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Sentido del deber

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Sentido del deber

07.02.10 - 00:29 -
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En las dificultades se conoce a las personas. Cuando las cosas van bien, todos somos buenos. La prueba decisiva se produce cuando surgen los problemas, cuando ocurren desgracias o infortunios. Entonces es cuando se demuestra el valor, el temple y la fortaleza de espíritu de las personas. Conozco a algunos que aparentan comerse el mundo, pero que cuando se les viene encima un problema, se hunden en la miseria, se meten en la cama y se niegan a salir de casa. Otros, por el contrario, que parecen poca cosa, no obstante en la desgracia se crecen y se comportan con dignidad y entereza, dan la cara y asumen los problemas con valentía.
En las sociedades pasa algo parecido. Es en los tiempos difíciles cuando se demuestra el verdadero valor de una comunidad humana. Cuando hay prosperidad, todo nos parece bien. Los políticos lo tienen muy fácil. Hay un viejo adagio que dice: «Dame una buena economía, y te daré una buena política». Y el resto de la sociedad también estará a gusto. Se producirán las inevitables disputas por el reparto del pastel, pero, aunque las raciones no sean iguales, habrá para todos.
Ahora bien, cuando surgen las dificultades, las cosas cambian. Los políticos tienen entonces que demostrar su verdadera categoría. Asumir el liderazgo en tiempos difíciles, supone capacidad para ser clarividente, para comprender con lucidez los problemas y vislumbrar posibles soluciones. Pero también implica adoptar actitudes de sinceridad. Cuando hay dificultades los políticos han de ser sinceros con la sociedad. No pueden negar los problemas, ni ocultar su gravedad. Y han de atreverse a proponer soluciones impopulares, políticamente no correctas, pero necesarias para salir de las dificultades, aunque esto enfade al electorado y haga descender en las encuestas la apreciación pública del político. Sólo en la sinceridad y en la valentía se puede fundamentar el liderazgo político en tiempos difíciles.
Claro que también en las dificultades se aprecia el valor de la sociedad, del grupo de seres humanos al que se dirigen los políticos. A veces da la impresión de que la sociedad está dispuesta a escuchar a quienes les hablan de lo mal que van las cosas, pero que, individualmente, uno por uno, no hay disposición de asumir sacrificios, ni a aceptar limitaciones o reducciones de derechos, ni a cumplir deberes que se derivan ineludiblemente de nuestra integración en la sociedad, cuyas reglas de convivencia queremos salvar. Y así, a veces parece que el problema no está en los políticos, sino en la propia sociedad. No está en que los políticos no nos propongan soluciones para la crisis, sino que es la propia sociedad, los individuos que la integran, la que no está dispuesta a asumir los deberes y sacrificios que puedan suponer las medidas drásticas que se propongan.
El Gobierno de España acaba de plantear algunas propuestas desagradables. Se habla de la necesidad de prolongar en dos años, hasta los sesenta y siete, el tiempo de vida activa; y de incrementar el periodo para el cómputo de la cuantía de las pensiones; y de reformar el mercado de trabajo; e incluso de subir los impuestos indirectos; también se ha llegado a susurrar que habría que reducir los salarios, pero la verdad es que esta propuesta nadie se ha atrevido a expresarla en voz alta. O sea, se nos dice que los españoles tenemos que trabajar más, aunque vayamos a ganar menos. Y que esta forma de arrimar el hombro a la tarea colectiva de superar la crisis, nos va a suponer más sacrificios y más deberes sociales. La reacción a estas propuestas no ha sido uniforme. Algunos, como el PP y CIU, las han considerado necesarias, aunque dicen que intentarán dulcificarlas, mediante la voluntariedad de algunas de ellas, como la de la jubilación a los sesenta y siete años. Pero Izquierda Unida y los sindicatos han rechazado abiertamente estas propuestas. Se ha hablado de que significarían un recorte de los derechos sociales, y que bajo ningún concepto se va a permitir.
En mi opinión, esta España de principios del siglo XXI goza de un ordenamiento jurídico social muy avanzado. Es el resultado de muchas décadas de lucha por la justicia social. Y la verdad es que se han alcanzado importantes cotas de protección al trabajador y a sus familias. No vivimos, desde luego, en una sociedad absolutamente justa. Sigue habiendo injusticias en la distribución de la renta. Todavía queda mucha pobreza, mucha inseguridad y mucha incultura. Habrá, pues, que seguir luchando. Pero también habría que reconocer que hay un convencimiento generalizado de los derechos propios. Todos sabemos cuáles son nuestros derechos. E intentamos hacerlos valer. En todos los ámbitos, políticos, sindicales, empresariales y judiciales. Unas veces con más razón que otras. Pero siempre con energía y pleno convencimiento de los derechos propios. No quiero decir que haya una hipertrofia de derechos, porque los derechos nunca serán suficientes, y la libertad y la justicia habrá que seguir conquistándola día a día. Lo que digo es que quizás ese convencimiento generalizado de los propios derechos no está suficientemente compensado ni moderado por el sentido del deber que a cada uno nos corresponde por ser miembros de esta sociedad. Es ese sentido del deber del que nos hablaban nuestros padres, cuando nos decían que en la vida hay que ser honrados y diligentes, generosos y justos. Tenemos el derecho a trabajar, pero también el deber de hacerlo. Tenemos derecho a retribuciones justas de nuestro trabajo o de nuestro capital, pero también tenemos en deber de contribuir con nuestro sacrificio a que no se arruine la empresa en la que trabajamos, o a que no quiebre nuestro sistema colectivo de protección social. En fin, tendríamos que estar dispuestos a ser austeros y sacrificados, cuando la supervivencia de nuestro modo de vida depende de ello.
En los últimos treinta años hemos avanzado mucho. En la década de los setenta del siglo pasado, al que defraudaba a Hacienda se le consideraba un tío listo, socialmente admirable. Ahora ya se le considera un chorizo, un insolidario, porque la gente sabe que con los impuestos de todos se pagan los hospitales, las escuelas, las carreteras. Hemos avanzado, pues, pero aún es preciso hacerlo más en lo que respecta a ese sentido del deber cívico. Tenemos que convencernos de que la incorporación a la vida social implica no sólo disfrutar de derechos, sino también asumir deberes. Trabajar más. Trabajar mejor. Estudiar más. Formarse mejor. Amar el trabajo bien hecho. No se trata de que nos convirtamos todos en japoneses, que trabajan y trabajan casi sin vacaciones. Se trata de que sigamos siendo españoles, pero recuperando aquello que nos decían nuestros padres sobre el sentido del deber.
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