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Cuatro nazis en Nueva York

'operación Pastorius'

Cuatro nazis en Nueva York

Un grupo de alemanes pretendieron en 1942 provocar el caos en la ciudad, pero la misión acabó en un cúmulo de despropósitos

05.04.11 - 07:52 -
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Durante la Segunda Mundial, los nazis protagonizaron un episodio con aires de esperpento que acabó en un completo fiasco. Varios documentos desclasificados del espionaje británico, el MI5, dados a conocer hoy por el diario 'The Times', revelan un plan de los alemanes para provocar el pánico en el estado de Nueva York mediante operaciones de sabotaje. Sin embargo, los protagonistas de la conjura mostraron tal impericia que el relato de los hechos parece extraído de la película 'Ser o no ser', de Ernst Lubitsch.
El propósito de los alemanes era bien preciso: suscitar la anarquía y la histeria en Nueva York. Para ello tenían diseñadas acciones que hoy se inscribirían en el terrorismo y que en tiempos bélicos son eufemísticamente calificadas de guerra psicológica. El plan consistía en volar fábricas y empresas de la que era propietarios judíos, reventar presas y carreteras, así como sabotear líneas ferroviarias.
Sobre el papel, la 'operación Pastorius' era algo muy serio, pero los encargados de ejecutarla no lo eran tanto. Su incompetencia supina llevó a uno de los espías, borracho perdido, a confesar en una cena de despedida que era un espía, mientras otro desveló su misión al mismísimo subdirector del FBI. Para empezar, un primer problema lo encarnaba el jefe del comando, un tal George Dasch, cuya fidelidad al Tercer Reich flaqueaba. El buen Dasch estaba más interesado desde el principio en pasarse a las filas del enemigo que en el éxito del sabotaje. No se sabe mucho de la biografía de este sujeto, salvo que había vivido algunos años en Estados Unidos, años que debieron ser tan dichosos que quería fijar su residencia definitiva en la patria del 'American way of life'.
Naúfragos en Long Island
El complot empezó con mal pie. Uno de los integrantes de la misión, Herbert Haupt, cuya afición a la bebida era pareja a su indiscreción, proclamó en una cena de despedida en el Hôtel des Deux Mondes su condición de espía. Lo hizo completamente beodo, como si eso de poner en jaque la maquinaria de guerra de los Estados Unidos fuera unos de esos asuntos que se despachan en la barra de un bar con un parroquiano. Haupt no entendió bien la primera premisa que ha de seguir un espía: no llamar la atención. Lo de llevar una vida clandestina y permanecer oculto no iba con los saboteadores. Al embarcarse rumbo a Nueva York, el submarino que los transportaba quedó varado cerca de la playa de Amagansett, en Long Island, el 13 de junio de 1942.
Sin quitarse el uniforme, ajenos al significado de la palabra camuflaje, los cuatro nazis remaron en un bote de goma para alcanzar la orilla. Cuando se disponían a deshacerse de las pruebas y enterrar sus ropas, tan poco favorecedoras, se toparon con un guardia costero, a quien al parecer engañaron con el argumento de que eran pescadores y su barco había naufragado. Un niño de cuatro años no se lo hubiera tragado, pero el guardia costero sí. Los cuatro nazi no eran tontos del todo: iban de uniforme para que, en el caso de que fueran descubiertos, no los fusilaran por espionaje. Ufanos por haber esquivado el riesgo y listos para explotar puentes y fábricas de aviones, tomaron un tren que se dirigía a Nueva York, se supone que ya vestidos con ropas de paisano.
La mala jugada del traidor
Pero no contaban con que entre ellos había un traidor. Dasch, deseoso de labrarse un futuro en el país al que había jurado destruir, pidió una cita con el director del FBI en Washington. Al interlocutor que le cogió el teléfono le dijo que era un saboteador y que pretendía hablar con Edgar Hoover, el mandamás de la Oficinal Federal de Investigación. Hoover, que debía de estar ocupado, endosó la entrevista a su segundo, D. M. Ladd, quien no daba crédito a lo que estaba escuchando. Para persuadirle de que hablaba en serio, el alemán se vio obligado a abrir su maletín y mostrar los 84.000 dólares que había recibido para desempeñar su misión. Cuando Ladd se hizo una idea cabal del plan, ordenó detener a todos, Dasch incluido, y a los miembros de otro grupo que había arribado a las costas de Florida en traje de baño. Una vez deshecho el entuerto, las órdenes fuera expeditivas: los espías fueron juzgados, declarados culpables y condenados a muerte.
Dasch satisfizo su sueño de vivir en Estados Unidos en parte, pues le dieron cobijo en una cárcel. Se puede decir que tuvo suerte, ya que le conmutaron la pena capital por treinta años de prisión. Con todo, solo cumplió una mínima parte. En 1948, cuando el affaire de la playa, el guardia costero y la voladura de negocios judíos ya se había olvidado, le pusieron en libertad y retornó a Alemania.
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