En la memoria, que junto a la voluntad nos hace sentirnos vivos en cada momento, uno guarda la imagen, servida por las televisiones del mundo libre, de una niña cubana discurseando desde sus pocos años como el mismísimo Lenin. La criatura, aleccionada y uniformada para la ocasión, maldecía la influencia de la contrarrevolución americanizada de Miami -la gusanera, en el argot castrista- y elevaba a las cumbres del entusiasmo los triunfos del Comandante y su régimen. Los mejores frutos revolucionarios, que dirían sus maestros. Una imagen propia de un documental filmado por Leni Riefenstahl sobre el adoctrinamiento de los niños alemanes durante el nazismo. El ejemplo más elocuente de la malignidad de los totalitarismos dispuestos a troquelar por intereses ideológicos y políticos las mentes jóvenes. El método más perverso de sembrar sentimientos de odio hacia quienes piensan de manera distinta. Sin duda hubo otras niñas, como la del mitin televisado, que un buen día despertaron del sueño revolucionario con sus crueles mentiras y trataron, de alguna forma, alcanzar la libertad, algo no siempre conseguido porque el castigo de los implacables tiene los brazos largos.
Recientemente, la hermosa isla, perla del Caribe, ha surgido como noticia de primera plana; no por hechos que levanten elogios hacia sus dirigentes, cosa verdaderamente imposible, sino porque esos mismos dirigentes muestran sin reparos su escalofriante capacidad de manejo de las vidas humanas. Detenciones en masa, juicios sumarísimos y condenas establecidas con periodos de reclusión de aquí a la eternidad. Castigos severísimos para quienes intenten huir del paraíso comunista o, simplemente, cuestionen las 'bondades' de un sistema arcaico y absolutamente detestable. Esa es la Cuba de ahora mismo, la de la buena gente que, a pesar de su desgraciada situación, recibe al visitante con una sonrisa y con palabras calientes de afecto. La Cuba de los escritores que buscaron el penoso refugio del exilio, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, Zoé Valdés; la de los presos sin esperanza; la de las ilusiones rotas. La Cuba de la revolución inacabada, que mantiene en la sombra del poder absoluto a un personaje patético siempre dispuesto a recibir el abrazo de gorila del caudillo venezolano, otro que tal baila. La Cuba, en fin, en la que muchos piensan, como Schiller, que la libertad existe tan solo en la tierra de los sueños. Esa tierra soñada por Orlando Zapata, víctima del último horror, por el momento, de la dictadura cubana. Ejemplo abierto y doloroso de la crueldad del hombre con el hombre. La muerte de Orlando, tras ochenta y cinco días en huelga de hambre como protesta silenciosa por la situación creada en su país por los artífices de la represión y el castigo, representa, también, la capacidad de sacrificio del ser humano a la hora de defender derechos tan irrenunciables como la libertad.
Claro que no faltan por esos mundos de Dios adeptos y simpatizantes que manifiestan desde la lejanía -que siempre da más seguridad que la cercanía- su conformidad, adhesión y hasta su devoción hacia el tirano y su tropa. Políticos de su cuerda, intelectuales y artistas diversos (escritores, periodistas, actores, cantantes, cantautores y cantamañanas) que, como es sabido, tienen el corazón en la izquierda y la cartera en la derecha. Personajes que no admiten el análisis objetivo de lo que ocurre en un hermoso país privado de libertad. Junto a determinados gobernantes que miran para otro lado o reaccionan con estudiadas palabras de condena, más tarde que pronto, surgen progresistas indeterminados justificando a un régimen antiprogreso como el cubano. Y aparecen sujetos como un tal Willy Toledo, actor de ceja y pancarta, diciendo públicamente que Orlando Zapata no era más que un delincuente común y que existe una persecución paranoide hacia los Castro. Ante semejantes declaraciones no me explico cómo a ciertos personajes no les cae la cara de vergüenza. Claro que para que a alguien se le caiga la cara de vergüenza lo primero que debe tener es vergüenza.
Ahora, cuando en la realidad diaria de nuestro entorno nos lamentamos y sufrimos por todo lo perdido últimamente en el terreno económico y social, sería conveniente recordar que más se perdió en Cuba hace medio siglo, porque se perdió la libertad.