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Planeta Mendoza

17.10.10 - 01:12 -
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Lo dice sin parpadear, la tímida sonrisa amplia, el pelo cano, la voz poderosamente suave: «Creo que soy la persona más vulgar que conozco». Se quita prácticamente cualquier mérito, en su encuentro con 'La Verdad', Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), todavía como flotando extrañamente en el cosmos tras haber ganado, con 'Riña de gatos. Madrid, 1936', la LIX edición del Premio Planeta, dotado con 601.000 euros y una torrencial atención mediática. Una narración -«he escrito una novela de las que me gusta leer y de las que me gusta escribir»- que «transcurre en Madrid, en un par de semanas decisivas de la historia reciente de España en las que se está fraguando algo, en las que se masca la tragedia». Un nuevo regalo para los felices lectores del autor -rico en desdén hacia la pomposidad y la pedantería- de -¡oh!- 'La ciudad de los prodigios'. Una ciudad, Barcelona, que en esta ocasión ha abandonado el escritor para elegir como protagonista a Madrid, a punto de desgarrarse por el estallido de la Guerra Civil.

Y a Madrid llega, cuenta Eduardo Mendoza, un despistado joven inglés experto en pintura española antigua que viaja a España -primavera de 1936- para tasar una posible obra de Velázquez. Y, claro, tratándose de una novela del autor de 'Sin noticias de Gurb', al personaje le pasará de todo -«es una historia de aventuras, de intrigas, de conjuras, de tiros...»-, incluido el verse envuelto en una trama de corte tanto policial como política, con personajes históricos tan reales y conocidos como José Antonio Primo de Rivera -«interesantísimo, aunque un perfecto memo», dice el novelista-, o los generales Sanjurjo, Queipo de Llano y Francisco Franco. Aventuras, tanto «clásicas como intelectuales», que transcurren en un Madrid que «estaba lleno de espías» y que sirve de geografía a una «historia de corrientes subterráneas» en la que también tienen importancia algunos de los mejores cuadros de la historia de la pintura, como 'La muerte de Acteón', de Tiziano -pueden saborearlo en la National Gallery de Londres-, cuyo título Mendoza eligió como seudónimo para presentarse al Planeta. La novela llegará a las librerías -se espera que sea todo un éxito, con la garantía de que sobrepasará sin problemas los doscientos mil ejemplares vendidos- el próximo 5 de noviembre.
-Con 'Riña de gatos. Madrid, 1936', ¿se planteó también usted de alguna manera darnos a los españoles de hoy un toque de atención? Cuidado con los errores que se repiten, cuidado con avivar odios, con resucitar fantasmas...
-La verdad es que sí...; claro, siempre asusta un poco el decir que yo quería advertir, porque la actitud de profeta y de maestro es ingrata, pero sí es verdad que, en todo el transcurso de la escritura de la novela, y quiero creer que así se refleja también en el resultado final, hay esta preocupación por una cosa que me parece importante destacar: es muy peligrosa la irresponsabilidad política del que actúa por ideas, por emociones, por intuiciones... sin calibrar las consecuencias que eso puede tener. Eso sucedió en esa época en grado extremo, y puede volver a suceder siempre. Esa época está llena de personajes de los dos tipos; hay un personaje, Azaña, que a lo largo de todas las lecturas que he ido haciendo siempre he ido volviendo a él como una de las personas más sensatas; y, por el otro lado, están los que por el convencimiento de que las cosas tenían que cambiar -'esto no puede seguir así', 'qué se han creído...»- estaban dispuestos a poner en marcha una máquina que luego ya no se puede parar. Eso se da continuamente en todas partes, y tiene muchísimos nombres. De la Guerra Civil, en este caso, me interesaba la trastienda, el inicio, cómo puede generarse un hecho así de terrible.
-¿Qué le gustaría que le sucediera al lector con esta novela?
-Me gustaría que se entretuviera, porque las obras de ficción son entretenimiento, aunque en algunos casos puedan dejar un poso importante; y, también, me gustaría que, de alguna manera, le calase en el ánimo esta preocupación por adoptar posturas de un modo responsable y no irresponsable.
-¿Por qué hay que leer 'Riña de gatos. Madrid, 1936'?
-¡Por favor! (Risas). Hay que leerla ¡por favor! Es lo mejor que se me ocurre decir...
No lo pasa nada bien con las entrevistas Eduardo Mendoza, a quien no le gustan nada ni éstas, ni aparecer en público más que lo estrictamente imprescindible; y, de paso, tampoco le gustan nada ni las verdades absolutas, ni las sentencias, ni lo tajante, ni los tópicos, ni los tontos del bote, ni la vulgaridad, ni los falsos profetas, ni los profetas, ni los pedantes, ni soñar despierto, ni dormir mucho, ni vestirse de Caperucita Roja. A Eduardo Mendoza -¡felicidades!- le debemos los lectores todo lo que nos hemos reído con 'Sin noticias de Gurb' y su buena literatura, desplegada en títulos e historias tan diversas como salvables de la quema; desde 'La ciudad de los prodigios', una de sus grandísimas y aclamadas novelas, hasta el 'El asombroso viaje de Pomponio Flato'.
