, para compartir con ella y los suyos la alegría del nombramiento. Las felicitaciones le están lloviendo. Quería silencio, eso es. Pero no está nervioso, sabe controlar muy bien varias situaciones a la vez. Está satisfecho. «Siempre estoy haciendo un montón de cosas a la vez», dice. «Tengo costumbre de trabajar muy intensamente y, además, sé distinguir las prioridades. Me gusta este ritmo», añade. Y su prioridad era anoche bailar a la altura de los más grandes.
La disciplina ha sido su fiel e intransigente compañera desde que era apenas un niño: «He sido muy disciplinado toda mi vida, pero ahora me doy cuenta de que me estoy aprovechando un poco de los logros de toda esa disciplina; por ejemplo, frente a las dificultades no me echo atrás porque estoy acostumbrado a los retos, a la dureza, a que todo cuesta mucho conseguirlo».
«Soy un buen chico, sí, creo que sí», dice sonriente José Carlos Martínez, que derrocha naturalidad. «Para ser bailarín», añade, «o eres disciplinado o no te mantienes en lo alto durante mucho tiempo. El cuerpo es nuestro instrumento de trabajo y hay que respetarlo, tener mucho cuidado con él». Sabe bien lo que dice, porque él lleva mucho tiempo en primera fila, en la cima, con el máximo nivel de exigencia, volando muy alto. «Ahora estoy llegando, después de haber bailado mucho, a la segunda parte de mi carrera, y puedo permitirme, digamos, no ser tan perfecto. El cuerpo es nuestro instrumento de trabajo, pero el cerebro es el que lo guía. Cuando estás bailando tienes que transmitir emociones, y las órdenes las da el cerebro. Para bailar bien, o tienes un poco de cerebro o no eres nada».
«Me sigue entusiasmando el baile igual que cuando empecé o, incluso, cada vez más. Y como sé que se va a terminar dentro de poco, quiero aprovechar cada momento de manera muy especial», cuenta. El tiempo se esfuma, se destierra: «Tengo la sensación de que todo va muy rápido y de que una gran parte del recorrido ya está hecho. Y sé que esa entrega tan fuerte a la danza me ha obligado a estar tan centrado en ella que todo lo de alrededor es como si lo hubiese puesto entre paréntesis». ¿Y ahora qué? «Voy a intentar recuperar todo ese tiempo...; los bailarines no tenemos mucha adolescencia, ni juventud, porque estamos entregados al baile».
Ha pasado ya mucho tiempo desde que, con nueve años, se convirtió en el John Travolta de un montaje de 'Grease' en Cartagena: «No tenía ni idea de lo que era ser un bailarín profesional. Bailé en plan Travolta porque me gustaba, y no pensaba en el futuro, ni en nada más. Después me fui a Cannes y ahí ya empecé a ver lo que era el mundo de la danza, pero incluso cuando me fui a Francia, lo que yo quería era bailar y no me preocupaba nada más. Quería bailar, pero nunca me imaginé que podría hacerlo en un escenario como el de la Ópera de París».
«El momento más fuerte de mi carrera», recuerda, «fue cuando hice la audición ante Nureyev y entré a formar parte del cuerpo de baile. Ahí fue cuando me dije: 'Tú, que vienes del barrio Peral de Cartagena, has llegado hasta la Ópera de París'. El jurado eran doce personas, con Nureyev en el centro. No se me olvidará nunca. Creo que, al entrar, él se quedó mirándome y pensando: 'Y este tan flaco y tal alto, ¿qué hace aquí?' Pero al terminar de bailar la primera vez , porque bailé dos veces, lo vi ya con una sonrisa, dejando el bolígrafo sobre la mesa y como diciendo: 'Pues mira, vaya con el flaco'».
«Me costó mucho trabajo dejar Cartagena para irme a Cannes», reconoce, «pero me hubiera ido al fin del mundo. Dejé a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos...; además, no hablaba francés y los primeros meses fueron muy duros. Pero una vez que empecé a hablar el idioma y a bailar cada vez más, todo cambió. Mi madre se quejaba porque decía que ya no quería volver ni en vacaciones de verano».
Lo sabe: tiene talento. «No voy a negar -explica- que esto no lo puede hacer cualquiera, y que hay como unas disposiciones físicas para ser bailarín que o se tienen o no se tienen». Pero tampoco es que se crea un elegido de los dioses: «Tengo la sensación de que yo he sido elegido para bailar, que la danza me eligió a mí y no al revés. Sin embargo, he tenido que luchar mucho con mi cuerpo. Los bailarines siempre trabajamos con el espejo y estamos viendo nuestros defectos. Reconozco que algún don se me ha dado, pero hay otros que, por lo visto, a los dioses se les olvidó darme; y eso ha hecho que haya tenido que trabajar mucho para intentar seguir adelante».
