Locos como cabras, benditas cabras. Así están de la cabeza -hirviendo de ideas-, del corazón -cegado por la pasión-, y de las entrañas -disparatadas, creativas, combativas contra toda forma de rutina- Rossy de Palma y David Fernández: locos como cabras caídas del cielo o resucitadas para la ocasión desde el mismísimo infierno -tipo Dante cruzado con Almodóvar-. Desnudo David Fernández todo el tiempo, vestida Rossy de Palma con ceremoniosos modelitos de pasarela galáctico-surrealista, uno y otra se permiten ofrecer en '(des)Variaciones Goldberg', el espectáculo medio crudo que han estrenado con enorme expectación en el Centro Párraga de Murcia, un disparatado y hermoso ejercicio de libertad escénica, de enorme poder sensorial, en el que saltan por momentos chispas palpitantes de excitación procedentes del evidente baile de seducción candente, y sin contemplaciones, que ambos se traen entre manos tanto dentro como fuera del escenario. Y el resultado es una fiesta extraña, en la que Rossy de Palma, por momentos, llega incluso a conmover por la generosidad y desnudez -de alma- con la que se muestra absolutamente rendida y boquiabierta ante el talento hiperactivo de David Fernández, un chulo de depurada chulería que además de bailarín, actor, músico y creador de sus propios espectáculos es, por encima del bien y del mal, un exhibicionista voraz cuyas delirantes andanzas en escena provocan -¡cuidado con él!- un impacto impagable y desgarrador, poético y descarnado, violento y al mismo tiempo acogedor; tiemblas, pero estás como en familia.
Sobre '(des)variaciones Goldberg', su creador ha escrito: «El conde Keyserlingk ha muerto, deja a Goldberg -su clavecinista particular (y esclavo sexual)- huérfano de patrono y del único oyente que tenía. Las relaciones entre arte y poder siempre han sido escabrosas. Se cuenta que Juan Sebastián Bach compuso las conocidas 'variaciones Goldberg' para animar las interminables noches de insomnio del conde Keyserlingk, y que Goldberg se las interpretaba al clave durante la noche... Muy probablemente esta historia es falsa, pero es bonita. Como todo lo que tiene lugar en un teatro».
Alucinaciones
A partir de ahí, David Fernández monta un circo, una 'performance', un 'music-hall' sin canciones, una pantomima, un poema visual, un festín teatral compuesto por muy variadas alucinaciones personales -en el que no falta el sexo que todo lo anima-, para el que convierte a la actriz en el conde Keyserlingk, mientras él se guarda para sí el papel de Goldberg. Y juntos -y todavía muy faltos de ensayos-, se enfrentan a 30 variaciones sobre un mismo tema, la relación entre el arte y el poder, en un espectáculo que aprovecharán como plataforma salvaje para explorar la verdadera historia que De Palma y Fernández están viviendo a mil por hora tras haberse descubierto e hipnotizado mutuamente.
Hay mil caminos por explorar en estas '(des)Variaciones Goldberg', para cuya interpretación ha aprendido por libre Fernández a tocar el clave, instrumento que domina la escena como un altar del que brotarán el deseo, los abusos, la ambición, la magia, la belleza, el desorden, la manipulación y el descaro que suelen acompañar el mareante viaje conjunto de arte y poder. Y mientras David Fernández se encumbra a sí mismo como un potente atleta que parece brotar de la imaginación de Martin Creed, o manipula sin miedos su cuerpo con un punto carnicero a lo Marcel.lí Antúnez, o se convierte sin complejos en Atlas -el jefe de los Titanes-, o pone su voz al servicio del bastante bestia pintor Parrasio de Éfeso, Rossy de Palma deja abandonados su aires de diva cómica del mismísimo Théâtre du Châtelet, y acepta gloriosa que David Fernández le grite 'te quiero' mientras le cubre la cara con un casco de guerra, la disfrace de gorila, se tumbe sobre sus piernas para que le azote el culo, o la besa con la boca inundada de sal mientras a ella se le ilumina el rostro de satisfacción. Y todo lo lleva la actriz a cabo con su sabrosa naturalidad y desparpajo, perdida por completo en la chistera del mago en cuyas manos se ha puesto sin contemplaciones. Enorme Rossy.
Noche de estreno de '(des)Variaciones Goldberg', con madre de David Fernández bajando al escenario, en mitad de la representación, para hacerse una foto con su hijo para la posteridad; retoño que dejó clarísimo el potencial sobrecogedor que tiene para la escena, así como lo bien que le vendrían, a su carrera y a su ego, ponerse en manos de directores de lujo que harían de él un hombrecito de provecho, como -¡Dios!- Thomas Ostermeier, Robert Lepage o el imprescindible Krzysztof Warlikowski. A Luc Bondy que le vayan dando mucho por saco.
Y noche de estreno en la que David Fernández, que en gloria está, se pasó tres pueblos y una carreta de cómicos ambulantes con Juan Nicolás, director del Párraga, sobre el que desplegó una excesivamente copiosa ración de violencia psicológica al anunciarle, en escena, que tenía previsto para él un regalo de cumpleaños del que jamás se olvidaría: se pondría delante de su cara y le dejaría que le hiciera una pública felación. La escena fue brutal, ¡David Fernández!, y todo tiene un límite, ¿o no?, incluso por muy chiripitifláutica que pueda llegar a ser la (des)variada gestión de Nicolás, que -abracadabra- aguantó el tipo sentadito, sin desmayarse ni evaporarse, en privilegiada primerísima fila.