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La ciudad que soñó el alcalde Caballero

LA MURCIA QUE NO VEMOS

La ciudad que soñó el alcalde Caballero

La pasarela dedicada al primer edil y renombrada del Martillo cumple cuatro décadas

02.05.10 - 01:52 -
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El tren, como si de un autobús se tratara, detenía su traqueteo de hierros y humo, antes de cruzar el paso a nivel de la carretera de Madrid. En ese instante, los pasajeros descubrían que la estación de Zaraíche quedaba a un golpe de piedra. Aunque inesperada para los forasteros, aquella era la última parada del convoy. Allí, un empleado descendía de la cabina para bajar la barrera. No había guardia. Después de que los vagones superaban el asfalto, volvían a detenerse un instante para esperar que el muchacho, tras subir la barrera, regresará a la locomotora.
Esta costumbre, si bien parece arrancada del siglo XIX, se observaba en Murcia en 1970. Hace apenas cuarenta años. Pero el lector avisado no debería confundirse. Porque aquél año, en gran medida por la gestión del alcalde, Miguel Caballero, condensó tantos avances y cambios que aún hoy nos asombran. De hecho, según la mayoría de los autores, tendrían que pasar cuarenta años para que Murcia volviera a experimentar un cambio similar.
La modernización de las redes de abastecimiento y saneamiento permitieron construir nueve estaciones depuradoras mientras el Consejo de Ministros aprobaba contratar las obras de la presa del Taibilla, un embalse con diez millones de metros cúbicos que permitiría no cortar el suministro cuando las aguas llegaran turbias. Por otro lado, se abordó la revisión del Plan General de Ordenación Urbana, aunque no se hallaba solución para el problema de la recogida de basuras. «Con las basuras de Murcia nadie quiere quedarse, ni un solo licitador», publicaba 'La Verdad'. Así, resultó un fracaso la empresa mixta que, en dos ocasiones, propuso el Consistorio.
La cuestión de los ensanches de las carreteras nacionales en sus cuatro accesos a la ciudad se había paralizado. El Ministerio de Obras Públicas exigía al Ayuntamiento capitalino que expropiara los terrenos necesarios para la ampliación de las vías antes de sacarlos a subasta. Pero la expropiación ascendía a ochenta millones de pesetas. Más asequible pareció un proyecto para «mantener en pie el Teatro Romea»: Apenas dieciocho millones.
Respecto a la enseñanza, se abordó la construcción de hasta 138 unidades escolares y un colegio adopta un revolucionario sistema de pago, proponiendo unas cuotas basadas en los ingresos de los padres de los alumnos. Precisamente fue una maestra de Librilla la que en 1970 se convirtió en la primera alcaldesa de la historia. Setenta mil turistas visitaron Murcia durante la Semana Santa.
Javier Azagra sería nombrado Obispo de Cartagena en el mismo año, Murcia se unía vía telefónica con ocho provincias más, y quedó prohibida la venta de leche a granel. Los Reyes de España visitan una ciudad en plena renovación y que, según las estadísticas, era capital de la quinta provincia con más cuentas corrientes en los bancos, «aunque modestas porque, en razón de los saldos, ocupamos el puesto decimonoveno», advertiría un diario.
El alcalde Miguel Caballero, más que un político al uso, fue un técnico ejemplar. Cuando accedió a la Alcaldía el 3 de mayo de 1965 ya atesoraba una nutrida experiencia como ingeniero industrial en el propio Consistorio, primero, y después como teniente de alcalde de Policía Urbana, a la que incorporó al desfile del Entierro de la Sardina. En su toma de posesión aseguró que quería «ser un buen alcalde». Y, con la perspectiva inapelable de los años, lo fue. Política aparte -si acaso eso es posible-, Caballero fue más práctico que contemplativo, apostó por transformar los proyectos en realidades, reduciendo plazos y trámites administrativos.
El impulso al urbanismo, tanto en la capital como en las pedanías, la instalación de 18.000 puntos de luz en sus siete años de mandato, la construcción de escuelas y la primera fase de la Ciudad del Transporte fueron algunos de los logros que consiguió el primer edil. La inversión en obras de mejora de la ciudad se acercó a los 900 millones de pesetas de la época. Incluso proyectó un represamiento del río Segura que lo haría navegable, tal y como ideara en su día el gran Saavedra Fajardo.
La restauración de los faroles del Puente Viejo, los jardines de la Cruz Roja, conocidos más tarde como jardín Chino, y la puesta en funcionamiento de la fuente de la Redonda, en la entonces llamada Plaza del Generalísimo -nombre que, por lógica, no tuvo fortuna alguna- embellecieron el paisaje urbano de la ciudad.
Nueva pasarela
En 1968 habían comenzado las obras de un nuevo puente que uniría Vistabella con el barrio del Infante. Conocido como el Puente de la Feria, por ir a desembocar a su altura, fue inaugurado al año siguiente. Luego, en 1970, le tocó el turno a otra pasarela, entre el barrio de El Carmen y el Palacio Episcopal.
Este puente, desde entonces indispensable en la reordenación del tráfico, fue obra de José García León, entonces ingeniero de la Jefatura de Obras Públicas. La infraestructura, hoy conocida como Pasarela del Martillo, costó algo más de 5,5 millones de la época, de los cuales aportó el Ayuntamiento de Murcia tres millones y los vecinos, el resto.
El Ayuntamiento de Murcia aprobó, el día 31 de mayo de 1977, designar con el nombre de Alcalde Miguel Caballero esta pasarela, «uno de los tres puentes sobre el río Segura, concebidos y conseguidos para la ciudad durante el tiempo de su mandato». Bien lo merecía.
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En obras. La construcción de la pasarela, en 1971, a punto para asfaltar.

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Nombramiento. El alcalde Caballero tomó posesión el día 3 de mayo de 1965.

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Monseñor. También en 1970 llegó a Murcia el hoy obispo emérito Javier Azagra.


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