Se hace de noche. No queda un alma en el cementerio. Es hora de cerrar y de irse a casa. Cuatro figuras aún deambulan entre las tumbas recogiendo los bártulos de trabajo. El silencio es absoluto, ninguna habla entre sí. Van ataviadas con un mono de trabajo, antes limpio, ahora manchado de tierra fresca. Les falta el pico, la pala y la cara de psicópata con la que a menudo las películas retratan a los enterradores. Pero no todo es como lo pinta la ficción. El sepulturero de carne y hueso es totalmente distinto.
Alumbres, Santa Lucía y San Antón. En cada uno de esos tres camposantos municipales trabajan cuatro enterradores. Algunos callados y otros dicharacheros. Hay de todo.
Atrás quedaron los mitos donde se comparaba un cementerio con un sitio lúgubre y tenebroso que muy pocos desearían como lugar de trabajo.
«Es como estar en una oficina. Unos trabajan entre ordenadores, nosotros entre tumbas. A mí no me da ni asco ni repelús. Si mi compañero lo hace, ¿por qué no lo voy a poder hacer yo también?», se pregunta José Álvarez Casanueva, quien lleva 31 años en San Antón.
Sin embargo, todos los sepultureros coinciden en que los inicios se les atragantaban. «Entré para ocuparme del mantenimiento y he acabado como enterrador. Al principio no me gustaba, pero me he acostumbrado. Es un trabajo muy tranquilo», dice un serio Alfonso Orellana que espera a que se cumpla la hora para irse a casa a descansar.
A pelo
El calzarse con las botas, el mono y la mascarilla, si hace falta, para abrir una fosa e inhumar o exhumar un cadáver ha dejado de ser una tarea propia de los que tienen algo más de estómago. «Ahora viene mucha gente a pedir trabajo aquí», aseguran tanto el encargado de San Antón, José Carlos Vidal; como Manuel Alfonso Jiménez, el sepulturero más veterano de Los Remedios.
La crisis ha hecho que muchos busquen una nueva ocupación donde nunca antes se lo habían planteado. Sin embargo, los puestos ya están cubiertos. «Hay cuatro y no necesitamos más. Para enterrar con dos sobra. De hecho, nosotros sólo tenemos dos enterradores fijos y dos suplentes que se dedican sobre todo al mantenimiento, pero si lo necesitamos echan una mano», comenta el oficinista de Los Remedios, José Juan Eulogio.
¿Quién dijo que en todos los cementerios se trabaja igual? Utilizan los mismos materiales, si tienen que hacer el traslado de un cuerpo de una fosa o nicho lo realizan a primera hora de la mañana pero no con el mismo procedimiento.
Mientras que en el de San Antón utilizan un mono blanco, gafas de plástico, guantes de látex y mascarillas de papel para trasladar los cadáveres que lleven enterrados menos de cinco años, en el de Los Remedios, trabajan a pelo. «Nada ni guantes siquiera. El olor es desagradable, pero ya estamos acostumbrados. ¿No ves que llevamos haciendo esto muchos años?», inquiere Manuel Alfonso Jiménez, mientras fija la vista en el coche fúnebre que acaba de llegar.