Al contrario que tantos otros políticos, Domingo Aranda (Churra -Murcia-) sigue sin hallar la piedra filosofal ni, pese a su intensa y profunda religiosidad, le ha permitido la Divina Providencia dar con la fórmula para la multiplicación de los panes y los peces. Es un alcalde de pueblo, tiene sueldo de alcalde de pueblo y vive tal y como debería vivir cualquier alcalde de pueblo que no tenga ingresos 'atípicos', que no sea rico de familia o que no pueda demostrar haberse convertido en heredero de un tío desconocido que un día olvidado emigró a América.
Quiere decirse con esto que con su sueldo de 2.700 euros limpios al mes (ahora, tras el recorte de un 8%, no llega a los 2.500 euros) y con una familia numerosa que mantener (Carmen, su esposa, y cuatro hijos: Luis, María del Carmen, Miguel y Domingo), resulta comprensible, aunque quizás poco habitual, que a día de hoy sus posesiones materiales sigan siendo las mismas que hace once años, cuando ganó las primeras de las tres elecciones locales de las que ha salido victorioso: vive en el mismo piso en que se instaló a su llegada a Caravaca en 1980 (una modesta casa con más de 30 años de antigüedad) y tiene un turismo, marca Toyota, que ya conoce bien lo que es que le miren los bajos y le prueben los frenos en la ITV.
«Si se las está llevando, desde luego las tiene bien escondidas y no las está disfrutando», bromea un viejo amigo suyo, para seguidamente, y ya en tono serio, dejar bien sentado: «Se puede poner la mano en el fuego por él; yo, desde luego, la pondría». Incluso miembros de la oposición política, representada por el PSOE, y que le reprochan su teórica imprevisión y su anárquica manera de gestionar la 'res' municipal, así como las «excusas infantiles» con las que intenta en ocasiones justificar el incumplimiento de compromisos adquiridos, admiten que no tienen el menor indicio para dudar de su honradez.
Que no era el dinero ni la riqueza el 'leitmotiv' de su vida ya lo puso de manifiesto Aranda hace dieciseis años, cuando en compañía de dos amigos, el médico Antonio López Bermejo y el profesor de instituto Orencio Caparrós, decidió poner en marcha la Fundación Española para la Lucha contra la Leucemia. La feliz iniciativa -llegó a tener medio millar de socios y ha captado unos 7.000 donantes de médula ósea- surgió de una circunstancia trágica: el marido de su prima hermana enfermó de leucemia y murió en poco tiempo, antes de encontrar un donante compatible.
Fue entonces cuando, frustrado y dolorido, el entonces pediatra Domingo Aranda se asoció con 'El Berme' y 'El Orro' y los tres se conjuraron para hacer algo, lo que fuera, por unos enfermos cuyas perspectivas de futuro, por aquel entonces, no eran halagüeñas. La madera de la que estos tipos estaban hechos quedó probada en el instante en que, tras informarse de que el antiguo Hospital General no podía realizar trasplantes de médula ósea por la falta de una cámara de aislamiento que costaba 30 millones de pesetas, suscribieron un préstamo personal y regalaron esa instalación a la sanidad pública.
Consejero abochornado
Pese a los esfuerzos de los tres amigos por ocultar que habían tenido que avalar el préstamo con sus propias viviendas, el asunto se descubrió el día elegido para presentar esa nueva infraestructura hospitalaria y el consejero de Sanidad de turno, que ya se disponía a colgarse una medalla que no era suya, acabó abochornado ante tamaño ejemplo de generosidad y desprendimiento. La historia, publicada por este periódico, les valió a los tres caravaqueños la cancelación del préstamo y un premio de 'Los Mejores 1995' de La Verdad, en cuyo acto de entrega fueron presentados, simplemente, como «tres hombres buenos».
La 'culpa' de que Caravaca de la Cruz perdiera poco después a un excelente pediatra, de los que curan el cuerpo y el alma - «cuando un niño enfermaba de gravedad y había que trasladarlo a la Arrixaca, él se desplazaba hasta allí para seguir su evolución», recuerda un vecino-, y de que ganara un alcalde más o menos competente -en esto ya sí que no existe unanimidad y las consideraciones van por barrios, o por ideologías-, la tiene Ramón Luis Valcárcel. El presidente del PP murciano, quien en otras ocasiones ha estado falto de tino a la hora de designar alcaldables y de nombrar a consejeros, parece que hizo pleno con Aranda, toda vez que no sólo le ha ganado con holgura las tres elecciones a las que se ha presentado, sino que además no parece que se vaya a convertir, como otros, en carne de banquillo.
Aficionado del Real Madrid, más cervecero que 'vinero', sigue conservando los mismos amigos que tenía antes de llegar a la política -«más alguno de esos 'arrimaos' que buscan la sombra del poder»-, pero se ha ganado algún serio detractor. Y aunque camina por la vida tratando de pasar desapercibido y sin meter ruido, casi en actitud de pedir perdón por existir, se ha convertido en protagonista de la actualidad semanal por la dura respuesta que como alcalde, aunque por boca de la Junta de Gobierno, ha dirigido al Hermano Mayor de la Cofradía de la Vera Cruz, José Luis Castillo.
«Cómo lo tendrá de harto, hasta qué punto lo habrá sacado de sus casillas en estos meses, para que Domingo se haya decidido a enseñar las garras por una vez. Él, que es de los que siempre pone la otra mejilla», comenta un cercano colaborador.
Y es que Domingo Aranda bien podría ser comparado a un oso panda, de aspecto siempre tierno y bonachón, aunque en el fondo no deje de tener zarpas y fuertes mandíbulas. Si hasta ahora no las había mostrado no ha sido por falta de oportunidades, sino exclusivamente por su carácter bonancible. Las críticas a su gestión, por muy en el ámbito político que se produzcan, le afectan en lo más íntimo, lo hieren profundamente, y lo han vuelto huraño y desconfiado; algo que no era cuando empuñó por vez primera el bastón de mando. Nada comparable, en cualquier caso, con las reacciones que esas descalificaciones son capaces de despertar en su esposa, Carmen, mujer de armas tomar y de las que le echa las cruces de por vida a cualquiera que haya osado meterse con su marido.
Dicen quienes le tratan a diario que parece revestido de un aura de benignidad y ternura, de forma que su sola presencia tiene un efecto balsámico. «A mí me tiene subyugado; yo estoy que mato por él», confiesa un alto funcionario municipal que afirma haber sido testigo, en diversas ocasiones, de cómo Aranda no ha dudado en ayudar de su propio bolsillo a vecinos que estaban atravesando por una situación crítica. «Vienen al Ayuntamiento para pedirle auxilio, porque les han cortado la luz o el agua, y si se ha agotado la partida de asistencia social, echa mano de su cartera y les da lo que lleve encima», sostiene, sinceramente emocionado.
Lo que en el fondo le ocurre, quizás, es que nunca ha dejado de sentirse un médico de pueblo. El mismo que hace tres décadas largas aprendió que sanar el alma es tan importante como atender al cuerpo y que hizo de la frase «los médicos no somos dioses; sólo herramientas de Dios» el sentido de su existencia.