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Un reventón de los que hacen época

LA CIUDAD PERDIDA

Un reventón de los que hacen época

04.07.10 - 00:30 -
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Del asombro a la tragedia. Así se podría resumir un hecho histórico que fue calificado de nefasto y que supuso un frenazo en la construcción de presas y dio lugar al nacimiento de la primera Escuela de Ingenieros de España. Ese suceso, ocurrido el 30 de abril de 1802, no fue otro que el reventón del pantano de Puentes, una obra considerada en su momento como modelo de ingeniería.
La presa, la de mayor tamaño construida en España hasta entonces, con 286 metros de longitud, ocho de anchura en la coronación y 50 de altura, con planta rectilínea y cimentación realizada sobre pilotes de madera incrustados en la arena era, para la época, algo colosal, admirada por ingenieros de todo el mundo y causaba asombro a todo aquel que la veía.
El proyecto de esta presa fue del arquitecto Jerónimo Ortiz de Lara con el objetivo de sustituir a otro embalse anterior que hubo en el estrecho de Puentes que se había roto en agosto de 1648. Tuvieron que pasar 137 años y el impulso modernizador del reinado de Carlos III que envió a Lorca como delegado regio a Antonio Robles Vives, para que se volviera a poner en candelero la necesidad de construir un pantano con el objetivo de poner remedio a la escasez de agua en el campo lorquino.
El proyecto fue aprobado en 1785, las obras se prolongaron hasta 1788, en que el pantano empezó a represar agua, aunque realmente concluyeron en el año 1791. Desde entonces, como las lluvias no eran cosa del otro mundo el embalse no se había llenado. Sin embargo, los primeros meses de 1802 fueron de copiosas precipitaciones, en especial en marzo en que se llegaron a recoger, actualizando el sistema de mediciones, 220 litros por metro cuadrado.
El agua se acumuló de tal forma en el pantano que amenazaba con desbordarse, aunque nadie imaginaba que hubiera peligro real. Así se llegó al viernes 30 de abril de 1802 en que poco antes de las cuatro de la tarde las caracolas, un sistema utilizado en la época para avisar de crecidas del Guadalentín, empezaron a alertar a la población de la llegada de una gran avenida.
Las campanas de las iglesias, empezando por la de San Juan que dominaba desde lo alto el curso del río, repicaron también, mientras de fondo llegaba hasta Lorca un estruendo ensordecedor y muchos vecinos daban gritos alertando de que había reventado el pantano.
Todos los que vivían en las cercanías del cauce, especialmente los del barrio de San Cristóbal y Puerta de San Ginés, corrieron despavoridos hacia los cabezos cercanos buscando escapar de la amenaza que sobre ellos se cernía, mientras los que ya estaban situados en zonas altas, según cuentan las crónicas de la época, vieron llegar como una gigantesca ola de 12 metros de altura que arrasaba todo lo que encontraba a su paso. La ola entró de forma brutal en la ciudad destruyendo viviendas, fábricas y vías públicas, sembrando el pánico entre los vecinos.
Muchos años después, el cronista oficial de la ciudad, Joaquín Espín Rael, relataba con minuciosidad lo ocurrido diciendo, entre otras cosas, que «desde la Puerta de San Ginés a la de la Palma y Alamedas, más la parte baja del barrio de San Cristóbal, San Diego y hasta donde alcanzaba la vista, todo era un rugiente y espantoso lago sobre el que flotaban cadáveres de personas y animales, maderos a los que se asían convulsos por el espanto seres infelices, árboles enormes destrozados, muebles, peñones que el agua impulsaba y hacía dar tumbos...».
Y en otro pasaje de su relato agregaba que según un testigo de los hechos, «a las tres menos cuarto empezó a salir una creciente cantidad de agua del cimiento de la presa a manera de palmera, y así continuó hasta que a las tres la presa dio un estallido regular y reventó, para dar lugar a un arco horroroso de seis metros de altura, que después quedaría ampliado tras otro ensordecedor estallido que haría desaguar millones de metros cúbicos de agua, en apenas una hora».
Los expertos calculan que el caudal punta fue de 8.000 metros cúbicos por segundo. Las aguas llegaron a Murcia a las diez y media de la noche causando también numerosos estragos. El balance, en el caso de Lorca, no pudo ser peor. Murieron 608 personas, entre ellas Antonio Robles Vives al que sorprendió la riada cuando iba en un coche de caballos a la altura del molino de Buenavista; quedaron destruidas 809 casas así como 229 barracas de la huerta. Fueron arrancados más de 41.000 árboles e inutilizadas 691 fanegas de tierra.
En canto a la repercusión en la agricultura y ganadería se contabilizaron 1.732 fanegas de sementero de trigo destruidas, 458 de cebada, 124 de lino y 397 de legumbres y hortalizas. Desaparecieron 119 fanegas de trigo en especie, 2.313 arrobas de aceite, 192 bestias y 211 cerdos.
Quedaron arruinadas dos puertas monumentales de la ciudad (la de la Concepción y la de los Arcángeles), la Fuente del Oro y 30 fábricas de paño, 22 de salitre, 3 de jabón, una de curtidos, 3 batanes, 11 de tintes de lana, 4 de tundir paños, 8 molinos de harinas y 9 de aceite, 6 tahonas, 2 carnicerías, 2 cuarteles de tropa, el matadero, el lavadero público, 9 mesones y 5 alfarerías.
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Así quedó el pantano de Puentes tras el reventón. :: A. M.


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