La Verdad

Joseph Pulitzer, el genio amarillo

Joseph Pulitzer.
Joseph Pulitzer. / Archivo
  • Se cumplen 100 años de la creación de los premios de periodismo por excelencia; pero antes de predicar rigor, el editor fue uno de los creadores del sensacionalismo

Recientemente se ha celebrado el cumpleaños de Joseph Pulitzer y el 100º aniversario de la primera edición de los premios que llevan su apellido. En el imaginario popular el nombre evoca dignidad del oficio, literatura de la buena, rigor sin tacha y compromiso con la sociedad. Y sin embargo, Pulitzer fue un avispado buscavidas, un trabajador incansable, un intelectual cultivado, un empresario con un olfato extraordinario para los negocios... pero nunca habría ganado un ‘pulitzer’. Como gacetillero era exagerado, sensiblero y no muy honesto. «Los premios le sirvieron para ganarse una aureola de profesional de calidad, frente a su rival Hearst», explica José Javier Sánchez Aranda, autor de ‘Luces y sombras en la vida de un periodista genial’.

Aunque casi todo el mundo conoce este prestigioso galardón, poca gente sabe gran cosa del personaje. Joseph Pulitzer nació en 1847 en Makó (Hungría), en una familia acomodada que le dio una buena educación. Pero la muerte de su padre lo cambió todo. A los 17 años intentó enrolarse en varios ejércitos europeos, sin éxito debido a su frágil salud y su mala vista; solo fue aceptado como soldado de la Unión. Llegó a Estados Unidos sin dinero ni contactos. Al terminar la guerra civil, se mudó a San Luis (Misuri), atraído por la gran colonia de Alemania, país natal de su madre. Trabajó de camarero, estibador, bombero, cochero y enterrador. A veces dormía en la calle. Solía tener dos trabajos, uno de día y otro de noche; el resto del tiempo estudiaba inglés.

Su carrera periodística empezó por casualidad. Fue contratado para trabajar en una plantación de algodón y, junto a otros 40 hombres, pagó 5 dólares por el traslado, pero el vapor los abandonó a orillas del Misisipi. A su regreso a la ciudad, el periódico en alemán ‘Westliche Post’ le pidió que contara su experiencia como víctima de la estafa. La crónica les gustó y lo ficharon. Diez años más tarde ya era el dueño del diario. En esa época compaginó el periodismo con los estudios de Derecho, los negocios y la política.

El éxito de la fusión de dos diarios en el ‘Saint Louis Post-Dispatch’ le dio autonomía financiera para lanzarse a la conquista de la Gran Manzana. Con solo 36 años, adquirió el ‘New York World’, que vendía 15.000 ejemplares al día y perdía 40.000 dólares al año. Para entonces, Pulitzer ya conocía la receta para atraer a un público masivo. Fichaba a reporteros estrella, compraba exclusivas y daba prioridad a sucesos, crímenes, escándalos e historias de interés humano, con grandes titulares, ilustraciones y humor gráfico. Todo, por un centavo. «No inventó nada, pero fue muy perspicaz para robar las ideas ajenas y llevarlas a la práctica mejor que sus propios inventores», afirma Sánchez Aranda, profesor de Comunicación en la Universidad de Navarra.

Era el típico americano hecho a sí mismo: tenía altos ideales cívicos y patrióticos, pero nunca se olvidaba de la pasta. Una de sus iniciativas más célebres fue una suscripción pública para construir el pedestal de la Estatua de la Libertad, regalo de Francia. La obra se terminó con éxito en 1886 y él ganó miles de suscriptores.

La guerra de Cuba

En su libro ‘Joseph Pulitzer. Una aventura con un genio’, Alleyne Ireland, que trabajó para él en su último año de vida, recuerda sus alegatos: «El pueblo americano quiere algo conciso, contundente, pintoresco y llamativo; algo que capte su atención, se gane su simpatía, despierte su indignación, estimule su imaginación, apele a su razón y despierte su conciencia». Dicho así, no suena mal, pero la lucha por los lectores se convirtió en una guerra abierta con su principal competidor, el magnate William Randolph Hearst, propietario del ‘New York Journal’. Y la víctima fue la verdad.

A ambos se les acusa de provocar la guerra hispano-norteamericana para vender más periódicos. En 1897 un corresponsal de Hearst le pedía a su jefe que lo dejara regresar a casa. «Todo está tranquilo. No habrá guerra», informaba el reportero. El editor fue muy claro: «Usted ponga las imágenes; yo pondré la guerra».

Y así fue. Tanto el ‘World’ como el ‘Journal’ fabricaron noticias sobre los desmanes de los españoles contra la población cubana para forzar la intervención de Washington. El hundimiento del ‘USSMaine’ fue el detonante: una explosión destruyó el navío atracado en La Habana y mató a 254 marinos. Los diarios sensacionalistas acusaron a España, aunque las pruebas apuntaban a un accidente. El término ‘prensa amarilla’ data de esta época, cuando primero Pulitzer y luego Hearst publicaron en color la famosa tira cómica ‘The Yellow Kid’.

El ‘World’ era un pujante negocio con 600.000 lectores cuando, ganada la guerra, su editor consideró que las cosas habían ido demasiado lejos. El periódico siguió luchando contra la corrupción y se convirtió en un influyente apoyo del Partido Demócrata.

Pulitzer resistió los ataques de sus competidores –‘The Sun’ lanzó a los judíos contra él con una sucia campaña de desprestigio– y del poder –ganó una demanda por difamación al mismísimo Roosevelt–, pero dirigir el periódico más leído del mundo le costó la salud. En 1890 un doble desprendimiento de retina le dejó ciego. Tenía diabetes y los nervios destrozados; un ruido estridente o una alteración de su humor le producían un dolor físico insoportable. Pasaba la mayor parte del año en Europa, a bordo del ‘Liberty’, un yate blanco de 96 metros de eslora. Su mujer, una dama de Washington, y sus cuatro hijos apenas le veían.

Los médicos le ordenaron reposo, pero seguía ejerciendo a distancia un control férreo sobre su criatura; se hacía leer cada día las historias y artículos más importantes e intervenía en todos los pormenores de la vida del diario.

Como relata Ireland, durante 20 años un equipo de secretarios se turnaron para acompañarlo día y noche, pendientes de sus necesidades. Debían estar siempre listos para leer o resumir novelas o artículos, criticar obras de arte y mantener charlas tan elevadas como ingeniosas durante las comidas. No era fácil. Pulitzer era un excelente conversador, melómano empedernido, de vasta cultura. A veces les pedía que describieran un grupo humano, un paisaje o un rostro hasta el menor detalle. Su curiosidad era insaciable. Era ciego, pero seguía siendo periodista.