En estos momentos, José Carlos Martínez tiene la sensación de estar «en un momento artístico muy importante para mí». Con un bagaje muy importante detrás, cubierto de éxitos y reconocimientos, decidió presentar un proyecto a concurso para la dirección de la Compañía Nacional de Danza (CDN) y le ha salido redonda la jugada. «Son momentos en los que tengo que elegir yo, después de toda una vida en la que el baile lo ha sido todo y ha elegido por mí. Me quedan muy pocos años de bailar...». En la Ópera de París lo adoran. Y en ella ha triunfado no sólo como bailarín, sino también como coreógrafo. Lo echarán de menos.
«Me gusta mucho poder ser otra persona en escena, vivir cosas que yo, en mi vida real, no conozco, ni conoceré. Pero después, quiero salir a la calle y ser alguien anónimo, tener una relación con la gente totalmente normal. Yo no voy todo el día con el cartel de bailarín estrella de la Ópera de París a cuestas. Yo soy normal», deja claro.
Zapatillas destrozadas
Sus padres conservan en el domicilio de Cartagena -entre la emoción y el orgullo por las glorias alcanzadas por su hijo- una par de zapatillas destrozadas. Las aniquiló en una sola actuación, tras la que obtuvo uno de sus numerosos galardones. Son un símbolo de su tenacidad, de su entrega, del arrojo con que, con talento, aquel niño tímido que calzaba zapatillas de ballet llegó a ser una estrella.
Un buen día, José Carlos Martínez sintió los ojos -fieros, geniales, incendiarios- de Rudol Nureyev clavados en él y no se inmutó. Cuando baila, no se inmuta; se transforma, penetra en el territorio en el que se sabe dueño y señor, se olvida del mundanal ruido, de las necesidades del cuerpo, los anhelos del alma, las envidias y zancadillas que zarandean el mundo de la danza, y descubre que la vida corre por sus venas a toda velocidad, que la aventura más fascinante del mundo es aquella que él protagoniza a bordo de sus impagables pies.
De Cartagena a la gloria. Llegó a ella con su técnica unánimemente aclamada y con su estilo carismático, perfecto para encandilar a todos los públicos: desde los más entendidos a los legos todos terminan sucumbiendo ante su presencia ágil, versátil, mágica, nada avasalladora. Él, una de las personas más tímidas del mundo -ahora, a fuerza de empeño y experiencia, se enfrenta a la prensa y a los actos sociales bastante más relajado-, supo siempre qué quería hacer -bailar- y hacia dónde encaminar sus pasos: al espacio reservado a las grandes estrellas. La mirada cómplice de Nureyev, su apoyo para que diera sus primeros pasos en la Ópera de París, fue la rúbrica perfecta a sus sospechas: el nombre de este cartagenero ilustre se ha escrito ya con letras de oro/sudor en la página más noble de la danza, en un lugar preferente. Y hay que especificar lo siguiente: fue alzándose a las alturas sin poner, en el camino, ninguna zancadilla a nadie. Insólito. José Carlos Martínez es nulo para la perversión y el maquiavelismo, desconoce las reglas maestras del engaño y no sabe hacer la pelota, ni rendir pleitesía a los necios, ni apropiarse de aquello que no es suyo.
Jamás nadie le regaló nada, no ha contado con padrinos de renombre, ni con dinero en abundancia, ni con golpes de suerte no acompañados del máximo esfuerzo. Su ascenso ha sido cristalino, un ejemplo impecable de voluntad, constancia y fe en el destino. Con 9 años comenzó a bailar, él solo rodeado de niñas, y surgieron los primeros murmullos y las primeras incomprensiones. Sus compañeros de colegio no entendían qué hacía él bailando, porque bailar parecía cosa de locos o de afeminados, pero no le importó: «A mí me ha dado siempre igual lo que digan. Nadie ha logrado jamás quitarme el baile de la cabeza».
Su maestra y amiga Pilar Molina, con la que se preparó durante un período esencial en Cartagena, hasta que cumplió los 14 años y ella llamó a sus padres para decirles que había llegado el momento de emprender el vuelo, de proseguir su aprendizaje en escuelas de renombre, no puede evitar la emoción al hablar de José Carlos Martínez, algo que le sucede a sus amigos, compañeros y admiradores, que se deshacen en elogios y en recuerdos del triunfador.
