Le atraen los puntos extremos. Por eso Jaime Núñez viajó en moto de Santiago de Chile a Uhsuaia, al sur de Argentina. «Se le considera el lugar más austral de Sudamérica, aunque en realidad lo es Port Williams, que es chileno». El recorrido le resulta ideal porque combina costa, montaña y desierto, y, «como hablan tu mismo idioma, te unes más a la gente». Tiene 50 años. Es salmantino, de Alba de Tormes. Siente predilección por lugares deshabitados; los disfrutó siguiendo la Ruta 40 y la carretera Austral. «Fueron 8.000 kilómetros. Es algo que no se te olvida en la vida».
Le advirtieron que el viento patagónico es un serio enemigo. No lo creyó del todo. «Pero me tiró de la moto en tres ocasiones. Es tan fuerte que, aunque vayas a 70 kilómetros por hora, te saca de la pista». Fue lo peor del viaje, junto a la lluvia y el 'ripio', que es como llaman a la pista de piedra volcánica entre Bariloche y El Calafate. La abordó con respeto. «Aunque luego vas aumentando la velocidad, porque si no, no llegas nunca. El problema surge cuando te confías». Sobre todo en tramos de 400 kilómetros, donde no te cruzas con nadie. «El momento más comprometido fue la rotura del radiador que sufrí en El Calafate, porque supuso perder tiempo y tenía previsto el vuelo de vuelta». Para un recorrido de treinta días, lo mejor es ir con moto alquilada. «La contratas por internet. Está tirado». Los preparativos fueron más complicados: le llevaron cinco meses.
Hubo muchos momentos inolvidables. «Avanzar por la carretera Austral a pesar de la lluvia, viendo sitios maravillosos y superando dificultades». Algunos lugares míticos te desilusionan, puntualiza. «Pero el glaciar Perito Moreno no te defrauda. Impacta. El viento sopla con fuerza y oyes caer los bloques de hielo». Para apreciar todo eso, tienes que ir «con ilusión y ganas. Lo demás es superfluo». Cuando arrancas la moto, dice, debes recordar que viajas a las casas de otros y te tienes que adaptar a sus costumbres. Y aceptar como normal que un coche «circule por el arcén en dirección contraria, que la gente atraviese corriendo la autopista o que cualquier autobús frene bruscamente para recoger a un viajero».
Torres del Payne
Poco más requiere la aventura. «Sólo unos repuestos básicos. El buen viajero va ligero de equipaje». Con esa mentalidad cruzó Núñez por primera vez Los Andes, entre Chile y Argentina. Lo hizo por el paso Samoré, bautizado así en honor del cardenal que limó las tensiones entre ambos países enzarzados en disputas fronterizas. De Chile recuerda la ciudad de Osorno, «llena de lagos y volcanes», y las Torres del Payne, «una maravilla». Recorrió Argentina hasta Tierra del Fuego, atravesó el Canal de Beagle para ver leones marinos y navegó por el Estrecho de Magallanes.
«Físicamente es un viaje cansado, aunque todo depende de cómo te lo plantees. Si lo haces en 19 días, te metes etapas de 900 kilómetros entre pecho y espalda». Siempre cumpliendo las normas no escritas de los moteros: «Saludar con ráfagas de luces y con la mano, atender a quien tenga problemas en la carretera, parar y conversar si te encuentras con otro compañero». Y llevar encima algo para comer, por poco que sea. «Basta una chocolatina, un plátano, unas galletas. Para salir del apuro».