Silencios que gritan

Ancianos y voluntarios que participan en la iniciativa Adopta un Abuelo, en la residencia Hogar de Betania./Vicente Vicéns / AGM
Ancianos y voluntarios que participan en la iniciativa Adopta un Abuelo, en la residencia Hogar de Betania. / Vicente Vicéns / AGM

Adopta un Abuelo busca combatir la soledad de los mayores que viven en residencias. «Mi vida estaba muerta hasta que llegaron los voluntarios; charlando con ellos encuentro la felicidad que anhelaba», confiesa Antonio Mena

MINERVA PIÑEROMURCIA

Con tristeza recuerda las penurias que el tiempo ha dejado grabadas entre sus recuerdos. Antonio Mena relata, mientras una tímida lágrima se desliza por sus marcadas mejillas, las extensas colas que su madre realizaba para adquirir una modesta barra de pan durante la Guerra Civil, y los días previos a su estallido, cuando, vestido de marinero, fue fotografiado en el Puente de Los Peligros, donde lució su blanco traje de comunión. Sus historias no se desvanecen en el olvido. Cada miércoles, espera con impaciencia a Ginés Reina, con quien revive los recuerdos que resumen sus 91 años de vida y junto a quien pasea por los jardines de la residencia de ancianos Hogar de Betania.

Narrador y oyente, Antonio y Ginés participan en Adopta un Abuelo, una iniciativa que aterrizó en Murcia hace cuatro meses y en la que colaboran, de manera altruista, doce jóvenes. Por parejas, las funciones de los voluntarios consisten en escuchar a sus mayores, en acompañarlos durante sus paseos matinales por los jardines de la residencia, en jugar con ellos a las damas, al parchís o al dominó, en participar conjuntamente en diversos talleres, como son pintura y, sobre todo, en abatir la soledad que reina en la rutina de los ancianos.

Una vez a la semana, durante una hora y media, cada dupla de voluntarios conversa con el abuelo asignado. «La sabiduría que una persona mayor aporta a un joven es una base repleta de experiencias y vivencias», comenta Ginés Reina, quien participa en el proyecto desde septiembre. Ilusionado, compagina su trabajo en una auditoría con las visitas, junto a otro voluntario, a Antonio Mena, uno de los seis residentes que forman parte de la iniciativa. La cita es un encuentro que marca la diferencia. El tercer día de la semana se ha convertido en el momento más esperado del calendario del mayor, pues en su rutina -desayunar a las 9, comer a las 13, merendar a las 15 y cenar a las 20 horas, itinerario que comparte con el resto de residentes- aparece la llegada de los atentos voluntarios. «El miércoles es mi día preferido porque puedo hablar con ellos», explica. «Mi vida estaba muerta. Ahora, encuentro la felicidad que tanto anhelaba cuando converso con ellos». Antonio comparte con sus oyentes cierta conexión. Y no es casualidad. Después de registrarse en adoptaunabuelo.org, realizar un test de aptitudes y superar una entrevista con la embajadora y coordinadora territorial del proyecto, Oro Carrillo Miñano, los voluntarios, normalmente de entre 18 y 30 años, son emparejados con uno de los residentes en función de sus trayectorias profesionales y aficiones. A veces, incluso comparten la fecha de nacimiento, como Antonio y Ginés.

Doce voluntarios, de entre 18 y 30 años, participan en el proyecto y visitan a los mayores semanalmente

Separados por cincuenta años de experiencias, el pasado 24 de noviembre celebraron sus cumpleaños paseando por el corazón de Murcia. «Cuando empecé a hablar con él supe que había conocido a un hombre que compartía conmigo la religión. Me lo transmitió sin decírmelo», comenta el nonagenario. En tiempos pasados, fue fraile, hermano de los franciscanos. Años más tarde, Ginés estudió en un seminario su carrera universitaria, Filosofía.

Aislamiento en la viudez

Los abuelos del programa también deben cumplir sus respectivos requisitos, revisados por Oro Carrillo: la ausencia de familiares cercanos, la viudez y el estado de soltería. Pero «es un programa flexible; a todos los que echan de menos tener compañía los tenemos en cuenta», explica la coordinadora. Ninguno de los participantes puede presentar deterioros cognitivos graves.

Murcia no es la única comunidad donde las historias de los ancianos son escuchadas. En total, 27 residencias repartidas en veinte ciudades españolas participan en el proyecto, y el tiempo invertido por los quinientos voluntarios que forman parte de Adopta un Abuelo se refleja en las sonrisas de 250 ancianos.

Los ancianos que participan en la iniciativa son viudos o solteros, y no tienen familiares cercanos

Las primeras surgieron en un lugar de La Mancha, de cuyos nombres se acuerda Alberto Cabanes, presidente de la iniciativa. Hace cinco años, cuando las luces navideñas parpadeaban en Ciudad Real, su ciudad natal, donde su abuelo reside, Cabanes asentó las bases. Viudo y sin descendencia, uno de los amigos de su antecesor pidió, como regalo de Navidad, un nieto. Alberto se lo concedió. Cada semana, Cabanes visitaba a Bernardo, que sería, sin saberlo, el primer abuelo adoptado.

Las redes sociales expandieron la iniciativa por España. «Una amiga la vio anunciada en una aplicación de fotos y me lo comentó», expresa María José Jiménez, estudiante de Administración que, cada martes, visita y conversa con María Hernández, quien reside en el Hogar de Betania desde hace dos años. «No existe nada más gratificante que saber que estás ayudando a los demás».

Los ancianos recuerdan tiempos más crudos, pero también relatan alegrías y avances generacionales. Modista de alta costura, Gloria Rocamora, una de las primeras mujeres carteras, es la imagen que los representa. «Trabajé en Correos desde 1975 a 1992, cuando no estaba bien visto que mujeres y hombres estuvieran juntos», relata a Elena Martín durante su primer día en Adopta un Abuelo, mientras la joven de 26 años escucha absorta esa voz de la experiencia.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos