El nombre de la playa -aunque el término playa es un regalo que no se merece- que puede ver en la fotografía no puede ser más elocuente ni ajustarse más a la realidad. El Pudriguel es una de las últimas zonas de baño de La Manga. Y está podrida. Bueno, hablemos con propiedad. Lo que están podridas son las algas que se llevan depositando encima de la arena desde hace mínimo dos años, según los vecinos de la zona. Por ende, la putrefacción ha alcanzado a la playa y también a la zona.
Este espacio de tierra murciana -qué vergüenza decirlo- podría ser una estampa perfecta. Estoy por jurar que se incluiría en las mega-creativas campañas de publicidad turisítica que se saca de la chistera Mister PAC, el consejero de la cosa. Es uno de los últimos pedacitos de tierra de La Manga y las tonalidades del mar, de la roca y de la arena son diferentes. Un espectáculo sensorial digno de un destino único para el turista como es La Manga del Mar Menor. Pero mejor que no pasen por aquí. No volverían.
¿Cómo es posible que una playa que podría ser una cucada sea ahora el destino de millones de toneladas de algas muertas? Habrá que preguntárselo al Ayuntamiento de San Javier. Aunque esto es como lo de Los Urrutias. Hablo de lo que veo. Ya habrá tiempo de preguntar, si es que no han huído del país después de leer estas líneas. Lo que está claro, gracias a las conversaciones mantenidas con diferentes residentes en la zona, es lo que hace el Ayuntamiento. La cosa sucede de la siguiente manera.
Camiones muy solidarios y muy esperados ellos van recogiendo algas de las playas del Mediterráneo que competen a San Javier. Cargan las algas a palazos y desaparecen de allí. Y la gente de la zona aplaudiendo y dando vítores y vivas a lo 'Bienvenido Míster Marshall', evidentemente. Pero las algas no desaparecen. Los camiones los llevan hasta El Pudriguel y las descargan allí, las vierten al mar y adiós. El mar las recibe, las mareas las empujan y las algas vuelven a las playas de las que salieron. Los camiones vuelven a aparecer a la semana o a las dos semanas. Vuelven a cargar las algas, se les vuelve a aplaudir -la gente no sabe que ¡son las mismas algas!- y vuelven a desaparecer. Así un día tras otro, un mes tras otro, desde hace dos años. «Aquí no han aparecido camiones desde el 15 de julio, pero damos gracias a Dios. Mire cómo está esto, mire». Quien habla es Juan Antonio Arques, del Club de Golf Veneziola, que se está pensando muy seriamente, junto con otros vecinos, contratar un camión para que limpie la playa y extienda arena. Les va a salir baratito. «Parece que nosotros no pagamos impuestos, me cago en...». Arques nos enseña una zona en la que las algas han formado casi un acantilado, y que el lector puede apreciar al fondo de la imagen. «Esto antes no existía. Antes esto era playa, agua... Ahora es mierda». Mierda pura, confirmo. Mierda de la que salen millones de mosquitos asesinos si pisas encima. Y sin pisar también. Este manto de algas es zona 'non grata' para humanos. Los insectos la han colonizado. Qué asco.
Es para echarse las manos a la cabeza. Otra zona en la que deberían poner la toalla todas las autoridades competentes en la gestión de la costa, aunque bien es cierto que aquí el Ayuntamiento de San Javier se lleva la palma. Vamos, los representantes públicos de los sanjavierinos. Qué desecho de virtudes, virgen santa. Qué innovadoras y eficaces medidas para cuidar La Manga. Qué manera tan útil de emplear los impuestos. Que tíos. Qué mentes. Es para coger un camino, como dice el rey del pollo frito. Sí, un camino hacia el infierno.
De hecho, estoy por proponer que el concejal de Medio Ambiente -o lo que sea- y la alcaldesa opten a una cátedra de su nivel para poder explicar al mundo académico cómo lo han hecho para destrozar una playa en menos de dos años. Cómo es posible que se gestione así la recogida de algas. Me encantaría saber cuánto dinero han pagado para que se haga este trabajo. Cuánto le ha costado a los vecinos. No sería de extrañar que muchos de ellos se queden con las ganas -entiéndase- de plantarse en la puerta del Ayuntamiento con una cerilla en una mano y en la otra un bidón de gasolina para expresar su alegría por tan eficaz gestión municipal. Y un mensaje a esos 'responsables': no llamen aquí para explicar nada. Estamos trabajando. Ya les llamamos nosotros.