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Miniparaíso escondido

LA RUTA

Miniparaíso escondido

Aledo guarda en el Estrecho de la Agualeja una joya geológica, un santuario natural que impacta al visitante

14.05.10 - 01:58 -
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A poco más de dos kilómetros de la localidad amurallada de origen medieval que es Aledo, al sur de Sierra Espuña, se encuentra el Estrecho de la Agualeja, la Algualeja o la Alboleja. Un paseo ideal para olvidarse del ajetreado mundo: junto a la rambla los móviles pierden su cobertura y en el interior del estrecho se tiene la sensación de haber viajado a otro continente o incluso de estar viviendo un sueño. Esta propuesta es ideal realizarla en primavera, siempre que el cielo no amenace lluvia, porque en ese caso, la rambla se convertiría en una trampa peligrosa.
Ubicado en el tramo medio de la rambla de Lébor, el pequeño recorrido está perfectamente señalizado y acondicionado. Saliendo de Aledo -en dirección a Nonihay (RM-C21)- se encuentra a la izquierda (antes del km. 2) el camino asfaltado que conduce hasta el área recreativa del mismo nombre, en el que hay cocinas, fuentes y mesas techadas para preparar una buena merendola. Este espacio está dotado de papeleras y contenedores, por lo que no tiene ninguna explicación que la zona esté llena de desperdicios, salvo la falta de civismo y conciencia ecológica de los que la frecuentan, ya que el valor del entorno en el que está merece ese mínimo esfuerzo.
Los coches se pueden aparcar en la explanada, junto al área recreativa, y el itinerario es circular, aunque les recomiendo que lo inicien antes del puente que lleva a este espacio. En este sentido, el recorrido es descente.
La primera parte del itinerario discurre por la margen derecha de la rambla y desde arriba apenas se intuye la belleza que oculta entre sus estrechas paredes. Eso sí, si se camina en silencio, el relajante ruido del agua, que enriquece el paseo, deja intuirlo. Este estrecho se salva atravesando un puente realizado con traviesas de tren y el recorrido no tiene pérdida. Almeces e higueras escalan desde las profundas y húmedas paredes del estrecho para acaparar los rayos de sol.
Un poco más adelante, el camino se bifurca. Cogiendo el de la izquierda: se accede a un mirador de atractivas vistas con un reloj solar al que hace tiempo le robaron la aguja; por el de la derecha: vamos a las escaleras que descienden hasta la rambla, una atractiva entrada a un edén oculto. Ya durante ese descenso, se puede ver en las paredes la huella de la historia geológica de la zona. Aunque más adelante será mucho más patente.
Vegetación de ribera
Al finalizar el descenso, tres grandes algarrobos reciben al caminante con su sombra. Junto a ellos, quedan restos de una balsa (hoy casi colmatada y derruida) en la que se almacenaba el agua que luego se distribuía por la huerta de Totana mediante un sistema de acequias que ha dado servicio durante centurias. Esta balsa también recogía el agua de lluvia que corría por el estrecho, mediante una serie de galerías con lumbreras, que aún se pueden apreciar en el Estrecho de la Agualeja.
Si sigue en el mismo sentido de la marcha, descenderá por la margen izquierda de la rambla. Una pequeña olmeda comienza a espigar junto a unas pitas de porte mastodóntico, donde la vegetación de ribera se ha afianzado. A los olmos se suman un buen número de ejemplares, ya crecidos, de álamos plateados y hasta almeces; uno de ellos, centenario, se ha quedado empotrado en un pequeño acueducto que salva la rambla y se ha resistido a morir. Paleras en flor y diversos tipos de cactus conviven con lavandas, romeros y zarzas en este paraje semiárido en el que la naturaleza gana una y otra vez la partida a la depredadora especie humana. En las paredes de la rambla se puede observar la huella del mar que millones de años atrás bañó este territorio, a través de lo que parecen arrecifes de coral o huellas de los numerosos organismos que agujereaban su fondo.
El paseo por este tramo de la ribera puede prolongarse lo que el caminante desee, siempre que tenga en cuenta que enseguida la sombra escasea (hay que ir provisto de gorra y agua) y que luego habrá que desandar lo andado.
Pasadizo a otro mundo
Ya de regreso y bajo la protectora sombra de los tres algarrobos gigantes, le espera la mayor de las sorpresas. Un miniparaíso escondido que impacta y sorprende al visitante. En lugar de volver a subir las escaleras, desvíese a la izquierda y descienda hasta la base de la rambla, que deberá remontar. Ya en estos primeros pasos, la frescura de la brisa adelanta el hallazgo de un verdadero santuario de la madre Tierra.
Las altas paredes en las que se encajona la rambla invitan a entrar a un país de fantasía, en una película al más puro estilo Indiana Jones, con el sonido del agua, el canto de los pájaros y el eco de sus pasos como banda sonora. En algunos tramos, la rambla se estrecha tanto que da la impresión de que el recorrido se acaba, pero no es así. Reconocido como tesoro geológico por los expertos (es Lugar de Interés Geológico), no son pocos los visitantes que atentan contra este espacio privilegiado armados con rotuladores, llaves o punzones, horadando una piedra a la que la naturaleza le ha costado milenios darle su peculiar forma: estalactitas que han ido creciendo amparadas en las raíces del arbolado superior y que han construido (y siguen construyendo) pequeños altares naturales y bóvedas; o paredes verticales conquistadas por singulares bosques de musgos, líquenes y helechos.
El agua es la reina de este enclave, un agua cristalina pese a que la tierra arcillosa desprendida tras la roturación del Cabezo del Molino -donde estaba pensado construir la Urbanización Monte Aledo Resort, hoy paralizada por los tribunales- ha deteriorado en parte esta bella rambla. Tras unos 300 metros perdido en el laberinto multicolor de piedra y agua que es este estrecho, un salto de unos dos metros cierra el paso. Si se atreve a escalarlo -no es difícil-, el estrecho continúa aún un tramo más, en el que se aprecia la mano del hombre para dominar los elementos naturales, así como unas escaleras esculpidas en la piedra.
Al final, una pequeña charca masificada de ranas da la última sorpresa al caminante, que puede regresar al punto de inicio ascendiendo hacia la derecha por el camino o volver a recorrer, hacia la izquierda, la parte alta de la rambla para acabar su recorrido en el mirador del reloj solar.
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Vista del Estrecho de la Agualeja, encajonado entre las paredes pobladas de vegetación.

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Parte de la población de ranas de la masificada charca que hay al final del recorrido por el Estrecho de la Agualeja.

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Dos de los algarrobos que crecen al pie de la rambla.