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Guadalentín: el río más salvaje de Europa

LA CIUDAD PERDIDA

Guadalentín: el río más salvaje de Europa

31.10.10 - 01:14 -
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Tal vez resulta exagerado darle esa fama al río Guadalentín, pero así lo calificó el geógrafo francés Maurice Pardé en 1956. Lo cierto es que en el periodo comprendido entre 1545 y 1973 se pueden ponderar más de 65 grandes riadas que afectaron al casco urbano, dadas sus características de estar partido en dos por el cauce. Cientos son los estudios realizados por geógrafos, ingenieros e historiadores que han cuantificado desde antiguo las numerosas inundaciones que han asolado Lorca. Entre ellos, el publicado por el Colegio de Ingenieros de Murcia en 1965, del que se pueden entresacar algunos datos sobre estas riadas hasta el siglo XIX.
La gran mayoría de las inundaciones provocadas por el Guadalentín suelen darse durante los meses de septiembre, octubre, noviembre o abril. Del siglo XVI se tienen noticias de la riada de San Luis en 1545, que las crónicas calificaron de «muy dañina». En 1558 se produjo otra de noche, con lo que la población estaba desprevenida y el agua se llevó gran número de casas y muchas personas quedaron en la miseria. Todavía en este siglo se recogen otras dos en el año 1577.
Según las crónicas, la primera gran riada del siglo XVII fue en 1609. También dicen que el año anterior había sido muy seco y se sacó en rogativa a la Virgen de las Huertas para reclamar la ansiada agua. Estuvo lloviendo ocho días seguidos. Pero una de las mayores inundaciones tuvo lugar en agosto de 1648, como consecuencia de la rotura de la primera presa de Puentes, todavía a medio construir. La avalancha de barro y agua asoló el barrio de San Cristóbal y alcanzó el convento de la Virgen de las Huertas, echando abajo la mitad de su torre.
La riada de San Calixto, en 1651, fue de las más dramáticas, causó muchos daños en la población y destrozó buena parte de la huerta. Dos años más tarde se produjo la de San Severo que se llevó por delante más de 160 casas del barrio de San Cristóbal, arruinó el convento de la Virgen de las Huertas, al que había acudido mucha gente a refugiarse, inundó la huerta y también parte de los barrios de San Juan y Santiago, destruyendo almazaras, fábricas de tundir y canterías.
Otras riadas de este periodo fueron las de febrero de 1656, septiembre de 1664 y marzo de 1672. Esta última destruyó la presa de la Torta, emplazada entre el Guadalentín y la derivación de Tiata, que estaba en construcción.
El siglo XVIII empezó especialmente seco pero en septiembre de 1701 llegó el agua, en forma de riada, y se llevó «ochenta varas de la presa de la Fuente del Oro». Tres años más tarde se produjo la de San Leovigildo que destrozó una vez más los barrios de San Cristóbal y Santa Quiteria, así como numerosas haciendas. Similares consecuencias tuvo la avenida de octubre de 1728 y la conocida como de Nuestra Señora de los Reyes, en septiembre de 1733 en la que las aguas «alcanzaron una altura nunca vista».
En octubre de 1741 se produjo la riada de Santa Catalina que arruinó, una vez más, la presa de la Fuente del Oro y dejó intransitable el camino de Andalucía. Entre otras inundaciones de este periodo destaca la de septiembre de 1777 que destruyó el muro de sillería de la margen derecha que protegía a la ciudad, inundó varios arrabales y «se llevó por delante los tenderetes de la Feria que se estaba realizando», en el recinto situado frente al atrio del convento patronal.
Dejando a un lado la inundación producida por el reventón del pantano de Puentes en 1802, el siglo XIX también fue pródigo en riadas. Podemos seleccionar la de Santa Brígida en 1834, que destruyó el puente que atravesaba la rambla de Tiata; y la de San Francisco en octubre de 1838, que rompió la muralla de defensa y anegó San Cristóbal, «destruyendo no pocos edificios y causando muchas víctimas». En la calle Mayor las aguas alcanzaron los cinco metros de altura. También fueron cuantiosos los daños en la huerta en la que, aparte de los cultivos, quedaron destruidas 400 casas de labranza y 200 chozas.
Años más tarde, en junio de 1877, se produjo la riada de San León II Papa. El río causó enormes daños en los barrios cercanos al cauce y en las diputaciones de Campillo, Tiata y Sutullena. Mayores perjuicios se produjeron en Marchena, al encontrarse con los caudales de las aguas de la rambla Viznaga.
Pero la que se llevó la palma fue la riada de Santa Teresa, en octubre de 1879. Durante la mañana llovió a cántaros en las cuenca del Guadalentín y en la del Segura. Se calcula que cayeron 90 millones de metros cúbicos en las dos horas que duró la tormenta. La riada fue de impresionantes dimensiones. El puente de piedra de San Cristóbal, recién construido, aguantó el paso de las aguas, pero la ciudad quedó anegada en parte. Durante ocho horas discurrieron por el río más de 58 millones de metros cúbicos que, además de destruir los Sangradores y parte de los barrios de San Cristóbal, Santa Quiteria, San Juan y San Ginés, quitó la vida a 13 personas.
En las últimas décadas de este siglo se repitieron las avenidas, y loa daños, con ser importantes, hubieran sido mayores de no haber finalizado la construcción de la nueva presa de Puentes en 1884.
Mención especial hay que dar a la riada de los días 26 y 27 de junio de 1899, con graves pérdidas económicas. El río aportó un caudal máximo de 2.000 metros cúbicos por segundo. Las aguas rebasaron la presa de Puentes. A los caudales procedentes de los ríos Vélez, Luchena y Turrilla, acumulados en Puentes, se unieron las aportaciones de las ramblas situadas más abajo del embalse. La rambla de Tiata se desbordó y las aguas con su tarquín inundaron casas de labranza y cultivos. En Campillo los arrastres de barro llegaron a alcanzar la altura de 40 centímetros.
Ya metidos en el siglo XX hay que hacer mención a las riadas de junio de 1933, abril de 1946 y octubre de 1948. Esta última muy dañina ya que las precipitaciones fueron de hasta 240 milímetros en sólo cinco horas. Los mayores daños se dieron en Campillo, Sutullena, Tercia y Marchena. En agosto de 1952 la tormenta «sembró el pánico» entre la población por la magnitud del aparato eléctrico. Se inundaron varias viviendas, el altar mayor de San Mateo y muchas calles se llenaron de barro.
La última inundación que afectó de lleno al casco urbano fue en octubre de 1973 y sigue presente en la memoria de muchos lorquinos. Un 20% de la superficie urbana quedó convertida en un gran embalse, las pérdidas económicas superaron los mil millones de pesetas y lo que fue peor, se perdieron trece vidas humanas.
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