Podría ser otra noche; pero ha sido ésta. Igual otro año, mira; pero ha sido éste. Y me he acordado de ti para llorarte, madre y esposa nazarena que un día te marchaste, o quizá te llevó este Cristo de La Sangre que asalta el Puente Viejo sobre el río remoto, dejando huérfana la almohadilla de alfileres, esos que unían la camisa con la túnica para que no se moviera.
Madre nazarena de puntadas certeras que hoy se clavan en mi alma. Me he acordado de ti al paso de la Samaritana, al contemplar su cántaro cómo el agua fresca que me despertaba, aún dormida la noche, con las puertas enclavadas, y tú ya andabas despierta cuando la radio anunciaba: «No hay riesgo de mal tiempo, no hay tormenta esta mañana». ¡Qué alegría verte alegre con la carita empolvada!
El aroma a leche hirviendo aclara la madrugada. Es el salón un museo de medias almidonadas, de enaguas y de esparteñas, de rosarios y de varas, de estantes que se retuercen, de corbatas estampadas. Todo habla de la Sangre, de esta sangre que me asalta todo el año en El Carmen, que dirige su mirada hacia la huerta, como si mirara un horizonte de estampas cofrades veladas.
Todo ocupa su sitio antes de rayar el alba: en la mesa, las estampas; en el aparador, las habas; las monas junto a la puerta; el rosario sobre el arca; y las cintas y las ligas en tu delantal guardadas. Hasta el taburete chico al que con maña trepabas porque los hijos crecieron, no alcanzabas ya su espalda. «¡Mira a ver la contraseña, que no haya problema a la entrada!». Parece que te estoy oyendo dando voces en la sala. Medio rezando un rosario, madre de santas canas.
En el dedo, un dedal; y una sonrisa en la cara. ¡Que tú nunca te quejaste, que tú jamás lamentabas el madrugar, la vigilia, el levantarte al alba para rezarle a La Sangre porque el miércoles llegaba! Así se vestía el abuelo, así la abuela lo arreglaba. «¡Venga, corriendo hasta El Carmen, que la Samaritana no aguarda!». Y así un año con otro, la vida se te pasaba, sin desear el lucirte en la carrera, sin que nadie te mirara. ¿Dónde guardaste los años, madre de mis entrañas? Que en esta noche rojiza, cuando el viento nos espanta, siento verte en las esquinas, en la tarima acodada, en la cuarta o quinta fila sonriendo, enamorada, cuando el Cristo de las Penas va clavando su mirada.
Esta tarde de Sangre antigua, al ver a Lázaro cruzar el Arenal, alguna duda me asalta. ¿A ti te gustaba más este paso donde Marta se enfadaba? ¿O era el Lavatorio, el que le sigue a la zaga, el de González Moreno, que cuajado de santos pasa? Acaso era el tuyo el Pretorio, con el Berrugo y las habas, las mismas que escogías siempre a prisa por la plaza, como si fueran rubíes, verdes como esmeraldas. O antes, la Negación, donde el gallo a todos espanta. ¿Te acuerdas de aquellos besos que en la puerta regalabas?
Paso de Jesús en casa de Lázaro, veinticinco años te contemplan, con firma de Hernández Navarro, con gubia de plata y estrellas, ¡qué bonito desfilabas bajo la tarde serena! Junto a la Puerta del Pozo la tarima se queda pequeña. Y quisiera entretenerme en admirar tu belleza.
Pero no tenía tiempo, pues el recuerdo me asalta ante el pelotón bendito, de los torpes que le llaman. ¡Cuántas madres nazarenas escoltan la carrera colorada! ¡Cuántas junto a la puerta ante el nazareno exclaman: «¡Anda con Dios, hijo mío, que la procesión no sea mala!». «Tú mete bien los riñones, qué nadie me diga nada». Y así pasaban los miércoles, miércoles de mis entrañas. Pero quiso este Cristo, Cristo que un Ángel ampara, que mientras vertía su sangre, por tu nombre te llamara. Y se acabaron las noches, se eclipsó la madrugada, se marchitaron las flores que aquel trono engalanaban. Andaba sobre el Segura, cuando la brisa escampa, recordando tu mirada, cuando me vinieron a buscar: «¡Tu madre se ha puesto mala!».
Yo esperaba contemplarte, en la Glorieta sentada, con las bolsas que a tus pies, cuajadas de caramelos y habas, aguardaban que llegara. Y alcé los ojos al Cristo. Y sentí que me miraba, que hasta en sus santos ojos la sangre se le cuajaba. No se atrevió a nombrarme, nadie dijo una palabra, nadie mencionó que la muerte el trono santo rondada. Mira que ni mis estantes se atrevieron a nombrarla.
Pero yo sabía que tú, madre nazarena guapa, ya nunca madrugarías, jamás volverías la cara al paso de Jerusalén, ¡ese que tanto te gustaba!, ni al ver al Cristo rendido, el de las penas humanas, volverías a emocionarte, quebrada en lágrimas la cara. ¿Quién me arreglará ahora? ¿Quién se levantará al alba? ¿A quién entregaré las flores que al San Juan siempre engalanan?
Vete en paz, madre buena, mayordoma de postín, cofrade de raza antigua, penitente hasta el confín de tu alma nazarena, estante de morera recia, de la Sangre comisaria, música de bocina de cinc, que ojalá en el Paraíso, donde te sientas galana, sigas rezando por mí. Que yo seguiré atando en la tarima mi alma.