El domingo lo pasó Encarna, abogada y administradora de fincas, limpiando escaleras. Como sus vecinos del edificio nuevo en el que invirtió sus sueños y 160.000 euros hace dos años, tiene un turno fijo de escoba y fregona, ya que las deudas que soporta la comunidad de propietarios han obligado a prescindir del servicio de limpieza que tenían contratado. Tampoco pueden pagar los ascensores, así que les toca subir por las escaleras con los niños, la compra o las maletas a cuestas. Ni disponen de garaje, ya que les han cortado la luz por impago y no pueden abrir ni cerrar la puerta.
Encarna y su marido, que pagan religiosamente los recibos de la comunidad, padecen las consecuencias del impago de un destacado 'vecino': el promotor del edificio, que aún es propietario de 14 de las 24 viviendas del inmueble. Las casas no se venden, y el promotor asegura que no dispone de dinero para abonar los recibos porque a su vez soporta letras impagadas. Y la deuda, mes a mes, se va haciendo más grande.
En abril de 2008, cuando Encarna y su marido compraron su flamante piso recién construido de tres dormitorios, garaje y trastero en la carretera de Alcantarilla, todo iba sobre ruedas. Pasaron los meses y la crisis de la construcción empezó a asomar la pata. 14 de las 24 viviendas se quedaron sin vender, y siguen a nombre del promotor, que dejó de pagar la comunidad. A él se sumaron un par de vecinos morosos, y en diciembre pasado la situación se hizo insostenible. Tuvieron que prescindir del administrador de fincas porque no podían pagarlo, y Encarna y su marido, que también son administradores, se hicieron cargo de la tarea. Les está costando la salud y muchos berrinches. «Mi timbre suena a cualquier hora del día con problemas. Ahora mismo sólo podemos pagar el seguro de la comunidad, el agua y la luz, y seguimos debiendo dinero porque el promotor no paga ni da soluciones».
Encarna y su marido
El matrimonio ha ido viendo como algunos inquilinos han decidido abandonar el barco, y otros propietarios han hecho las maletas para buscar algo de alquiler mientras no mejoren las condiciones. Ellos piensan seguir peleando por su sueño de tres dormitorios. «Nos costó 27 millones, pero desde luego que no vivimos como se supone que deberíamos vivir en un piso de ese precio».
Las quejas son muchas: «No podemos usar el ascensor porque hemos suprimido el servicio antes de que la empresa nos lleve a los tribunales por impago; y el garaje lo hemos recuperado después de varios días sin él dejando los coches en la calle porque nos cortaron la luz». Cuando tienen invitados, Encarna no duda en bajar la escalera del bloque de viviendas con su fregona y darle un repaso a la entrada «porque me da vergüenza que lo vean sucio».