«Mi primera tarea es recobrar la confianza de la gente, reconstruir el país y crear un partido en el que todos los miembros puedan permanecer juntos y decir con confianza: sí, podemos». Emulando a Barack Obama, el nuevo primer ministro de Japón, Naoto Kan, lanzó esta arenga nada más ser investido el pasado viernes por 313 de los 477 diputados de la Cámara baja de la Dieta (Parlamento).
Con tal declaración de intenciones, Kan, de 63 años, pretende recuperar el entusiasmo por el cambio económico y social que generó su antecesor, Yukio Hatoyama, antes de que su promesa incumplida de cerrar la base militar de Estados Unidos en la isla de Okinawa arruinara su crédito político y forzara su dimisión. Pero el 'irritable Kan', como se le conoce por sus frecuentes salidas de tono, necesitará algo más que 'obamamanía' optimista o su habitual franqueza dialéctica para remontar el vuelo del imperio del sol naciente. O, al menos, para permanecer en el cargo un año, el tiempo máximo que aguantaron sus antecesores antes de hacerse el 'haraquiri' político.
Desde que Junichiro Koizumi abandonó en septiembre de 2006 tras un inédito lustro de mandato y arrolladoras victorias en las urnas, la todavía segunda economía del mundo ha conocido cinco primeros ministros. Su sucesor, Shinzo Abe, dimitió un año después acosado por varios escándalos de corrupción que mermaron no sólo su Gobierno -donde hasta se suicidio el titular de Agricultura-, sino también su salud. A Abe le siguió el gris burócrata Yasuo Fukuda, a quien ni siquiera su larga experiencia en la Administración le permitió resistir en el cargo más de un año. Tras renunciar por su debilidad parlamentaria ante el bloqueo de la oposición, le relevó en septiembre de 2007 el 'halcón' de la derecha Taro Aso, cuya derrota en las elecciones de agosto del año pasado puso punto y final a medio siglo de hegemonía del Partido Liberal Demócrata (PLD).
Sin pedigrí
A diferencia de sus antecesores, Kan no pertenece a la aristocracia política que ha dirigido Japón desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ya que su padre no fue ministro, sino el director de una fábrica. Famoso desde que en 1996 destapó que miles de hemofílicos se habían contagiado de sida al recibir transfusiones con sangre infectada, es un político pasional y apartado de los corsés de la estricta sociedad nipona.
En 2004 se afeitó la cabeza y fue peregrinando de monasterio en monasterio como penitencia por no haber podido hacer frente al pago de pensiones. Como responsable de la Oficina Nacional de Estrategia en el Ejecutivo Hatoyama, lidió con la poderosa burocracia nipona para recortar sus abultados gastos. Y, a pesar de sus orígenes izquierdistas y su militancia ecologista y pacifista en los 70, como ministro de Finanzas viró hacia posturas económicas más conservadoras al defender la austeridad en el gasto para controlar la elevada deuda pública, que ya supone el 200% del Producto Interior Bruto (PIB), y la subida de impuestos. Un programa que irritará a más de un japonés.
Pero, de momento, el cambio de Hatoyama por Kan ha conseguido frenar el declive del Partido Democrático de Japón (PDJ). Según una encuesta de la agencia Kyodo, su nivel de aceptación ha pasado del 15,6% al 36,1%, devolviéndole las esperanzas para las elecciones del 11 de julio a la Cámara alta.