Es muy tarde, plena e inquietante madrugada, en el Palacio de Congresos de Cataluña, obra del arquitecto Carlos Ferrater, donde ha tenido lugar -viernes por la noche- la multitudinaria cena de entrega del Planeta, presidida por la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde. A nuestro alrededor hay mesas vacías, copas vacías, botellas de cava vacías, restos de mil perfumes, ecos de aplausos, de felicitaciones, de risas, y también alguna decepción flotando en el ambiente; por ejemplo, la del autor calasparreño Fulgencio Caballero, cuya novela 'La caja de membrillo' logró situarse entre las diez finalistas al premio y que resultó eliminada en la primera votación del jurado.
Mendoza está -algo- más tranquilo tras haber finalizado hace ya también un rato la rueda de prensa más concurrida que ha protagonizado en su vida, y su esposa, la excelente actriz Rosa Novell, lo observa todo desde una distancia prudencial. La actriz está radiante, mientras su marido rebosa una elegante discreción aderezada con una dosis lógica de nerviosismo. Los mensajes de felicitación no cesan de llegarle al móvil, pero él esperará, paciente, educadísimo, a concluir la entrevista.
-¿Le causa mucho desasosiego el momento presente?
-Un cierto desasosiego sí que me provoca el presente, porque tengo la impresión de que nuestras actitudes personales van un poco a la deriva; no tenemos ni criterios claros, ni fe en nuestras propias posibilidades, y sólo entendemos una forma de actuación: la queja.
-¿También la conveniencia?
-También la conveniencia, y el que no va por ese lado va por el de la queja. Sí, tengo una cierta sensación de que hemos perdido el rumbo, pero no querría yo ahora hacer un balance general de la situación del mundo, estoy muy feliz en estos momentos (sonrisa de oreja a oreja).
-¿Cuándo escribe usted?
-Escribo por las mañanas; cuando era muy joven escribía por las noches hasta las tantas, pero eso se acabó y ahora, después de desayunar y de hojear la prensa, me pongo a escribir muy seriamente hasta la hora de comer; por la tarde, pues bueno, entro en el ordenador y, como todos los que usamos el ordenador, pierdo el tiempo lamentablemente y acabo haciendo crucigramas, que es para lo que sirven los ordenadores. Por la mañana escribo a mano e intento hacer algo de provecho, y por la tarde lo paso a limpio y... ya por por ahí me disperso de cualquiera manera; y al día siguiente lo mismo y al día siguiente lo mismo...
-¿No se cansa?
-No, eso es lo que me gusta hacer. Y si un día no puedo mantener esta rutina tan poco 'glamourosa', me desespero. A veces me dicen eso de '¡tenemos un plan muy divertido!', pero para mí el plan más divertido es el que le digo, no hay otro. Eso sí, ¡empezar una novela da una pereza! Es como decirte 'me voy a ir andando de aquí a Moscú con una mochila'. ¡Madre mía qué pereza!
-¿De dónde surge la imagen de los gatos que riñen?
-De una pelea de gatos en un callejón oscuro, por la noche. Cuando se pelean van a por todas, dan miedo, aunque sean cobardicas y perezosos.
-¿No sé si aún le pasa que no tiene usted las cosas claras?
-Así es, nunca he tenido las cosas claras, ni tampoco ahora las tengo, y ya creo que me moriré así, ¡qué le voy a hacer! Además, tampoco me gustaría que fuese de otro modo, porque las personas con las que me he encontrado que dicen tener las cosas claras, lo que de verdad sucede es que no dicen nada más que tonterías. Unas tonterías tremendas. Desconfío de los que dicen saber qué hay que hacer para resolver este problema o el otro porque ellos lo tienen muy claro. Escuche el otro día a un señor explicar lo claro que tenía cómo salir de esta gran crisis económica y, conforme lo escuchaba, pensaba: ¡Menos mal que no está en tus manos sacarnos de ella! ¿Cómo es posible decir tantas tonterías sin que realmente pase nada?
-¿Y no piensa que puede ser peligrosa esa falta de claridad?
-Desde luego, productiva sí que no lo es; y económicamente te puede ir fatal, pero aunque quisiera no podría tenerlas más claras.
-¿Cuál es su reino, señor Mendoza? Ana María Matute, que ganó el Planeta en 1954 con 'Pequeño teatro', dice que, de tener alguno, su reino sería el de la duda.
-Aspiro al mismo reino que Ana María, así es que tendremos que ver ella y yo cómo nos lo repartimos. Pero, como la conozco bien, sé que Ana María se refiere a la capacidad de no renunciar a la sorpresa, al descubrimiento diario de nuevas cosas, a rectificar cuando hay que rectificar, a corregir cuando hay que corregir, a ordenar cuando hay que ordenar.
