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La burbuja cultural

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La burbuja cultural

17.10.10 - 00:49 -
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Ignorando los devastadores efectos que sobre el campo de la cultura regional está teniendo la crisis económica, la consejería de Cultura y Turismo se empeña en mantener ese aire de fiesta de nuevos ricos que nos trajo la burbuja inmobiliaria como un espejismo.
Cuando los recortes presupuestarios en cultura, tanto en la Comunidad como en los ayuntamientos, han dejado sin actividades nuestras bibliotecas y museos, reducido drásticamente nuestra inversión en archivos y patrimonio cultural, anoréxicas las programaciones teatrales o musicales (cuando no suspendidas como el Auditorio de Ceutí); con el Teatro Romea en su cuarta temporada cerrado; la filmoteca, sin actividad; el Cehiform, metido en cajas; el Cendeac, bajo mínimos; el FA, disuelto; desaparecido el festival Punto Aparte, etc., sin que haya un solo sector de la cultura que no se encuentre luchando por su supervivencia en medio de fuertes restricciones económicas, una bienal sobrevenida como Manifesta, financiada íntegramente con recursos públicos, que costará tres millones de euros en metálico más dos y medio en especie, es difícilmente aceptable.
Podría argumentarse en favor de Manifesta que de todas las franquicias y contrataciones realizadas últimamente por la Consejería es quizás la que mayor esfuerzo ha realizado por el reconocimiento del contexto local, por incorporar artistas de la Región (aunque el programa de Eventos Paralelos tenga escasa dotación), por prestar atención al componente educativo (si bien el esfuerzo económico es muy modesto) y que, con independencia de la desigual calidad e interés de las diferentes propuestas, la bienal tiene efectos de 'posicionamiento' que no son en absoluto desdeñables. Pero no logrará escapar a la lógica de la rentabilización mediático-política en el corto plazo, de la espectacularización y la supeditación a objetivos de construcción de 'marca' de turismo cultural bajo los que se ha colocado todo el esfuerzo público regional en cultura.
¿Qué quedará cuando hayan pasado los cien días de Manifesta 8? Santi Eraso, quien fuera director de Arteleku, escribió respecto de Manifesta 5, que tuvo por sede San Sebastián: «La Bienal Europea que, por fortuna, es nómada e itinerante, vino, se fue y casi nadie ha sabido como ha sido. Terminó como empezó, entre 'coktails', fiestas para 'vips' y mucho reparto de acreditaciones para profesionales del arte. Durante los cuatro meses que ha durado la actividad pública poco más ha ocurrido».
Se insiste en el argumento legitimador del 'retorno' de la inversión en forma de ingresos turísticos. Pero hay que objetar que ese retorno no tiene como destino el presupuesto de Cultura ni, directamente, la hacienda pública y sobre todo, se escamotea cualquier discurso sobre su rentabilidad cultural, de la que apenas se habla.
Borja-Villel ha señalado que, en la Transición, se labró el mito de que democracia y creatividad iban juntas, que vitalidad y radicalidad se asociaban, sin darnos cuenta de que se habían convertido en meras etiquetas para el consumo. Por eso se intenta en Murcia la apropiación institucional de los discursos 'transgresores' y críticos, que quedan desactivados y puestos al servicio del sistema de poder conservador que domina la Región.
De ahí que la primera tarea de un discurso crítico sea desenmascarar esta expropiación, esta transformación de los «imaginarios de antagonismo y contra-dominación en imaginarios dominantes», de las «retóricas de la resistencia en la ideología hegemónica» (Jose Luis Brea).
Pero, ¿hasta dónde puede hacerlo, a pesar de la libertad formal de los creadores -siempre condicionados por el papel preponderante de los intermediarios-curators-, una bienal sostenida por completo con recursos públicos y sujeta a dispositivos institucionales que controlan y limitan cualquier autogestión de sentido?
Como todo 'gran evento', se acaba reproduciendo un modelo de consumo cultural pasivo y cuantificable, que reduce la producción artística a mera mercancía, y a los ciudadanos a la condición de público, de turistas de su propia ciudad, según criterios globales de puro mercado como corresponde al nuevo modelo de 'capitalismo cultural'.
Especialmente cuando faltan todas las mediaciones para evitar que esto ocurra: se descuida irresponsablemente la educación artística de los ciudadanos (el 85,3% de los habitantes de la Región no visita nunca exposiciones, ni el 76% museos), la formación de artistas y la investigación y la innovación creativa.
Se desprecia la participación de estos mismos ciudadanos en programas culturales de proximidad en los que puedan implicarse activamente. Se fijan límites a la crítica, que sólo se admite abstracta o estéticamente politizada, y se censura (caso Leo Bassi) si es concreta.
Desvanecidas ya todas las esperanzas de que la nueva etapa protagonizada -nunca mejor dicho- por Cruz fuese otra cosa que una modernización retórica y superestructural que hace coincidir interesadamente expresiones de vanguardismo artístico-mediático con una de las sociedades más ágrafas del país, con un auténtico despilfarro de recursos, ahora sólo nos queda esperar que el inevitable pinchazo de la burbuja cultural haga el menor daño posible antes de iniciar el lento proceso de reconstrucción del tejido cultural afectado, al tiempo que encaramos la tarea de definir un nuevo proyecto cultural adaptado a nuestra realidad y necesidades colectivas.
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