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Nadin Ospina: «He recibido amenazas, pero no me iré de Colombia»

Cultura

Nadin Ospina: «He recibido amenazas, pero no me iré de Colombia»

El artista pop Nadin Ospina, comprometido en la lucha contra la violencia, expone 'Tierras Colombianas' en Cartagena, dentro de La Mar de Músicas

13.07.10 - 00:54 -
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Vino tinto. Eso pedirá para beber en Cartagena, donde se dispone a comer «despacio y conversando», tras una larga mañana atendiendo a los medios de comunicación, el internacional pintor pop colombiano Nadin Ospina (Bogotá, 1960), hambriento de pan y también de alegría, porque lleva adherida a su imposible camisa estampada una pena de sangre, no de óleo ni tinta. «Hace unos meses murió mi madre de una forma terrible; la he visto sufrir de una manera espantosa, con una enfermedad degenerativa que la fue limitando y limitando de un modo despiadado....; me ha marcado mucho su dolor, ha sido desesperante...», cuenta el artista, que expone en el festival La Mar de Músicas, este año dedicado a su país ácido/tierno, una selección de sus celebradas obras -cultiva la instalación, la pintura y la escultura- reunidas bajo el nombre con sabor a prometedor viaje de 'Tierras Colombianas', una aventura estética e ideológica con aromas a selva, imperio, mar, bandidos, ironía, denuncia -de todo maltrato, de toda imposición- y antropofagia cultural, porque Ospina devora culturas y hace con ellas un zumo nutritivo que apuesta por la libertad, la suma de culturas y la resta de prejuicios; 'Tierras Colombianas' podrá disfrutarse, en el Palacio Molina, hasta el 31 de agosto.
Con un trago de vino sabe mejor... la vida. «Lo mejor de la vida es tener cada día la posibilidad de vivirla, y ser consciente de esa suerte. Yo soy -reconoce- de los que viven día a día la emoción de poder despertarte, respirar, comer, besar a la mujer, a los hijos... ¡es fantástico!». Estar vivo, sentirse vivo y dispuesto a una tarea que él cree ineludible. «No puedo entender otro modo de estar en la vida que no sea defendiendo la libertad», explica sin aspavientos pero rotundamente. «Defiendo la libertad y -añade- lucho contra las restricciones traídas por la violencia y por todo tipo de actitudes autoritarias y de abusos políticos. Estoy en contra, de forma activa, de todo tipo de abusos, los lleve a cabo el poder político o el económico; no me relajo ante ellos». En su quehacer artístico, del que surgen obras que fusionan las formas precolombinas con figuras como Mickey Mouse -sus inconfundibles orejas adornan a sus personales parejas copulando de la cultura Tumaco o a sus guerreros aztecas- o los Simpson, también está muy presente la violencia que golpea a su país: vía narcotráfico, guerrilla, secuestros, odio y todo tipo de sangre derramada.
-¿Estamos condenados a que no acabe la violencia?
-Siempre será parte de la condición humana, pero ojalá que el conflicto en Colombia pudiese ser superado y se acabase con los intensos niveles de violencia en la que ha estado envuelto el país en los últimos años; ojalá así fuera, pero no soy muy optimista dado que las condiciones sociales de la población y el consumo de narcóticos a nivel mundial hace que siempre haya en mi país una guerra latente por el control de estas mafias.
-¿Qué propone usted hacer?
-Como artista: reflexionar, meditar sobre ello, llamar la atención, 'hacer resistencia'; para mí no ha sido fácil esta postura de resistencia. En algún momento he recibido amenazas: de grupos de la guerrilla y de gente de la izquierda y de la derecha, porque allí hay todo tipo de facciones, pero no me iré de Colombia. En algún momento me he cuestionado el hecho de vivir allí, por la enorme dificultad de las circunstancias, pero hay que estar ahí, no me rindo.
Una voz necesaria
-¿Por qué?
-Porque yo creo que el papel del artista tiene un sentido ético, poderoso y necesario en su sociedad. El artista es una voz, una voz que llama la atención sobre la realidad, que la traduce, que la denuncia, que la combate. No entiendo muy bien a esa gente que desde la distancia hace crítica de lo que ocurre en su país.
No le interesa nada a Nadin Ospina el arte concebido como decoración, como simple consumo estético, como divertimento sin más, como mercancía para mover dinero. «La obra tiene un poder matérico, físico, que me interesa mucho, como también me interesa la belleza, pero todo eso unido al pensamiento, a la reflexión, a la denuncia», precisa el artista, quien ya ha perdido por completo «el respeto a la crítica de Arte, que es muy dura en Colombia, muy caníbal. A mí lo que digan de mí no me importa, tengo ya un caparazón muy fuerte».
Crítico sin caer en el panfleto, practica un extraño y engañoso exotismo que funde el juego con la reflexión, y que conduce al espectador a un universo singular: en él se premia la inteligencia y se castiga a los que se dejan manipular; un universo que provoca sonrisas aderezadas con pellizcos en el estómago, y que invita constantemente a tener una visión lo más amplia -y constructiva posible- del mundo ancho y ajeno en el que andamos dando más y más vueltas.
Siempre quiso Nadin Ospina ser artista, desde que se acostumbró a dejar volar la imaginación y las manos recorriendo las luminosas estancias «de la inmensa casa de mi abuela en el centro de Bogotá». Su abuela, otra de las mujeres que han marcado su vida: «Tenía una mentalidad muy particular, un punto disparatada, loca; me permitía hacer todo tipo de cosas en su maravillosa casa, y eso ayudó a forjar un poco mi temperamento artístico». Eran los años en los que se mezclaban las horas sin límite en el cuarto de juegos, la aparición del primer televisor, el aterrizaje vía EE UU de los pantalones vaqueros y las hamburguesas, y las ganas de comerse el mundo por dentro y por fuera.
Un mundo en el que las mujeres parecen protegerlo, estén vivas o muertas. «Siento que estoy en casa cuando estoy con mi familia: mi mujer, mi hija, mi perro...; soy un Tauro típico que vivo feliz con las plantas de mi jardín y que añoro siempre mucho mi hogar. Me encanta viajar, pero siempre que esté garantizado el regreso pronto al hogar».
Pide Nadin Ospina, a quienes decidan visitar su exposición en Cartagena, «que la miren muy despojados de prejuicios, y que se permitan la capacidad de reflexionar sobre 'el otro', en este caso sobre la realidad de un país como Colombia». Y si alguien le pregunta ¿arte para qué?, él responde, sin dudarlo: «Para pensar, arte para pensar». Y se dispone a comer despacio, con vino tinto, aparcado el calor a la puerta del restaurante, mientras Cartagena se somete apacible al silencio hambriento del mediodía. Él brindará por el sentido del humor, «imprescindible para vivir».
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Nadin Ospina, ayer con una de sus obras en el Palacio Molina de Cartagena. :: PABLO SÁNCHEZ/AGM

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