-¿Es usted ordenado?
-Yo me paso la vida ordenando mi mesa de trabajo, y no sé lo que hago pero el caso es que está siempre desordenada.
-¿Cuando de pequeño inventaba historias escribiéndolas en un papel, soñó alguna vez que era un rey?
-Jamás ha sido una de mis fantasías la de ser rey, y viendo los ejemplos que hoy vemos, no creo que lo vaya a ser jamás. Soñaba con ser un héroe, me imagino, o rockero, o futbolista, o una cosa así.
-Para convivir con la realidad, ¿ha tenido usted muchos problemas?
-Los mismos que todo el mundo, supongo. Creo que soy la persona más vulgar que conozco. No tengo ninguna particularidad, a no ser que sí la tenga y sea corto para enterarme.
-¿Consiguió manejarse bien en ella?
-He aprendido a no cruzar el semáforo en rojo, incluso a no hacerlo cuando está intermitente. Procuro no ser nada conflictivo, ni conmigo mismo, ni para los demás. No puedo decirle nada sorprendente, ya ve.
-De nuevo, en esta novela, el tema de la conspiración como algo muy presente en nuestras vidas aparece en una obra suya...
-Esa idea me inquieta, incluso me obsesiona profundamente. Tratando en mis obras estos temas de intrigas, de traiciones... lo que pretendo es conjurar este fantasma. No sabemos hasta qué punto, en estos momentos, estamos siendo víctimas u objetos de una conspiración.
-Un día dijo que pensaba de sí mismo que, como escritor, es «un producto muy poco original». ¿Continúa pensándolo?
-Nada original. Recojo retales que han dejado los otros, y hago con ellos algunos vestiditos. Nada más.
-¿Se imagina cómo hubiera sido su vida de haber conseguido ser, como quiso en algún momento de su infancia, torero, explorador o capitán de barco?
-(Risas). Sé que en alguna ocasión dije esto que usted me señala, pero no lo dije en serio. No he tenido más vocación, si se puede decir así, que ser escritor. Nunca he dudado, por ejemplo, entre ser escritor o torero. ¿Me imagina usted acaso triunfando como torero?
-Bueno, se ve cada torero por ahí.
Del camino andado como escritor, ¿está satisfecho?
-Del resultado que he obtenido profesionalmente, claro que sí. Sé el extraordinario lujo que es poder dedicarse sólo a escribir y la libertad que eso te da. Como escritor, tengo un coste de producción cero y no hay edad para la jubilación; no puedo quejarme. En cuanto a lo que llevo escrito, no estoy satisfecho, la verdad. A estas alturas, sé bien mis limitaciones y la gran diferencia que hay entre lo que uno ha imaginado que escribiría y lo que al final ha escrito.
-Y como persona, ¿se puede usted mirar a la cara con tranquilidad?
-Con tranquilidad, sí; con orgullo, no. Sé bastante bien cómo soy y no tengo fantasías conmigo mismo. Una de las cosas que tenemos los escritores, creo, es que carecemos de imaginación para engañarnos a nosotros mismos.
Se abre para Eduardo Mendoza un nuevo capítulo de su vida tras ganar el Planeta, un premio al que durante muchos años nadie creía que se presentaría. Él mismo contó, tras recibir el premio, que el recordado editor José Manuel Lara Hernández le pidió hasta en tres ocasiones que concursara, a lo que el escritor siempre le respondió que -ay- no tenía nada escrito. Un día, Lara -ay- le dijo: «¡Lo que no tienes tú es lo que hay que tener para presentarte al Premio Planeta!». Ahora, Mendoza dice haber saldado gustoso -ay- su deuda con él.
Lo dice sin parpadear, la tímida sonrisa amplia, el pelo cano, la voz poderosamente suave: «Creo que soy la persona más vulgar que conozco». Se quita prácticamente cualquier mérito, en su encuentro con 'La Verdad', Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), todavía como flotando extrañamente en el cosmos tras haber ganado, con 'Riña de gatos. Madrid, 1936', la LIX edición del Premio Planeta, dotado con 601.000 euros y una torrencial atención mediática. Una narración -«he escrito una novela de las que me gusta leer y de las que me gusta escribir»- que «transcurre en Madrid, en un par de semanas decisivas de la historia reciente de España en las que se está fraguando algo, en las que se masca la tragedia». Un nuevo regalo para los felices lectores del autor -rico en desdén hacia la pomposidad y la pedantería- de -¡oh!- 'La ciudad de los prodigios'. Una ciudad, Barcelona, que en esta ocasión ha abandonado el escritor para elegir como protagonista a Madrid, a punto de desgarrarse por el estallido de la Guerra Civil.
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El novelista Eduardo Mendoza, ganador del LIX Premio Planeta. :: LLUIS GENE

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«Procuro no ser nada conflictivo, ni conmigo mismo, ni para los demás», dice el autor de 'Riña de gatos. Madrid, 1936', fotografiado ayer. :: M. FERNÁNDEZ

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