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El valor de la tradición

LA TRIBUNA DE 'LA VERDAD'

El valor de la tradición

03.09.10 - 01:23 -
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La palabra tradición se aplica a una costumbre, fiesta o espectáculo que se viene celebrando desde hace siglos. Esta pervivencia a lo largo del tiempo le confiere unas notas de permanente e inalterable y, según algunos, hasta de sagrado y eterno. Sin embargo, no hay más que mirar al pasado para comprobar lo equivocados que están los que defienden estas ideas. La historia nos muestra cómo las tradiciones han ido desapareciendo y dando paso a otras nuevas. Es la consecuencia de la continua evolución de la sociedad: cambia la cultura, la sensibilidad, la moral, los valores y principios por los que se rige.
No cabe duda de que estos cambios se producen en sentido positivo. La marcha del devenir humano, aunque sufriendo también grandes retrocesos, ha ido en dirección ascendente. Nadie puede negar que hoy vivimos en un mundo con unos valores superiores a los de tiempos pasados. Muchas actuaciones humanas que ayer eran consideradas acordes con la moral, hoy las calificamos de bárbaras e inmorales. Este es un hecho incuestionable. Luego entonces ninguna costumbre aún vigente se puede defender sólo porque sea una tradición. Es más, el hecho de ser una tradición es motivo para sospechar que ya no se identifique con los valores actuales.
En España tenemos desde hace siglos la tradición de los festejos con toros bravos. Se comprende que se dieran estos espectáculos en otras épocas donde la crueldad era aceptada por la moral. Y no sólo con los animales sino también con los hombres: las torturas de la Inquisición, la esclavitud, etc. Pero hoy los valores han cambiado, cada vez hay más países donde se reconocen los derechos de los animales y, sobre todo, los deberes de los humanos con ellos. Por ello, los intentos de exportar la fiesta de los toros a otros países han fracasado rotundamente. En China, Rusia, Arabia Saudí y EEUU han celebrado una corrida y nunca más han vuelto a repetir otra.
También en España va perdiéndose la afición, se han cerrado las plazas de Canarias y Cataluña y han ido disminuyendo los festejos, principalmente en Baleares, Santander, Asturias y Galicia. La juventud actual no va a las corridas como antes. A la vista de esta evolución más bien parece que estamos ante una reliquia del pasado. Aunque los partidarios del toreo se resisten a admitir que los tiempos cambian y que el sacrificio de estos animales, en la forma en que se hace, tiene los días contados. Más tarde o más temprano tendrán que cambiar el espectáculo, sin torturar al animal, o se cerrarán las plazas. Cuándo desaparezcan las generaciones educadas en el «pan y toros» del franquismo, ¿cuántos españoles nacidos en la democracia seguirán con la afición a los toros? Por supuesto, muchos menos que ahora. Los amantes de esta fiesta no lo ven así, y están en su derecho de creerlo, pero exponen razones que no son muy convincentes, sobre todo, esa de basar su continuidad en el hecho de ser una tradición.
Defender las corridas con el argumento del valor del torero y del arte que pone en su actuación puede tener su justificación. Lo que ya no es justificable es que esto prevalezca sobre el sufrimiento de un animal, y más aún si se trata de un mamífero superior que tiene un grado de sensibilidad bastante parecido al nuestro. Pero todavía resulta menos sostenible el considerar como hecho fundamental de su permanencia el que sea un festejo tradicional. No tienen en cuenta que la tradición es algo vivo, que nace en un momento determinado, evoluciona con el paso del tiempo y termina por desaparecer y dar paso a otra nueva. Es el transcurso natural de la vida, en la que las tradiciones están al servicio del hombre y no éste al servicio de aquellas. Si se hicieran permanentes e inalterables la sociedad se anquilosaría, quedaría incapacitada para adaptarse a los cambios inevitables que le permiten competir con otras culturas y terminaría por desaparecer. Es lo que ha sucedido a lo largo de la historia con diversas civilizaciones.
Por tanto, la defensa de los toros debe centrarse en los valores que conllevan y que éstos sean preponderantes sobre sus aspectos negativos. Pero dejemos ya de una vez lo de la tradición, porque esto más bien debería verse como un argumento en contra. Las tradiciones están para abandonarlas cuando ya no sirven a la nueva sociedad. De lo contrario estaríamos hipotecando el presente y el futuro, haciéndonos esclavos del pasado.
La historia nos muestra cómo las tradiciones han ido desapareciendo y dando paso a otras nuevas. Es la consecuencia de la continua evolución de la sociedad: cambia la cultura, la sensibilidad, la moral, los valores y principios por los que se rige
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