Cuatro cosas negras: cabellos, cejas, párpados y la pupila de los ojos; cuatro blancas: cutis, dientes, uñas y córneas de los ojos; cuatro rosas: mejillas, labios, encía y lengua; cuatro grandes: frente, ojos, pecho y caderas; y, por último, cuatro pequeñas: orejas, boca, manos y pies. Estas son las veinte características que, según algunos autores árabes, debía reunir la mujer para ser bella. Y de todas ellas hacía gala Zaida, la legendaria princesa que protagoniza la más célebre leyenda de amor que conociera el antiguo Reino de Murcia.
El pueblo de Monteagudo es único en España pues en su cima, sobre una algarabía de piteras y olivos, escombros y ramblizos por donde trepan lagartijas, y chumberas que la piojera arruinó, se mantiene de milagro un castillo desmontable. Tan cierta es la exageración que para requisar las remotas piedras de la fortaleza, y cuantas atestiguaban el paso de los romanos por estos lares, habría que desmontar la actual iglesia de la pedanía, donde fueron reutilizadas gran parte, capiteles corintios, peanas de altares que la pillesca arrambló, losas de mármol que adornaron fincas privadas y hasta las mismísimas columnas romanas que hoy embellecen la parroquial de San Andrés, en el corazón de la ciudad.
Tan prolongado ha sido el expolio del castillo que sólo despierta la sonrisa la última ocurrencia de exigir el desmonte del Sagrado Corazón que lo corona, tan anacrónico en su cima como popular en la razón, ya no en el corazón, de cristianos y ateos. Sin embargo, algo permanece intacto desde hace siete siglos: el mirador de Zaida, la bella cautiva cristiana que desposó el alcaide moro de la fortaleza.
El corazón de la joven, de quien se decía que «si miraba a un hombre enfermo lo sanaba y si estaba sano lo enfermaba», seguía amando a su prometido, un aragonés que terminó siendo capturado -mire usted por dónde- por el esposo de su amada. El musulmán, enfrascado en el gobierno de su reino, no sospechó que su mujer le era infiel. Hasta que sorprendió a los amantes en su propio castillo. La pataleta fue tal, que el marido despechado sintió ganas de convertir la fortaleza en el amasijo de ruinas que hoy contemplamos.
Quiso el cristiano sin éxito comprarle a Zaida; pero el esposo burlado no aceptó. En cambio, ordenó que lanzaran al aragonés por el mirador legendario. Nadie sospechó que Zaida, «cuya boca era un rubí del que se hizo un pequeño anillo», saltaría tras su amado. Ambos fueron enterrados juntos y el alcaide, preso aún de los encantos de la zagala, pronto perdió su vida luchando contra los cristianos.
El castillo de Monteagudo, ubicado sobre un cerro puntiagudo de casi 150 metros de altura, pronto cumplirá el milenio de existencia, desde las primeras crónicas que lo recuerdan como cárcel del destronado rey musulmán de Murcia Ibn Tahir hasta que el Rey Sabio lo transformara en su residencia. Mantuvo el edificio su importancia estratégica hasta entrado el siglo XVI, como baluarte defensivo frente al Reino de Valencia.
El conjunto palatino del siglo XII se completa con el cercano castillo de Larache y el llamado Castillejo, hogar del mítico Rey Lobo, un auténtico palacio rodeado de albercas y vastos jardines, cuyos recientes propietarios, dando muestras de su nula sensibilidad histórica, excavaron una gran balsa de riego en el espléndido patio central, precursor del célebre Patio de los Leones de La Alhambra. Hace ahora 25 años, el conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural en el año 1985, incluido -se entiende- la escultura del Cristo.
Este año, el próximo 10 de diciembre, se cumplirá el décimo aniversario de la muerte del escultor Nicolás Martínez Ramón, autor del Sagrado Corazón que corona el castillo. Nicolás recibió el encargo de proyectar una nueva escultura, que sustituyera a la que fue destruida durante la Guerra Civil. Carrocista del Entierro de la Sardina y la Batalla de las Flores, Nicolás Ramón también firmaría una capilla en San Bartolomé, junto a cientos de retablos, tallas religiosas, bustos e incluso fachadas, como la que diseñó, de estilo modernista, en la plaza de Belluga.
El primer monumento fue inaugurado el 31 de octubre de 1926, obra de Nicolás Martínez. A los pies del Cristo, de diez metros de altura, el escultor situó otras esculturas de San Francisco Javier, San Francisco de Asís y Santa Margarita María Alacoque. El conjunto fue dinamitado el día 24 de noviembre de 1936, después de que fuera aprobada en el Pleno del Ayuntamiento de Murcia la «Moción de la Minoría Socialista sobre demolición de la escultura de Monteagudo». La descomunal cabeza del Cristo, al caer, destruyó una de las bóvedas del castillo árabe.
A pesar de los avatares sufridos por el monumento, aún perdura en lo alto del castillo el triste mirador de Zaida, la bella cautiva que en tantas noches deshojó sus lágrimas desde aquel balcón remoto. Y cuenta la leyenda que, desde entonces, nunca nadie volvió a llorar de amor en la fortaleza con tanta amargura. Ni tampoco con tanta belleza.