Pero él no se regodea en su fama, no favorece los halagos: «Yo hago lo que me gusta, y bastante feliz soy ya disfrutando cada vez que salgo al escenario». Fuera de ellos, hablando en español o en francés -a veces se arma un pequeño lío- intenta disfrutar también al máximo del poco tiempo libre que le queda entre ensayos, clases, actuaciones, viajes... José Carlos Martínez no fuma, ni bebe, ni se olvida de la disciplina. «Ni fumo ni bebo y me cuido mucho, pero que nadie se piense que soy un monje o un bobo», indica.
Sabe que ha dejado muchos recuerdos memorables en el público de todo el mundo. Por ejemplo, durante una interpretación de 'Till l'Espiègle', de Nijinski, papel en el que reemplazó al gran Patric Dupond (marzo del 94), el público fue recorrido por un escalofrío mientras él explotaba su arte y mostraba su silueta alargada como un ciprés con una naturalidad asombrosa. Hace que parezcan sencillas las cosas más complejas, en el baile, y no le gusta nada responder a cuestiones como si tiene una sensibilidad especial, qué busca bailando o cómo se imagina sin poder dedicar su vida a la danza.
Feliz cuando sus éxitos conmueven y alegran a sus familiares -sus padres (Susana y Asensio) terminaron dándole todo su apoyo, pese a las voces en contra que pretendían hacerles ver que el baile 'es más para las chicas'-, uno de los elogios que más temblor le provocaron en su día fue el de un notable crítico que citó al dúo Agnes Letestu-José Carlos Martínez como sucesor de otro dúo histórico, Fonteyn-Nureyev.
Espléndido cuando encarna bailando, por ejemplo, al Molinero de 'El sombrero de tres picos', de Leonidas Massine, a José Carlos Martínez el placer lo desborda cuando baila sus propias coreografías, para sí mismo y para los demás. «Escucho una música que me gusta y me digo que eso lo tengo que bailar yo; y me invento la coreografía». El caso es que es capaz, con sus movimientos, de reflejar el amor y el odio, la victoria y la derrota, la gloria y la humillación. Su elegancia es indiscutible.
Reinventándose
Ya, por supuesto, ninguno de sus antiguos compañeros de colegio lo miran como a un bicho raro -al contrario- mientras él continúa reinventándose constantemente, sin olvidar al mismo tiempo que es persona, y no una máquina, y que hay algo más esencial que los aplausos: los afectos. Habla más con sonrisas que con palabras. Su vida ha transcurrido durante años en París, entre la ensoñación del Sena y la majestuosidad de la Torre Eiffel. Las vistas de París se han fundido en su imaginación con el recuerdo/añoranza familiar constante. Porque el genio no ha dejado de ser siempre, en algún rincón mágico de sí mismo, el niño y el adolescente que un día fue. Pronto regresará a España, que él sabe que es un país al que «le gusta la polémica». Y él no está acostumbrado a las polémicas, ni le gustan. Pero no tiene miedo. Mira siempre de frente.
Pastel de manzana con helado de vainilla en una noche en la que París ardía de frío envuelta en nieve. Se permitió ese capricho extra en su dieta, el viernes durante una cena íntima, José Carlos Martínez (Cartagena, 1969), tras hacerse pública la noticia en todo el mundo de que el Ministerio de Cultura español lo había elegido para dirigir la Compañía Nacional de Danza (CND), puesto al que se incorporará en septiembre de 2011. Unas horas antes, el bailarín estrella de la Ópera de París, considerado uno de los grandes e incuestionables talentos de la danza, había acudido a la sede parisina del Instituto Cervantes para atender a la prensa. Llegó unos minutos tarde, calado de nieve hasta los huesos, apenas sin aliento tras haber corrido por el metro y las calles de la ciudad para intentar no hacer esperar a nadie ni un segundo. Tras acabar su agotador ensayo en la Ópera de París, no encontró taxi alguno en mitad de la nevada. Ayer era un día importante para él, y trató de conservar todas las energías intactas para no defraudar al público que agotó las entradas hace semanas para verle bailar, junto a la estrella rusa Uliana Lopatkina, 'El lago de los cisnes' que coreografió Rudolf Nureyev en 1984. El bailarín y coreógrafo cartagenero, que el 25 de abril del año a punto de comenzar cumplirá 42 años, interpretó al príncipe Sigfrido, vestido por Franca Squarciapino, de forma espectacular. Rotundo. Poderoso. Una nueva vida, de regreso a España después de muchos años, comenzará para él.
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