'El Espinete', antes de disparar: «¿Te vas? ¡Pues llévate esto!»

Agentes de la Policía Judicial de la Guardia Civil examinan el Renault Megane en el que Ángeles recibió el disparo./Alfonso Durán / AGM
Agentes de la Policía Judicial de la Guardia Civil examinan el Renault Megane en el que Ángeles recibió el disparo. / Alfonso Durán / AGM

Las diligencias sobre el 'caso Espinete' desvelan cómo este vecino de Las Torres tendió presuntamente una trampa a su exmujer para tratar de acabar con su vida

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

«Como Ángeles no me deje tranquilo, me voy a llevar por delante a más de uno. Me echo el hacha en la moto». Luis Miguel A.M., conocido en Las Torres de Cotillas por el sobrenombre de 'El Espinete' por el característico pelo de pincho que corona su testa desde años atrás, apenas sabe leer y escribir. De ahí que se pueda entender que cada notificación que recibía con los particulares distintivos del juzgado la interpretara como el aviso de una denuncia de su exmujer. Entonces se le iba la madre. Como ese día, en torno a septiembre, en que se presentó en casa de su antiguo cuñado y supuestamente le amenazó con provocar un baño de sangre en su familia. «Que me deje en paz», le advirtió.

Ya se lo había avisado a la propia Ángeles, el mismo día en que le llegó una notificación judicial sobre el convenio regulador de la separación, y él la llamó para reprocharle que no dejara de denunciarle. «Eso no es una denuncia. Es una propuesta de acuerdo por los críos», le hizo saber. Pero ni por esas. Para Luis Miguel, cualquier documento oficial era una declaración de guerra. Y si quería guerra, decía, la iba a tener.

Ángeles parecía resignada a convivir con ese clima de amenazas más o menos veladas y de promesas de violencia que no podía tomarse a broma. De hecho, tal y como señaló más tarde ante la juez de Molina de Segura, ya años atrás, en sus nueve años de convivencia había obtenido pruebas sobradas de su carácter irascible y de su agresividad. Hasta el extremo de que estando embarazada, su entonces marido la habría golpeado en la barriga mientras le 'regalaba' un serio aviso: «Como me dejes, voy a pisar a tu padre con el coche».

Les enseñó a sus hijos una foto suya con un arma. «Es para una cosa que no os puedo decir», les explicó

No pocas veces habría zanjado cualquier discusión con idéntica frase: «Al final me voy a cargar a alguno de los que sois».

Ángeles, sin embargo, nunca lo denunció. Precisamente por eso. «Porque tenía miedo de que si lo hacía matara a alguien de mi familia», casi se disculpó ante la juez. Al final, a quien casi mató fue a ella.

Chocolate con churros

En la mañana del pasado 25 de febrero, Luis Miguel se presentó en el domicilio de los padres de Ángeles para ver a los críos. Nunca avisaba. Ni en la casa familiar se lo exigían. Llegaba, charlaba un rato con los pequeños y se marchaba. Ese día se permitió incluso desayunar con ellos chocolate con churros en el patio. Después, antes de marcharse, le dijo al más pequeño que le comentara a su madre que luego la llamaría. «Dile que le voy a dar cien euros para que te compre los zapatos de la comunión».

'El Espinete', conducido al juzgado de Molina.
'El Espinete', conducido al juzgado de Molina. / Javier Carrión / AGM

Efectivamente, poco más tarde le sonó el móvil a Ángeles. «Súbete para Linasa, que aquí te espero para darte los cien euros. Y vente sola, que me da vergüenza que la gente me vea dándote dinero».

«Pues no creo que eso sea un motivo de vergüenza», le espetó la mujer, quien no le prometió nada.

Al cabo de un rato volvió a llamarla. «No me engañes. ¿Vas a venir o no? Es que me tengo que ir a Jumilla, que mi abuela se está muriendo». Ángeles, más que nada por no oírlo, cogió el Renault Megane y se encaminó hacia las afueras de Las Torres de Cotillas, en una de cuyas granjas Luis Miguel trabajaba sin contrato. No imaginaba lo que le esperaba.

Su exmarido estaba «apalancado» sobre el muro del parque. Ella, desconfiada, maniobró para dejar el coche enfilado hacia la carretera. «Dame eso que me vaya», le dijo a Luis Miguel, quien en ese momento recibió una llamada. «Me queda poco. Ya voy», respondió. Seguidamente se echó las manos a la cara y dijo: «Ay, estoy mareado». Hizo ademán de sentarse en el suelo, entre unos matorrales, mientras sacaba del bolsillo una citación judicial para el 1 de marzo y se la mostraba.

Fue entonces cuando al hombre se le cayó un cartucho del bolsillo y Ángeles sintió que todos los vellos del cuerpo se le erizaban. Dio la vuelta y se dirigió rápidamente hacia el coche. Pero ya era tarde. Sintió cerrarse en torno a su cuello una de las manos de Luis Miguel y escuchó su inequívoca advertencia al tiempo que la apuntaba con una escopeta de cañones recortados: «Ahora me vas a tener menos acobardado».

Trató de quitarle las llaves del coche, pero la mujer forcejeó. En ese instante ya no le quedaban dudas de que luchaba por su vida. «¡No lo hagas, no lo hagas!», le rogaba, mientras trataba de evitar que Luis Miguel la introdujera en la parte trasera del Megane. Consiguió asestarle un empujón y obtener la ventaja suficiente para subirse al puesto del conductor y meter las llaves en el contacto. «¿Te vas? ¡Pues llévate esto, que es tuyo!», fue lo último que escuchó antes de sentir el ardiente mordisco del plomo en su costado.

Un arma por una moto

Ángeles puede estar orgullosa de ella misma. Solo a su extraordinario coraje le debe seguir viva. Pese a la extrema gravedad de sus heridas, logró conducir durante casi un kilómetro y medio hasta toparse con una ambulancia, en cuyo personal halló la asistencia que necesitaba.

Cuando por fin abandonó La Arrixaca, después de una operación a vida o muerte y unos días en la UCI que volvieron a poner de relieve su fortaleza, sus dos pequeños le confesaron que su padre y presunto asesino frustrado les había enseñado aquella mañana del chocolate con churros una foto suya empuñando una escopeta. «La he cambiado por la moto», le explicó al mayor. Y ante la curiosidad del pequeño, le contestó: «Es para una cosa que no te puedo decir». En su inocencia, ninguno de ellos había intuido la amenaza que se ocultaba tras esas palabras. Hoy, dolorosamente, han aprendido que hay hombres malos que matan a sus mujeres.

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