La resaca, bendita resaca, del Mundial nos ha madrugado con el soniquete de la refriega mitinera y el ardor en los escaños como simulación del último esfuerzo antes de que sus señorías consumen dos meses de asueto. Todo fachada sin relevancia arquitectónica. El debate sobre el Estado de la Nación no ha sido un ejercicio robusto de política de fondo, sino un simulacro de carril incapaz de arrojar mensajes novedosos a la opinión pública. Acostumbrado a gobernar con la impostura de un prestidigitador, Rodríguez Zapatero se ha limitado en esta ocasión a exigir resignación a los ciudadanos y silencio a la oposición con una ensalada de frases hechas y un batiburrillo de tópicos vacíos de contenido. Ni siquiera ha amagado en esta ocasión con vender humo, esperanzas de alivio o convicciones de éxito especialidad de la casa con las que engañar al estómago. A estas alturas de la legislatura, es insólito que la rendición de cuentas del presidente del Gobierno se reduzca básicamente a recordar a Mariano Rajoy que nunca ha ganado unas elecciones y retándole a presentar una moción de censura porque eso, sin haber ocurrido, es agua pasada.
El nacionalismo, escarmentado de Zapatero en los días pares y arrobado bajo la magia de su mirada en los impares, simplemente se dedica a hacer su trabajo. Sacudir la estera y guiñar un ojo; apretar tuercas para atornillarse al dinero y los privilegios que les conceden la ley electoral y la extrema debilidad de este Ejecutivo a medio camino de legislatura, a medio camino de la nada. Es julio. La semana que viene quedará fijado en las Cortes el techo de gasto y Zapatero resbala por el tobogán de su indolencia ganando minutos a las horas. Todos reservan su armamento para el otoño, que en verano el sol derrite el plomo y la munición se vicia de obsoleta. CiU finge no estar en disposición de apoyar los presupuestos generales en otoño y pasea su victimismo balbuceando chismes contra la Constitución, como si alguna vez el nacionalismo catalán hubiese vivido mejor que con la Constitución. Más de lo mismo con el PNV, supurando rencor mientras flirtea y flirtea. Y a la hora de la verdad, cuando haya que apretar el botón del escaño, el cinismo travestido de 'responsabiliad' volverá a insuflar oxígeno al enfermo en coma.
El debate sobre el Estado de la Nación sólo ha sido un divertimento ocioso de estío, la superación desdeñosa de un trámite, un simple ejercicio de supervivencia con el que llenar los minutos de la basura del periodo de sesiones, una ficción política que a pocos consuela... El otoño asomará con una huelga general, con un paro en picado, con la recuperación económica tiritando en el alambre del funambulista sin red, con multitud de sondeos de fabricación casera, y con un creciente componente de irritación masiva a la espera del milagro que Rodríguez Zapatero es incapaz de encarnar. La tribuna del Congreso no debió servir para exaltar la propaganda propia de un mitin, sino para rendir cuentas de un año de fracasos y rectificaciones con un mínimo de autocrítica. Pero el 'síndrome Blancanieves' ha surtido efecto en Zapatero. ¡Espejito, espejito…! Así, amarga la bendita resaca a cualquiera.