El problema no es la gripe

Tenemos un sistema sanitario enfermo que necesita un tratamiento eficaz, consensuado y a largo plazo

DOMINGO PASCUAL FIGALCARDIÓLOGO Y PROFESOR DE LA UMU

Urgencias desbordadas, pacientes y familiares indignados, profesionales impotentes, quejas de sociedades médicas y de usuarios... ¿Tiene esta situación una explicación lógica y, por tanto, una solución lógica? La tiene, es lógica y desde luego no es la gripe.

Abordemos la explicación. Durante los últimos 30 años, las tomas de decisiones en nuestro sistema sanitario han ido dirigidas al paciente agudo o grave, véase infarto o cáncer. Esto se ha hecho bien, debe seguir haciéndose bien y, si es posible, mejor. Hemos asistido a nuevos hospitales, tecnologías y tratamientos (como todo lo nuevo, 'caros') y una superespecialización de profesionales. Frente a ello, muy escasos cambios organizativos en un sistema sanitario cuya supervivencia depende de la adaptación a la sociedad a la que da servicio, una sociedad cambiante donde la inmediatez de la atención y el incremento de expectativas de vida son ya realidades: queremos que nuestra preocupación en salud se resuelva pronto y bien, y al mismo tiempo vivir muchos años, aunque sea expuestos a enfermedades crónicas. Hoy con 65 años la esperanza de vida son 20-24 años más; en 2050 serán 26-30 años, y casi el 40% de españoles serán mayores de 65 años, con una media de cuatro patologías crónicas. El impacto económico-sanitario de esta realidad, que pocos quieren ver, es enorme. Toda enfermedad crónica es aguda en muchos momentos. De hecho, la inmensa mayoría de ingresos por gripe estos días no lo son por el virus en sí, sino por afectar a enfermos crónicos que sufren un agravamiento.

Este país ha asistido a reconversiones claves, pero queda lejos una reforma sanitaria con carácter de ley, y en 'serio', como fue la de 1986. La reforma de 2012 nació de la crisis y solo ha servido para aliviar transitoriamente el gasto farmacéutico. Todos estamos de acuerdo en la necesidad de preservar el acceso universal a una atención médica de calidad como el principal logro social y, lo más importante, para cualquier persona independientemente de su clase social o económica. Pero, cuidado, esto no es lo mismo que preservar el modelo sanitario actual, pues en un momento dado este modelo puede no estar aportando una atención médica de calidad al alcance de todos los ciudadanos. ¿Estamos llegando al agotamiento del modelo actual? En mi opinión, estamos cerca y asistimos a síntomas y signos de enfermedad.

La solución no es imposible, pero sí precisa de esfuerzo y decisión. En primer lugar, se necesita recuperar el gasto en personal e incorporar nuevos profesionales; la buena noticia es que disponemos de muchos y cualificados. Pero esta medida, aún necesaria, no es la que resolverá el problema, pues debería estar dentro de un cambio organizativo valiente, pero estudiado y consensuado por todos los agentes sociales implicados: políticos, gestores sanitarios, asociaciones de pacientes y organizaciones médicas. Los centros de salud son clave, su función debe modificarse pasando a trabajar en estrecha relación con los hospitales y asumir competencias directas en la atención del paciente crónico y sus agudizaciones: de centros de prevención a centros de cronicidad, con la dotación adecuada. La eficiencia en las decisiones y el uso de recursos, el liderazgo profesional en la gestión clínica, la publicidad y evaluación de resultados ante la sociedad y la educación en salud -una asignatura que debería ser enseñanza obligatoria y sustentada por campañas poblacionales- son algunos cambios necesarios. Distinguir lo potencialmente grave de lo banal es la primera decisión que toma cualquier persona antes de ir a urgencias, y debería enseñarse.

En definitiva, el problema no es la gripe, sino un sistema sanitario enfermo que necesita un tratamiento eficaz, consensuado y a largo plazo.

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