El rastro de la cocaína llevaba a Macisvenda

Un policía científico, tomando muestras en el garaje.
Un policía científico, tomando muestras en el garaje. / G. Carrión / AGM

La Guardia Civil tuvo que tomar decenas de declaraciones y cruzar infinidad de datos hasta enfilar al presunto homicida. Uno de los testigos claves hacía sus necesidades a solo unos pocos metros del garaje en el que 'El Cartagena' acababa de ser machacado a golpes

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

Que nadie lo busque en los libros, pero en algún momento de la historia debió de desmoronarse un reino, de perderse una batalla decisiva o de malograrse una conquista épica por mor de un apretón de vientre a destiempo. A veces las cosas resultan infinitamente más prosaicas de lo que acaban refiriendo las crónicas.

El pasado 5 de diciembre, en una desastrada cochera de Los Corrales, un paraje perteneciente a la pedanía abanillera de Barinas, no se desmoronó reino alguno, ni se perdió una batalla decisiva, ni se malogró una conquista épica. Al menos, que se sepa. Lo que pasó es que al vecino José María Lifante Cartagena, modesto traficante de cocaína y mecánico y vendedor de coches usados, conocido en toda la comarca más por lo primero que por lo último y más por su postrero apellido que por el nombre que había recogido 46 años atrás de la pila bautismal, lo corrieron a golpes por todo el local hasta hacerle expirar el alma entre dos coches. Allí quedó tendido su ajado cuerpo, mirando al techo con un ojo abierto y el otro entrecerrado, mientras la sangre que había repintado suelos, paredes, armarios, mesas y carrocerías brotaba ya incontenible de su cabeza.

Poco después de que tamaña salvajada se ejecutara y de que el asesino le vaciara los bolsillos y registrara torpemente el garaje en busca de cuatro perras y un puñado de farlopa, un tal Ginés descargaba el intestino entre unos arbustos, apenas a un puñado de pasos del escenario del crimen. Había acudido hasta Los Corrales con la intención de adquirir una papelina de coca y, al ver un coche en la puerta, muy probablemente un Seat León negro, estacionado junto al Audi A-3 de 'El Cartagena', se alejó unos metros para no interrumpir el trapicheo que, imaginó, se estaba produciendo en ese mismo instante. Fue entonces cuando le sorprendió con fuerza el apretón, por lo que corrió hacia un matojo que le ofreciera un cierto parapeto.

«No sé si fue porque yo quería que me diera más droga o porque 'El Cartagena' quería darme menos; el caso es que se montó una riña y acabé golpeándole en la cabeza con una barra maciza de pesas»

Se hallaba en semejante tesitura cuando escuchó abrirse la puerta del garaje de 'El Cartagena' y cerrarse despaciosamente, como con sigilo.

Atisbó sobre el matorral para descartar inoportunos testigos de su desahogo, recompuso la figura, subió a su coche y aparcó frente a la casa del camello, que tenía la luz encendida. El caso es que golpeó la puerta y luego llamó una y otra vez al móvil de 'El Cartagena', con idéntico resultado. Nadie respondió. No estaba ya, el pobre, en condiciones de responder. Ni de hacer cualquier otra cosa propia de un ser vivo.

De no haber mediado el inoportuno retortijón que Ginés sintió en el vientre, los agentes de la Unidad de Homicidios de la Guardia Civil de Murcia se habrían ahorrado unos cuantos quebraderos de cabeza y muchas horas de esfuerzos. Les habría bastado con tomarle declaración para saber quién había salido por la puerta del garaje de 'El Cartagena', en vez de aportar un impreciso cúmulo de datos que los investigadores hubieron de ir casando, con la paciencia y la meticulosidad de un fanático de los puzzles, hasta dar con el primer sospechoso.

Se trataba de José Joaquín R.R., un vecino de la cercana población de Macisvenda, de 31 años de edad y poseedor de un Seat León negro, quien admitió haber estado la tarde de autos en la puerta del finado. Eso sí, incurrió en tantas contradicciones y hasta en alguna falsedad que acabó viéndose imputado por homicidio, por más que las pruebas en su contra fueran bastante endebles. La principal de ellas consistía en una huella dactilar, correspondiente al dedo corazón de su mano derecha, que fue hallada en la tapa de un bote de cristal en la que 'El Cartagena' guardaba las papelinas de cocaína, cubiertas con arroz para quitarles la humedad.

El hecho de no ser capaz de explicar cómo pudo llegar allí esa huella no ayudaba a José Joaquín R.R., que suerte tuvo de no acabar en chirona.

Por lo que se refiere a los investigadores, sabían que tenían un sospechoso, alguien a quien podían situar en ese escenario al menos en los momentos inmediatamente posteriores al homicidio, pero también eran conscientes de que el material probatorio era bastante inconsistente y que había datos que no cuadraban. La ecuación solo ofrecía un resultado posible: seguir trabajando.

Tenían muchas preguntas y algunas certezas. Entre estas destacaba la convicción de que el asesino o asesinos era alguien bien conocido por la víctima, a la que todos los testigos definían como alguien tremendamente desconfiado y que no habría franqueado a cualquiera la entrada a su casa. También estaban seguros de que su muerte estaba ligada al trapicheo de cocaína.

Contaban además con otros elementos de gran valor, como el hallazgo casual -por parte de un vecino de la zona- de una barra de hierro, de las utilizadas para levantar pesas, que alguien aparentaba haber escondido en una tubería de desagüe que transcurre bajo la carretera MU-410, entre las poblaciones abanilleras de Barinas y Macisvenda. El contundente objeto estaba manchado de sangre, por lo que no era difícil relacionarla con la mala muerte que se le dio a 'El Cartagena'.

Unos cientos de metros más allá, siempre en el entorno de esa carretera, los agentes localizaron sucesivamente la carcasa del móvil del fallecido, el propio teléfono -fracturado intencionadamente- y un monedero con el escudo del Real Madrid que también había pertenecido al pequeño traficante. Quien quiera que le hubiera arrebatado esas pertenencias, y todo apuntaba a que se trataba del homicida, las había ido regando por el camino de retorno a Macisvenda.

De forma que era allí donde los guardias civiles tenían que concentrar el grueso de sus gestiones.

Los interrogatorios efectuados sobre un amplio grupo de jóvenes que acudía con asiduidad al garaje de Barinas en busca de farlopa fue desvelando algunas llamativas contradicciones, que demostraban que había quien no contaba toda la verdad, quien ocultaba datos trascententes y quien directamente mentía. Cruzando testimonios de unos y otros, los agentes fijaron su atención en un pequeño núcleo de individuos, apenas tres o cuatro, a conciencia de que ahí se hallaba la clave del asunto.

Leyeron y releyeron, cruzaron y recruzaron las declaraciones de testigos y sospechosos, siguieron preguntando y repreguntando, y acabaron aferrándose con fuerza a la descripción que Ginés había efectuado acerca de un hombre, con el que se cruzó por la carretera de Macisvenda a Barinas. Explicó que eran cerca de las siete de la tarde, ya de noche, y que le llamó la atención que el tipo fuera vestido solo con una especie de bermudas, una camiseta de manga corta, que le pareció que presentaba algunas manchas, y unas chanclas; un atuendo a todas luces inapropiado, teniendo en cuenta que ese día había estaba lloviendo y que era pleno invierno y hacía una rasca de esas que te afeitan el rostro. «Iba andando rápido por en medio de la carretera y aparentaba estar muy nervioso, ya que volvía continuamente la cabeza. No pude reconocerlo, pero era de complexión gruesa, con algo de barriga, y tendría entre 30 y 35 años».

Por si la descripción no era ya bastante coincidente con la de uno de los vecinos de Macisvenda a quienes los guardias civiles tenían ya enfilado, Pedro Antonio C.V., conocido como 'Torrente', encima comprobaron que la ropa descrita por el testigo coincidía con la que, según otro testigo, vestía este sospechoso el día del crimen. Todo cuadraba, al menos sobre el papel. Ahora tenían que ponerle el lazo a las diligencias para poder entregárselas a la señora juez.

Aunque 'Torrente' no es Pavarotti, el pasado martes, cuando los agentes le echaron el guante, les cantó hasta 'La Traviata'. Llevaba ya tiempo temiendo el momento en que le cayeran encima para leerle los derechos y casi fue una liberación confesar el crimen. Explicó que ese día lo había pasando bebiendo y esnifando cocaína sin cesar por los bares de Barinas y que hacia las siete de la tarde, de retorno a Macisvenda, hizo una visita a su camello. «No sé si fue porque yo quería que me diera más droga, o porque 'El Cartagena' quería darme menos, pero el caso es que se montó una riña y acabé golpeándole en la cabeza con una barra maciza, creo que de pesas», admitió, totalmente derrumbado.

Relató que luego se apoderó de una bolsa de cocaína del tamaño de una nuez, de una cartera con unos 300 euros y del teléfono móvil de la víctima, que le cogió del bolsillo del pantalón, y regresó a la carrera a Macisvenda, mientras iba arrojando por el camino parte de esos objetos.

Cuando llegó a su casa, se duchó y escondió en la terraza la ropa manchada de sangre, que dos días después acabó quemando en un solar. «Estoy muy arrepentido», concluyó su declaración. Después se dejó tomar unas muestras de ADN, con el fin de cotejarla con las obtenidas en el lugar del crimen y con las de la barra de hierro.

El jueves ya durmió en prisión.

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